Asalto a la nostalgia: Crítica de ‘X-Men: Raid on Graymalkin’
El idilio de la era From the Ashes no ha tardado en exigir su primer peaje editorial. Tras unos meses de rodaje en los que las dos cabeceras principales de la franquicia mutante intentaban encontrar su propia voz tras el colapso de Krakoa, Marvel Comics decidió que era el momento de cruzar sus caminos de forma prematura. El volumen ‘Raid on Graymalkin’ —que recopila los números 8 al 10 de la serie X-Men de Jed MacKay y las entregas 7 y 8 de Uncanny X-Men, comandada por Gail Simone— funciona como un regreso directo al corazón de la mitología mutante: el asalto a su antiguo hogar, la Escuela de Xavier, reconvertida ahora por las fuerzas gubernamentales de la doctora Corina Ellis en una tétrica prisión de máxima seguridad para el Homo superior.

El cisma ideológico: Cíclope contra Pícara
La premisa de la saga arranca con el secuestro de Bestia y Júbilo, un detonante clásico que obliga a los dos equipos en activo a confluir en el mismo escenario. Sin embargo, la genialidad de la historia no reside en la infiltración a la antigua base, sino en el choque de trenes entre sus líderes. Jed MacKay y Gail Simone coordinan sus guiones con precisión quirúrgica para resucitar el eterno debate mutante, pero trasladando los roles tradicionales a una nueva generación. Pícara, al frente de la facción de Luisiana, se alza como la auténtica heredera del sueño integrador de Xavier, defendiendo que los X-Men siguen siendo una familia protectora. Por el contrario, el Cíclope que opera desde Alaska lidera una auténtica fuerza de choque paramilitar, fría y pragmática, más cercana a los postulados clásicos de Magneto.
Esta tensión explota en la primera mitad del tomo, donde la falta de comunicación y las secuelas psicológicas del trauma post-Krakoa provocan que ambas facciones acaben enzarzadas en una batalla campal fratricida mientras los Centinelas los observan. Aunque el recurso del control mental o la manipulación psíquica para justificar el enfrentamiento entre héroes se siente algo gastado y perezoso, las pullas verbales que Pícara le dedica a Scott Summers salvan la papeleta, firmando un demoledor retrato sobre el peso del liderazgo y el resentimiento acumulado entre ambos bandos.

De la táctica de despacho a las trincheras del multiverso
La estructura del tomo equilibra con acierto las grandes coreografías de acción con el drama de despachos. Uno de los puntos álgidos de la trama se sitúa en las entregas finales, donde la incursión al centro penitenciario revela su secreto mejor guardado: la presencia del propio Charles Xavier como el misterioso Prisionero X. El guion de Simone brilla al plantear una resolución pintada en tonos de gris; la misión de rescate se salda con un sabor agridulce donde solo consiguen liberar a sus camaradas caídos, dejando atrás las instalaciones intactas y a merced de una Corina Ellis cuyos planes de contención mutante solo acaban de escalar.
Paralelamente, el tomo encuentra espacio para respirar en sus epílogos, destacando el brillante retrato que MacKay hace de Cíclope en el número 10 de la cabecera principal. Ver a Scott Summers desarmar políticamente al agente Lundqvist de la ONE en una tensa conversación regada con cerveza, mientras utiliza a los Hellions como un silencioso y quirúrgico brazo armado en la sombra, es una delicia para los fans de la faceta más estratega del personaje. Todo ello coronado por un soberbio cliffhanger que involucra a un moribundo Mente Maestra y las energías cósmicas de la Fuerza Fénix vinculadas a Kid Omega.

Un carrusel artístico de contrastes visuales
Al tratarse de un cruce directo entre series con entregas semanales intercaladas, el apartado gráfico se resiente inevitablemente por el baile de dibujantes, aunque nos deja composiciones memorables:
- La fuerza de Stegman y Márquez: Los números iniciales se benefician de la espectacularidad habitual de Ryan Stegman y David Márquez. Sus páginas dobles y el dinamismo en los combates cuerpo a cuerpo saltan a la vista, apoyados por los colores siempre eléctricos de Marte Gracia y Matthew Wilson.
- Las costuras del ecuador: El volumen sufre cierto bache en los números centrales. El exceso de personajes satura por momentos los lápices de los artistas de refuerzo, penalizando la expresividad facial en los momentos de mayor carga dramática y abusando de grosores de línea que restan profundidad a los fondos de la prisión de Graymalkin.
- La redención final: El tramo final recupera el vuelo gracias a las firmas de Javier Garrón y Netho Diaz. Garrón realiza una labor impecable plasmando la abstracta y oscura batalla psíquica en la mente de Xavier, mientras que Diaz destaca por su precisión a la hora de retratar la chulería visual de los Hellions desmantelando los servidores enemigos en plena acción.

Veredicto: 🟡 RECOMENDABLE (Con matices)
‘X-Men: Raid on Graymalkin’ cumple con nota su función de primer gran evento de la era actual, demostrando que la franquicia mutante sabe moverse con soltura en el formato de cruce rápido sin estirar el chicle de forma artificial. Aunque hereda los vicios habituales del formato de grapa —cierta repetitividad en los resúmenes y giros de guion un tanto precipitados—, el volumen se consolida como una lectura muy disfrutable gracias a la arrolladora personalidad de Pícara, la genialidad táctica de Cíclope y un clímax que dinamita el estatus de Charles Xavier de cara al inminente evento X-Manhunt. Los cimientos de la resistencia mutante ya han sido colocados.





