‘Persiguiendo a Amy’, la película en la que Kevin Smith decidió ser honesto sobre sí mismo

Con Kevin Smith y Jason Lee hoy en la Comic Con de Málaga —el director que la escribió y el actor que se llevó el Independent Spirit Award por ella—, este es el momento de hablar de Persiguiendo a Amy (Chasing Amy, 1997) sin la condescendencia que a veces acompaña la relectura de las películas de los noventa que la posteridad ha convertido en objetos complicados. La tercera entrega del Askewniverse se estrenó en el Festival de Sundance en enero de 1997, se rodó con doscientos cincuenta mil dólares, recaudó doce millones, y fue el resultado de Kevin Smith decidiendo que la única manera de escribir sobre lo que le importaba era escribir sobre sí mismo con el disfraz más fino posible: Holden McNeil —Ben Affleck, el protagonista— es Smith en la medida en que la cobardía emocional de un hombre frente a algo que no puede controlar puede ser de cualquiera y seguir siendo de uno en particular. Smith escribió Persiguiendo a Amy mientras salía con Joey Lauren Adams, la actriz que protagoniza la película. No necesariamente en ese orden.

Holden, Alyssa y lo que la película dice que hace el miedo con el amor

La premisa es esta: Holden McNeil, dibujante de cómic de Nueva Jersey, se enamora de Alyssa Jones, también dibujante, que es lesbiana. Alyssa corresponde ese amor. Holden lo destruye. Lo que la película entiende —y lo que la distingue de la mayoría de comedias románticas que usan el amor imposible como motor argumental— es que el obstáculo real no es la orientación sexual de Alyssa sino la incapacidad de Holden para relacionarse con alguien que tiene más historia que él, más experiencia que él y menos necesidad de su aprobación de la que él necesita darle. Persiguiendo a Amy es una película sobre cómo los hombres inseguros convierten en traición el pasado de las mujeres que aman, y sobre cómo esa inseguridad, cuando no se corrige, destruye exactamente las cosas que más se quieren. Que Alyssa sea lesbiana en el punto de partida es la condición específica del relato, no su tema. El tema es más viejo y más común.

Joey Lauren Adams entrega aquí la actuación que define su carrera: una Alyssa con más vida en el cuerpo que cualquier otro personaje de la película, que entra a la relación con Holden con los ojos abiertos y que paga el precio de haber confiado en que él podría gestionarlo. Su nominación al Globo de Oro en 1998 fue la señal de que alguien fuera de la burbuja del cine independiente americano había visto lo que Adams hacía en pantalla con el diálogo de Smith, que exige un tipo de naturalidad muy específica: la de alguien que habla en los registros que la gente usa en la vida real y no en los que el guion americano medio asigna a los personajes que quiere hacer sonar inteligentes. Ben Affleck sostiene a Holden con la clase de encanto que permite que el espectador lo aguante mientras comete los errores que comete, que es el trabajo más difícil de la película: hacer que alguien que se equivoca de la manera más predecible y más evitable posible resulte creíble como objeto de simpatía hasta el momento en que la simpatía se acaba.

Banky Edwards y el Independent Spirit que Jason Lee se ganó

El personaje de Banky Edwards es el mejor trabajo de Jason Lee en toda la filmografía que construyó junto a Kevin Smith, y el que demuestra que su contribución al Askewniverse va mucho más allá del talento cómico. Banky es el mejor amigo y socio creativo de Holden, el hombre que lleva años construyendo algo con él y que ve en Alyssa —con una clarividencia que el propio Banky no sabe del todo leer— la amenaza al único vínculo que importa en su vida. La película deja abierta la lectura de qué hay exactamente en esa amenaza, y Lee la juega en los dos registros simultáneamente: el amigo territorial que teme perder a su compañero, y el hombre que lleva enterrada bajo ese miedo algo que ni él mismo ha decidido todavía si quiere encontrar. El Independent Spirit de 1998 premió una actuación que funciona porque Lee entiende que Banky necesita ser más que el personaje cómico que el guion le asigna en los primeros veinte minutos: necesita tener un secreto, y el secreto tiene que poder verse sin que se diga.

El monólogo de Silent Bob —el alter ego silencioso de Smith que en cada entrega del Askewniverse tiene reservado un discurso que va al centro de lo que la película quiere decir— funciona en Persiguiendo a Amy mejor que en ninguna otra película de la franquicia porque lo que Smith pone en boca de su personaje es la articulación más desnuda del material autobiográfico: la historia de una Amy a la que persiguió sin entender que perseguirla era perderla, contada en primera persona por el director de la película en la que se habla de esa misma persecución. Es uno de esos momentos en que el cine independiente americano de los noventa recordaba que podía hacer con cuatro actores en una habitación lo que el cine de estudio no conseguía con cien veces más presupuesto.

Lo que el tiempo ha complicado y lo que sigue en pie

Persiguiendo a Amy envejece de manera desigual, y es honesto reconocerlo. La parte de la película que sigue perfectamente operativa es la que habla de la inseguridad masculina como fuerza destructiva: ahí Smith no ha envejecido un día. La parte que ha ganado capas de incomodidad con el tiempo es la que rodea a la sexualidad de Alyssa: el uso del término «lesbiana» para un personaje que ama a mujeres y termina en una relación con un hombre es una imprecisión que en 1997 la película no se planteaba resolver y que hoy resulta más visible. El documental Chasing Chasing Amy —2023, del cineasta queer Sav Rodgers— sistematizó esa incomodidad con la honestidad de alguien que amó la película antes de tener las palabras para describir lo que le preocupaba de ella.

Lo que queda después de esa conversación necesaria es lo que siempre estuvo: el mejor guion de la carrera de Kevin Smith, la actuación que define a Joey Lauren Adams, el Jason Lee que convenció a todos los que lo vieron de que tenía mucho más que el registro cómico que le asignaban, y la demostración de que una película de doscientos cincuenta mil dólares filmada en Nueva Jersey puede decir algo verdadero sobre cómo funciona el amor cuando el miedo llega antes que la generosidad. Que Smith la hiciera sobre sí mismo le da a Persiguiendo a Amy la clase de incomodidad que tienen las obras que cuestan algo a quien las crea. Que cueste leerla así, treinta años después, es parte de lo que la hace importante.