‘Ali G: Kién es yo?’ (2026): Sacha Baron Cohen y la apropiación cultural en la generación de cristal
Cuando Ali G apareció por primera vez en The 11 O’Clock Show de Channel 4 a finales de los noventa —un blanco de suburbio londinense que hablaba con el argot y llevaba los códigos de la cultura hip-hop del Támesis como si pertenecieran a alguien que claramente no era él—, la pregunta de en quién se estaba riendo el espectador era la más interesante que el personaje planteaba y también la que Sacha Baron Cohen se aseguró de no responder nunca del todo. Veinticuatro años después de Ali G Indahouse (2002) y con el mismo personaje a los cuarenta y tantos de edad ficticia, Baron Cohen estrena en octubre de 2026 Ali G: Who Iz I?, producida por Amazon MGM Studios y Working Title Films, distribuida por Sony, y dirigida por él mismo en lo que es su debut tras la cámara como director de largometraje. La premisa que se despliega en los ochenta y nueve minutos de la película es la del regreso: Ali G ha pasado las últimas dos décadas fumando, su abuela muere en un accidente de jacuzzi, su novia Me Julie —Morgana Robinson, en el papel que Kellie Bright tenía en la primera película— está embarazada de ocho meses, y él necesita recuperar la relevancia que siente que perdió viajando a Estados Unidos a revivir una carrera que prácticamente nadie recuerda.

Who Iz I? es un híbrido de dos tipos de película que Baron Cohen ha hecho bien por separado y que aquí conviven con resultados desiguales: el relato de ficción con estructura narrativa y el reportaje de stings en el que personajes interpretados por Baron Cohen interactúan con personas reales que no saben que están en una película. Ali G —el personaje que busca a su padre, que cree que podría ser A$AP Rocky, y que por ese camino acaba entre grupos de supremacistas blancos— comparte metraje con el doctor Nira Cain-N’Degeocello, una caricatura del activismo progresista extremo que regresa de Who Is America? para convertirse en la antagonista de la trama, y con Erran Morad, el exagente del Mossad —también de aquella serie— que recluta a simpatizantes del movimiento MAGA para que persigan al protagonista creyendo que es un inmigrante mexicano. Baron Cohen se autodefine como un satírico de objetivos equivalentes: tanto la derecha como la izquierda, tanto el supremacismo como el activismo de performancias vacías. La arquitectura del guion —escrito por Baron Cohen junto a Anthony Hines, Peter Baynham y varios colaboradores— está diseñada para confirmar esa simetría. No siempre lo consigue.

Baron Cohen, el debut como director y el problema del formato que se pelea consigo mismo
La decisión de mezclar relato de ficción con stings reales es la que genera la mayor parte de las contradicciones de la película. El formato de las trampas —Baron Cohen engaña a personas reales para que reaccionen en situaciones absurdas o políticamente comprometedoras, y esas reacciones son genuinas— exige una suspensión de la construcción narrativa: el espectador sabe que lo que está viendo no es actores siguiendo un guion sino personas que no saben que están siendo filmadas, y esa diferencia de ontología con el resto de la película crea una ruptura de tono que Borat: Película Film (2006) resolvía mejor porque su estructura narrativa era más ligera y su propósito temático más unificado. Baron Cohen como director en su debut no encuentra siempre la manera de que los dos modos se hablen: hay planos con el acabado de la producción de ficción bien iluminada alternando con material de aspecto improvisado, y la costura entre ellos es visible con más frecuencia de lo que la película necesitaría. Los ochenta y nueve minutos tienen momentos en los que el metraje se arrastra más de lo que dura.

