Good Will Hunting, The Town, Argo: las siete películas imprescindibles de Ben Affleck
Animals, el último original de Netflix dirigido y protagonizado por Ben Affleck, llega con la puntualidad del ejemplo que confirma una regla: cada vez que Hollywood da por finiquitado a este hombre, él hace algo que obliga a reabrir el expediente. Affleck tiene la carrera más extraña de su generación, y más rica de lo que su reputación —inestable por definición, sometida a tres o cuatro revisiones completas desde 1997— ha dejado leer con claridad. A los veinticinco años ganó el Oscar al mejor guion original junto a Matt Damon. Pasó la siguiente década construyendo la reputación de alguien que lo había ganado por accidente. Luego se convirtió en uno de los tres o cuatro mejores directores que trabajan en el cine americano, en géneros donde el crimen y la moral se confunden con el paisaje. Luego fue Batman durante ocho años y Hollywood lo trató como evidencia de que sus propios actores tampoco se le daban bien. Luego hizo The Way Back y la conversación empezó de nuevo. La lista que sigue recorre los siete momentos en que esa conversación valió la pena.

7. Chasing Amy (Kevin Smith, 1997)
Para entender el Affleck que vino después es necesario entender el que llegó antes, y ese Affleck llegó en 1997 en una película de Kevin Smith —de bajo presupuesto, sin efectos visuales, con diálogo suficiente para un volumen de filosofía de bolsillo— en la que interpretó a Holden McNeil, un dibujante de cómics de Nueva Jersey que se enamora de Alyssa, una mujer que resulta ser lesbiana. Lo que el material exigía —y lo que los modelos narrativos más cómodos habrían convertido en una comedia sobre el malentendido— Smith lo utilizó para hablar de algo más específico: el hombre que se convence de que su amor transforma lo que ama, y lo que pasa cuando descubre que no. Affleck lleva esa convicción con una incapacidad para el cinismo que le da al personaje una vulnerabilidad poco habitual en el cine masculino de su generación.
El detalle que distingue la actuación del repertorio de papeles similares es que Holden no tiene razón pero tampoco está equivocado de una forma cómoda. La confusión que produce el deseo en alguien que confunde su intensidad con un argumento es lo que Affleck captura escena a escena, sin recurrir a la simpatía como analgésico. Chasing Amy se estrenó en abril de 1997, ocho meses antes de Good Will Hunting. Es la película que demuestra que lo que Damon y Affleck estaban escribiendo juntos no salió de la nada.

6. Changing Lanes (Roger Michell, 2002)
La década perdida de Ben Affleck —el período entre Good Will Hunting y Gone Baby Gone que la industria atesora como argumento para no tomárselo en serio— tiene una excepción que raramente se menciona, en parte porque su director no ayuda: Roger Michell, responsable de Notting Hill, no inspira la clase de reverencia que hace que la gente busque sus trabajos más serios. Changing Lanes es un thriller moral sobre dos hombres que tienen un accidente de coche menor en la FDR Drive de Nueva York —Affleck como abogado de Wall Street, Samuel L. Jackson como el padre con una segunda oportunidad en la mano que pierde por el retraso— y pasan el resto del día destruyéndose mutuamente con los instrumentos que les da su posición de clase.
Lo que Affleck hace con Gavin Banek es el mejor trabajo de ese periodo suyo: un hombre que creció creyendo que las normas existían para personas sin sus recursos y que descubre, en tiempo real, que esa creencia tiene un coste que no puede pagar. La escalada de la película es perfecta en su lógica interna —cada decisión produce la siguiente con la inevitabilidad de una ecuación— y Affleck la habita desde la convicción de alguien que conoce el mundo que retrata desde adentro. Nadie la vio en 2002. Todavía merece más atención de la que recibe.

5. The Way Back (Gavin O’Connor, 2020)
Gavin O’Connor lleva la carrera entera haciendo películas sobre hombres que usan el deporte como gramática de lo que no saben decir de otra manera, y en Jack Cunningham encontró el personaje para el que ese lenguaje funcionaba con más exactitud. Cunningham era el mejor jugador de baloncesto de su estado en el instituto, renunció a una beca completa sin explicación, y cuando la película empieza es un alcohólico funcional que trabaja en la construcción y evita a su familia. La oportunidad de entrenar al equipo del instituto donde jugó no es una redención: es una manera de acercarse al perímetro de lo que una vez tuvo sin tener que entrar.
Affleck filmó esta película durante su proceso de divorcio y en el centro de sus problemas públicamente conocidos con el alcohol, y O’Connor lo sabía, y ninguno de los dos explotó esa coincidencia de ninguna forma que la película no se hubiera ganado. El resultado es una actuación que no depende de la información biográfica para funcionar —Cunningham está escrito con suficiente especificidad para existir sin la sombra del actor— pero que tiene una textura que sería difícil de producir sin haber estado en el territorio. El final no es el que Hollywood habría elegido. Es el correcto.

