El «Arquitecto de Dios» se hace viñeta: Gaudí resucita en el cómic para ver terminada su obra magna

Antoni Gaudí no murió bajo las ruedas de un tranvía en 1926; simplemente se instaló en lo alto de la Torre de Bernabé para vigilar cómo avanza su legado. Bajo esta premisa fantástica, casi deudora de El cielo sobre Berlín, el guionista Salva Rubio y el ilustrador Agustín Comotto presentan ‘Gaudí. La Sagrada Familia y el éxtasis’ (Comanegra). Publicado simultáneamente en tres idiomas, el álbum huye del «abuelo sabio» de postal para retratar a un genio pelirrojo, obsesivo y profundamente atormentado que, según sus autores, hoy sería diagnosticado dentro del espectro de una «genialidad autista».

La obra funciona como una biografía híbrida que funde la evolución vital de Gaudí con el propio crecimiento de la basílica. Desde sus raíces como hijo de calderero hasta su mística del dolor, el cómic explora la «pedrada» de un creador que entendía la arquitectura como una forma de expiación. Comotto utiliza una paleta vibrante inspirada en Santiago Rusiñol para capturar la ebullición de la Renaixença, mientras Rubio indaga en las contradicciones de un hombre que, habiendo sido un niño obrero, terminó construyendo templos para la élite más opulenta de Barcelona.

Este lanzamiento coincide con el horizonte simbólico de 2026, año del centenario de su muerte y fecha en la que el cómic fantasea con ver la Sagrada Familia por fin libre de andamios. Más allá de las fechas, el valor de la pieza reside en su capacidad para humanizar el misterio: un Gaudí militante de su lengua, entregado a la mortificación creativa y que, un siglo después, sigue siendo un enigma que solo el arte secuencial puede intentar descifrar. La arquitectura humana, al fin, se hace tinta.