Lo que funciona mejor en el ejercicio directorial es la economía de algunas secuencias de sting: Baron Cohen sigue siendo uno de los pocos intérpretes capaces de mantener un personaje bajo presión real durante el tiempo suficiente como para que los sujetos de la trampa hagan o digan cosas que ningún guionista habría escrito porque son demasiado reveladoras de cómo funciona la credulidad humana cuando se le aplica la cantidad correcta de absurdo. Hay políticos reales en la película, hay extremistas que son convencidos de cosas que el espectador no creería que ningún ser humano pudiera creer, y hay al menos un participante que ya tiene anunciada una demanda judicial. Esas escenas justifican el mecanismo. El problema es que el guion las rodea de una trama que existe principalmente para llevar al personaje de una sting a la siguiente, y la trama de paternidad con A$AP Rocky como posible padre es un andamiaje lo suficientemente endeble como para que se note que lo es.

Ali G a los cuarenta: el personaje que envejece y la sátira que la película hace con su envejecimiento
La decisión de envejecer al personaje —Ali G ya no es el chaval de Staines sino el adulto de mediana edad que sigue creyendo que es el chaval de Staines— es la más interesante de la película y la que genera el material más genuino. Sus delirios de grandeza a los cuarenta tienen una tristeza que la versión joven no podía tener, y hay algo en la imagen de un hombre que lleva dos décadas en pausa mientras el mundo siguió avanzando que añade una dimensión que el personaje original no necesitaba. El gag más honesto de Who Iz I? no es ninguna de las trampas a políticos sino la escena en la que Ali G le presenta a HBO un revival de su show y la cadena lo rechaza con la amabilidad eficiente que se reserva para las personas que llegaron en otra época.

La pregunta que el New Statesman formuló en julio de 2026, antes del estreno, sigue siendo válida después de verla: ¿sigue siendo divertido lo que Ali G representaba? El personaje nació de la imagen de un blanco de suburbio imitando los códigos de una cultura que no era la suya, y la ambigüedad de a quién se le estaba riendo el espectador era lo que le daba su carga. En 2026, esa ambigüedad tiene una textura diferente porque el territorio cultural que el personaje habitaba dejó de ser periférico: lo que Ali G parodiaba es ahora cultura mainstream, y el blanco ya no está tan claramente fuera de lugar en el mismo sentido. Baron Cohen lo sabe, y por eso la película traslada a Ali G a América —donde la dinámica es diferente y donde la presencia del personaje en círculos de supremacistas blancos tiene el tipo de incomodidad activa que la comedia necesita—, pero el traslado no resuelve del todo el problema de origen; lo mueve a otro escenario.

Los stings, los objetivos y lo que la película consigue cuando consigue algo
El arco de los personajes secundarios de Baron Cohen —el doctor Nira como antagonista y Erran Morad como reclutador de la milicia que persigue al protagonista— permite a la película reclamar la simetría de objetivos que su creador defiende: hay secuencias en las que el activismo de la identidad es la víctima del absurdo con la misma energía que las que ponen en el punto de mira al armamentismo o a la paranoia anti-inmigración. La eficacia de esa simetría varía: las escenas de Erran Morad reclutando civiles armados bajo premisas falsas tienen una dimensión incómoda que las hace difíciles de ver como comedia pura en el contexto político de 2026, y la película lo sabe —hay un aviso al final sobre los participantes que no estaban al corriente—, pero no siempre sabe qué hacer con esa incomodidad una vez que la ha generado. La aparición de George Santos —el político estadounidense cuya carrera consistió en mentir sistemáticamente sobre su identidad hasta que fue expulsado del Congreso— produce una escena que tiene más de documento triste que de golpe cómico.

El cameo de Rihanna —breve, sin contexto, la única aparición del reparto que el humor alcanza sin esfuerzo— es el momento en que Who Iz I? hace reír con la naturalidad que el resto de la película reclama pero no siempre encuentra. Que sea también el momento más corto de todos dice algo sobre la proporción entre ambición y resultado que define a la película en su conjunto: hay en Ali G: Who Iz I? suficiente de lo que Baron Cohen sabe hacer como para que la película no sea un fracaso, y suficiente de lo que todavía no domina como director para que tampoco sea la recuperación que el personaje merecía. Es la película de un artista que cree en lo que está haciendo, filmada por un director que todavía está aprendiendo a hacerlo.





