‘Materia Oscura’, Joel Edgerton sostiene el peso de ser dos
Cuando Blake Crouch noveló su Caja cuántica en 2016, estaba haciendo lo que los mejores thrillers de ciencia ficción hacen cuando funcionan: convertir un postulado físico imposible en pregunta emocional. ¿Qué harías si la versión de ti mismo que renunció a la familia para perseguir la ambición decidiera robarte la vida que tú elegiste? Esa es la pregunta que Materia Oscura —nueve episodios disponibles en Apple TV+ desde mayo de 2024, con la segunda temporada ya en curso— coloca en el centro de una premisa que, sobre el papel, resulta sorprendentemente humana para una serie sobre viajes entre realidades paralelas. El problema no está en la pregunta. Está en que nueve episodios son muchos para mantener la tensión de una sola respuesta, y que el guion de Crouch, que también ejerce de showrunner, no siempre sabe cómo ganar tiempo entre la pregunta y el final.

La Caja, el corredor y la paradoja de abrir puertas con el subconsciente
Materia Oscura arranca con una de las primeras horas de televisión más sólidas que ha producido Apple TV+ en lo que va de temporada: la secuencia de presentación de Jason Dessen como físico de segunda fila, marido presente y padre satisfecho que a las diez de la noche se cruza con sí mismo en el callejón equivocado, funciona porque Crouch sabe que el motor de la historia no es la mecánica cuántica sino el arrepentimiento. La Caja —el artefacto que permite cruzar al corredor infinito de realidades alternativas— tiene una lógica emocional más inteligente que su mecánica narrativa: el usuario necesita una droga para acceder al corredor, pero el mundo que abre la siguiente puerta no lo determina la física sino el subconsciente. Si Jason piensa en su familia, la puerta que se abre tira hacia ella. Si teme, la puerta lleva al miedo. Es el dispositivo más literariamente honesto de la serie, porque reconoce que el multiverso que le importa a un espectador no es el de los héroes con capas sino el de las decisiones irrevocables.

Lo que la serie gestiona peor es el tramo intermedio. Los episodios segundo y tercero acusan un bache de ritmo que la cuarta entrega recupera con un diseño de producción que por fin hace justicia al presupuesto, pero el centro de la temporada cae en una trampa que el guion de Crouch tendría que haber evitado. Jason Dessen es un físico que entiende perfectamente los fundamentos teóricos de lo que le está ocurriendo, pero la serie lo convierte durante demasiados episodios en un turista que necesita que la física le sea explicada de nuevo para que el espectador la entienda. El resultado es un personaje que interroga con torpeza calculada lo que debería comprender de inmediato, y esa torpeza artificial tiene un coste en la credibilidad del protagonista que ni Joel Edgerton puede compensar del todo.

Edgerton y la diferencia entre dos hombres que son el mismo hombre
La razón principal para ver Materia Oscura no es la Caja. Es lo que Joel Edgerton hace con ella. El actor tiene que construir dos personas a partir del mismo cuerpo, el mismo rostro y la misma historia, y hacerlo de manera que la distinción sea legible en cada escena sin que el guion tenga que telegrafiarla. Jason Dessen —el original, el que fue robado— carga el peso en los hombros, tiene una cadencia más lenta, mira a las personas como si las conociera de antes aunque no las conozca. Jason2 —el que construyó la Caja, el que decidió que la ambición valía más que la familia— tiene la misma cara pero una precisión que empieza en los ojos y termina en la punta de los dedos: es un hombre que ha pasado décadas tomando decisiones en frío y cuya calidez, cuando la despliega, es siempre instrumental.

Cuando ambos comparten escena —mediante la edición y los efectos digitales habituales en este tipo de construcción— la distinción que Edgerton ha construido durante los episodios previos se vuelve el argumento más convincente de la serie. No hay ningún gesto subrayado, ningún recurso que guíe al espectador hacia cuál es cuál. Edgerton confía en que la arquitectura que ha construido por separado hable sola, y en su mayor parte habla. Jennifer Connelly completa el cuadro como Daniela Dessen, el eje gravitacional alrededor del cual orbitan ambos Jasones: su versión del personaje tiene la específica inteligencia de una mujer que intuye que algo está fundamentalmente roto en el hombre que creía conocer, y que decide cómo reaccionar antes de que le den toda la información. Alice Braga compone una Amanda Lucas que el guion no remunera suficientemente —la relación entre Jason y Amanda en el corredor es el material más interesante de los episodios centrales, y la serie lo resuelve con más prisa de la necesaria—. Oakes Fegley, en cambio, como el hijo Charlie, es la fisura más visible del reparto: un personaje tan poco escrito que incluso un actor sin sus limitaciones habría tenido dificultades, pero cuyas limitaciones hacen visible todo lo que el guion no le ha dado.

El final de los Jasones múltiples y lo que una segunda temporada tendrá que enmendar
Materia Oscura termina con una idea intelectualmente elegante y una ejecución que no está a su altura. La llegada de decenas de versiones alternativas de Jason Dessen a la realidad original —consecuencia lógica de que todos ellos han tomado el mismo camino de regreso y han llegado al mismo destino— es el tipo de resolución que demuestra que Crouch entendía su propio concepto desde el principio: si la Caja permite a cualquier versión de Jason encontrar el camino a casa, todos los Jasones terminarán en la misma puerta. La imagen tiene algo de pesadilla matemática que la novela probablemente manejaba con más calma, pero que la serie traduce en una precipitación que deja varios flecos sin anudar. La familia Dessen no regresa a su realidad original sino que escapa a una nueva que les es suficientemente próxima, lo que es temáticamente coherente —el hogar no es un lugar sino una elección— pero que en la práctica funciona como el tipo de final que desplaza la resolución antes de que el espectador haya terminado de digerirla.

Nueve episodios podrían haber sido ocho. El corredor de realidades, que en los episodios cuarto y quinto produce algunas de las mejores imágenes de la temporada, se estira en el tramo central más allá de lo que la mecánica dramática aguanta. Las inconsistencias en la lógica de la droga que permite acceder al corredor —cuándo funciona, cuándo no, qué ocurre cuando el subconsciente está dividido— son el tipo de agujero narrativo que una segunda temporada puede ignorar o subsanar, pero no puede pretender que no existió. Lo que Materia Oscura resuelve bien es la pregunta de escala: en un momento en el que el multiverso como espectáculo ha producido rendimientos decrecientes, la serie de Crouch tuvo el buen juicio de no competir en ese terreno. El resultado es imperfecto pero reconocible como algo hecho por personas que entendían por qué el concepto importaba antes de ponerse a filmarlo. Eso, en el panorama actual del streaming, ya es más de lo que muchas series más vistosas pueden decir.





