Sam Neill muere a los 78 años, dos meses después de superar el cáncer

Sam Neill murió el 13 de julio de 2026 en Sídney, rodeado de su familia, a los 78 años. La muerte fue, según comunicó su familia, «repentina e inesperada», lo cual añade una crueldad particular a la cronología: en 2023, Neill había anunciado públicamente que llevaba un año combatiendo un linfoma T angioinmunoblástico, una variante rara y agresiva de linfoma no Hodgkin; en abril de 2026 reveló que la quimioterapia había dejado de funcionar y que se sometía a un tratamiento experimental de células CAR-T; en mayo, con la euforia discreta que lo caracterizaba, comunicó que estaba en remisión. Murió libre de cáncer. Hay algo en eso que no cuadra bien con ninguna narrativa consoladora, y probablemente tampoco habría cuadrado con él.

Nigel Neill —adoptó el «Sam» en el colegio porque había demasiados Nigelestudiar en su clase— nació en Irlanda del Norte en 1947, se crio en Dunedin y pasó cincuenta años siendo la presencia más reconocible de un cine neozelandés que él mismo contribuyó a construir. Paleontólogo aterrado ante los velocirraptores en Parque Jurásico (1993), amante silencioso en El piano ese mismo año, comandante soviético en La caza del Octubre Rojo, Damien adulto en La profecía III, investigador policial implacable en Dead Calm con una Nicole Kidman todavía desconocida: Neill era el tipo de actor al que el cine de género recurría cuando necesitaba a alguien que no desentone nunca, que ancle la escena sin robarla. En televisión el inventario es igualmente preciso —el Inspector Chester Campbell en Peaky Blinders, el Cardenal Wolsey en Los Tudor, una nominación al Emmy por la miniserie Merlin— y su última aparición destacada, Apples Never Fall (2024) junto a Annette Bening, dejó claro que no había perdido un gramo de la habilidad de hacer más con menos. La reina Isabel II le concedió un título de caballero por su «contribución sobresaliente al cine».

Lo que no aparecía en los créditos era igualmente notable. Tenía una bodega en Central Otago, Two Paddocks, que producía pinot noir y riesling de los que hablaba con el mismo entusiasmo que de cualquier proyecto cinematográfico. En sus redes sociales, bautizaba a los animales de su granja con nombres de colegas: existían una gallina llamada Laura Dern y una vaca llamada Helena Bonham Carter. En 2023, mientras anunciaba su diagnóstico al mundo, publicó también sus memorias, Did I Ever Tell You This?, con el tono desenfadado de alguien que lleva décadas negándose a tomarse demasiado en serio. Le sobreviven cuatro hijos y ocho nietos. El dinosaurio más veterano del reparto de Jurassic Park era también el único que nunca pareció consciente de serlo.