Entre brujas, simas y memoria herida: Crítica de ‘Las que no duermen. NASH’, de Dolores Redondo
Pocas autoras españolas contemporáneas han conseguido edificar un territorio literario tan magnético y reconocible como Dolores Redondo. Desde que la Trilogía del Baztán convirtiera los valles navarros en un escenario indisociable del crimen, el folclore y la herida emocional, cada nuevo regreso a ese universo arrastra una compleja amalgama de expectativas, fidelidad lectora y riesgo creativo. Las que no duermen. NASH afronta de lleno ese desafío: volver a un paisaje físico y mental que el público general ya conoce de memoria, pero sin limitarse a calcar las fórmulas pretéritas. El resultado es una ambiciosa incursión que vuelve a conectar las pulsiones humanas más oscuras con los secretos enterrados bajo la tierra del Norte.

La forense de las almas frente a los secretos de la tierra
La novela sigue los pasos de Nash Elizondo, una psicóloga forense cuya especialidad no radica en analizar restos biológicos, sino en reconstruir la dimensión psicológica e íntima de las víctimas para comprender sus últimos días. Lo que arranca como una investigación ligada a la sima de Legarrea —un escenario real de la memoria histórica navarra— y a viejas leyendas de brujería vasca, termina mutando en un complejo rompecabezas conectado con la desaparición y muerte de una joven cuyo caso se consideraba cerrado años atrás.
Quienes busquen un procedimental policíaco al uso descubrirán rápidamente que ese jamás ha sido el hábitat natural de la escritora donostiarra. Aquí, el crimen opera como una mera hendidura para mirar el subsuelo. Lo verdaderamente crucial habita en la atmósfera, en los silencios heredados de las familias, en las supersticiones que sobreviven a la modernidad y en la forma en que el rumor rural se transforma en una verdad emocional inamovible. Frente al carisma más directo y detectivesco de la ya mítica Amaia Salazar, la elección de Nash aporta una mirada clínica pero profundamente empática, obligando al lector a centrarse en las secuelas humanas y el duelo antes que en los meros engranajes de la investigación.

Realidad, mito y el peaje de la cocción lenta
La mayor virtud del libro reside en esa habilidad marca de la casa para fundir la crónica negra con la mitología popular sin que el relato desborde los límites de lo verosímil. Redondo camina con paso firme por una frontera ambigua donde el entorno parece susurrar continuamente que existen fuerzas antiguas y atávicas moviéndose bajo la lluvia, pero manteniendo siempre los pies en el suelo del thriller psicológico. El paisaje, convertido una vez más en un personaje físico, húmedo y opresivo, sostiene la tensión de manera impecable incluso cuando la trama decide asentarse.
Porque ese es el factor que, de forma más evidente, dividirá a los lectores: Las que no duermen. NASH es una novela de combustión lenta. La autora prioriza la acumulación minuciosa de detalles, las dinámicas vecinales y la densidad atmosférica por encima de la pirotecnia o el ritmo vertiginoso del page-turner comercial. Su estructura, articulada a través de amplios bloques temporales en lugar de capítulos cortos tradicionales, potencia esa sensación de inmersión continua, aunque por momentos pueda ralentizar el avance de un clímax que se hace de rogar.

Veredicto: El valor de un universo inconfundible
Es cierto que la novela peca en ocasiones de un exceso de ambición, abriendo melones fascinantes como el papel de las mujeres en las comunidades aisladas, la violencia de género, la memoria histórica colectiva y la raíz del mal, sin terminar de profundizar por igual en todos ellos. Sin embargo, cuando las costuras de la sobreexposición narrativa amenazan con asomar, Dolores Redondo despliega ese magnetismo innato que la ha coronado como un fenómeno de masas indiscutible: su capacidad para arrastrar al lector, obligándolo a mirar detrás de cada puerta cerrada y de cada recuerdo sepultado.
Las que no duermen. NASH no pretende dinamitar las convenciones de la obra de su autora, sino reafirmar sus mayores pilares. Quizá no busque el impacto cultural inmediato que supuso en su día El guardián invisible, pero consolida una verdad incuestionable: pocos creadores actuales logran que baste con abrir un libro y leer un par de páginas para saber exactamente, y sin ninguna duda, en el mundo de qué escritora acabas de adentrarte.