4. Gone Baby Gone (Ben Affleck, 2007)
La primera película que dirigió Affleck no la protagonizó él: la protagonizó su hermano Casey, interpretando a un detective privado de un barrio de clase trabajadora de Boston al que contratan para buscar a una niña desaparecida. Esa decisión —retirarse del encuadre para construirlo— es la que define lo que Gone Baby Gone dice sobre Affleck como cineasta. Conocía esos barrios. Creció cerca de esos barrios. Y lo que entendió al llevar la novela de Dennis Lehane a la pantalla fue que la geografía de Dorchester no era un fondo para la historia sino la condición que hacía posible que esa historia existiera: un lugar donde las lealtades de comunidad y las lealtades de la ley no coinciden, y donde la persona que resuelve el caso puede hacer lo incorrecto por las razones correctas.
El elenco —Morgan Freeman, Ed Harris, Amy Ryan, Michelle Monaghan— es el mejor de cualquier película suya, y Affleck los dirige sin énfasis, dejando que la situación acumule su propio peso. La secuencia final, que obliga al detective a tomar una decisión que el espectador pueda defender o condenar con igual convicción, es la que demostró que había aprendido de los directores que admiraba: que la resolución más honesta de un dilema moral es la que no absuelve a nadie. Fue su debut. Era su mejor película hasta que hizo Argo.

3. The Town (Ben Affleck, 2010)
Charlestown, en Boston, era estadísticamente el barrio que producía más atracos a bancos per cápita en los Estados Unidos. The Town toma ese dato como punto de partida geográfico y construye sobre él una película sobre hombres que no pueden imaginarse en otro lugar aunque ese lugar los esté destruyendo, que es el tema que Affleck entiende mejor que nadie y que aquí logra con la eficiencia que da saber qué quieres decir antes de mover la cámara. Doug MacRay —ex-hockey profesional, ladrón de bancos por herencia de barrio más que por vocación— está enamorado de la única mujer que ha visto el atraco y podría identificarlo, lo que convierte la historia de amor en la única clase de historia de amor que Affleck sabe contar: la que tiene las mismas presiones estructurales que un thriller.
El trabajo de Jeremy Renner como Jem, el mejor amigo que es también la razón por la que Doug no puede salir, merecía el Oscar de reparto. Pero la película es del director: la secuencia del asalto al estadio Fenway Park está entre las mejores del cine de acción americano de la primera década del siglo, y el final tiene la honestidad de no resolver nada que el material no hubiera puesto sobre la mesa desde el principio. The Town es la película donde Affleck encontró su tono como cineasta y descubrió que ese tono era inconfundiblemente suyo.

2. Good Will Hunting (Gus Van Sant, 1997)
Dos chicos de Boston de veinticinco años escribieron un guion sobre un genio de las matemáticas que trabaja de conserje en el MIT y se niega a usar su inteligencia porque tiene miedo de lo que podría perder si lo intenta. Lo vendieron. Lo produjeron. Lo protagonizaron. Ganaron el Oscar al mejor guion original. La historia de cómo Good Will Hunting llegó a la pantalla es tan improbable que Hollywood la convirtió en mito antes de que terminara la ceremonia de entrega, y ese mito ha eclipsado durante casi treinta años lo que la película es como pieza de trabajo: una de las mejores películas sobre la relación entre inteligencia y miedo al fracaso que el cine americano ha producido.
El personaje de Affleck —Chuckie Sullivan, el mejor amigo que tiene suficiente amor propio para decirle a Will que el mayor insulto que puede hacerle a todo lo que ha tenido es quedarse— es el corazón emocional de la película en la escena que más importa. La conversación de porche, donde Chuckie le dice a Will que espera llegar algún día a su puerta y que no esté ahí, es la que convierte la historia en algo más que una fábula sobre el genio incomprendido: es sobre lo que una comunidad espera de los suyos cuando uno de ellos tiene la oportunidad de más. Affleck escribió esa escena para sí mismo. Eso también explica por qué funciona.

1. Argo (Ben Affleck, 2012)
La película que ganó el Oscar a la mejor película de 2012 no tuvo nominado a la mejor dirección. La Academia decidió que Affleck, que había dirigido uno de los thrillers de tensión más controlados de la década, no merecía estar en la terna. Su respuesta fue ganar de todas formas, lo que es exactamente el tipo de satisfacción que el cine rara vez produce con tanta limpieza. Argo cuenta la operación real por la que la CIA sacó a seis diplomáticos americanos de Irán en 1980 haciéndolos pasar por el equipo de una película de ciencia ficción canadiense. El hecho de que la historia sea verdadera no hace más fácil la película: la hace más difícil, porque el espectador que conoce el resultado necesita igualmente sentir la amenaza durante los últimos veinte minutos, y eso es puro oficio.
Lo que Affleck construye en Argo —con Alan Arkin y John Goodman llevando la mitad cómica de la operación con la ligereza que da entender exactamente lo que la historia pide de ellos— es la demostración de que dirigir y actuar en la misma película no son funciones incompatibles sino complementarias cuando el director sabe lo que el material necesita de su protagonista. Tony Mendez, el espía que no habla de lo que hace porque nadie lo vería de todas formas, es la actuación más contenida de Affleck y también la más precisa: un hombre que opera en la penumbra y que la película ilumina de a poco, con la paciencia de alguien que sabe que el mejor plano es el que el espectador no espera. La película más acabada de su carrera. El mejor argumento para todas las que vendrán.





