‘Sherlock Holmes vs. Harry Houdini’, cuando el high concept supera al cómic
Hay ideas que se venden solas y esta es una de ellas: Sherlock Holmes y Harry Houdini, los dos hombres más famosos del mundo por observar lo que otros no ven, coinciden en el Londres eduardiano mientras alguien usa poderes aparentemente sobrenaturales para matar a quien se interponga en su camino. La premisa es tan buena que Anthony Del Col y Conor McCreery —guionistas de Kill Shakespeare y con acreditación de nominados al Harvey Award— casi no necesitaban hacer nada más para garantizar que el lector abriera el primer número. El problema es que cinco números después, con la miniserie terminada y recogida en este TPB de Dynamite, la pregunta que queda es qué hicieron exactamente con todo ese material. La respuesta, desafortunadamente, es menos de lo que el material merecía.

El encuentro que la historia casi proporcionó
Lo que hace el cruce Holmes-Houdini tan sugestivo no es la ficción sino la realidad que hay debajo. Arthur Conan Doyle —el creador de Holmes— y Harry Houdini fueron amigos cercanos durante años y enemigos íntimos durante otros tantos más, y la causa de la ruptura fue exactamente el conflicto que el cómic promete explorar: el espiritismo. Conan Doyle, el hombre que inventó al personaje más racional de la literatura popular, era en la vida real un creyente devoto en los espíritus, las hadas y la comunicación con los muertos. Houdini, el mago que hacía cosas que parecían imposibles, era un escéptico militante que dedicó buena parte de su carrera a desenmascarar a médiums fraudulentos. La paradoja no puede ser más perfecta: el racionalismo lo habita el mago, y la credulidad la encarna el inventor del detective.

Los guionistas conocen esa historia —hay detalles en la caracterización que lo confirman— y entienden que el Londres de principios del siglo XX, en plena fiebre espiritista tras las carnicerías de la Primera Guerra Mundial, es el escenario ideal para plantear la pregunta que ambos personajes hacen juntos mejor que cualquiera de ellos por separado: ¿cómo distingues lo que es truco de lo que es real cuando quien hace el truco es suficientemente bueno? El problema es que el cómic plantea la pregunta en las primeras páginas y luego, en lugar de desarrollarla, la abandona en favor de una trama de aventuras que no necesita hacerla.

El bromance del escepticismo
La dinámica entre Holmes y Houdini es, cuando funciona, lo mejor de la miniserie. Del Col y McCreery han entendido que la tensión dramática no puede ser el enfrentamiento que el título promete —un detective y un escapista tienen demasiado en común para ser rivales reales— y optan por convertirla en una colaboración entre iguales que se reconocen mutuamente sin reconocerlo del todo. Holmes detecta; Houdini ejecuta. Houdini actúa; Holmes interpreta. Los intercambios verbales entre ambos tienen en los primeros números una energía que sugiere que los guionistas se divirtieron escribiéndolos, y hay algo genuinamente satisfactorio en ver a dos personajes que normalmente monopolizan el protagonismo de sus propias historias tener que negociar el espacio.

El arte de Carlos Furuzono establece con eficiencia el período —la Londres victoriana tardía, los teatros de variedades, las calles adoquinadas— y cuando la acción permite que los personajes se muevan, hay momentos de composición que funcionan. El problema es la tendencia a anclar los paneles en planos cortos de cabeza y hombros en las secuencias de diálogo, que son muchas: el cómic habla demasiado cuando el material le exigiría actuar, y esa desproporción entre palabras y movimiento se nota especialmente en el tramo central, donde la investigación avanza a golpe de conversación en lugar de a golpe de deducción visual.

Rasputín como respuesta fácil
La miniserie tiene un villano, y el villano es Rasputín. El monje loco, el favorito de la corte zarista, el hombre que según la leyenda popular sobrevivió al veneno y a las balas antes de ser finalmente ahogado: es un antagonista que viene con su propia mitología incorporada, lo que en principio debería ser una ventaja. En la práctica, la elección revela exactamente cuánta ambición narrativa se ha dejado por el camino. El misterio que el primer número construye con cuidado —¿quién está detrás de los ataques, y usa poderes reales o manipulación elaborada?— tiene una resolución que no responde a la pregunta más interesante sino que la evita: Rasputín tiene un dispositivo que amplifica sus capacidades hipnóticas, organiza un plan que implica bombas y masas controladas, y su motivación es una ofensa histórica contra Gran Bretaña que el guion introduce en el último número porque hace falta explicar algo.

El final que esto produce —Houdini desactiva el dispositivo, Holmes reaparece vivo de manera providencial, la guarida explota — es exactamente la clase de desenlace que las mejores versiones de ambos personajes llevan toda su existencia enseñándonos a no aceptar sin más. Holmes exige que los finales tengan lógica interna impecable. Houdini exige que los trucos, cuando se revelan, sean más impresionantes que la ilusión que crearon. El final de esta miniserie no cumple ninguno de los dos requisitos, y esa traición es más llamativa porque quien la comete son guionistas que claramente saben lo que hacen cuando se ponen a trabajar con material literario clásico. Kill Shakespeare demostró que son capaces de construir algo a la altura de sus fuentes. Sherlock Holmes vs. Harry Houdini demuestra que no siempre lo intentan.





