‘Identity Crisis’, el thriller retroactivo que rompió el universo DC en dos

En 2004, DC Comics necesitaba demostrar que sus personajes podían sostener una historia adulta sin convertirse en un pastiche de grimdark. Brad Meltzer era novelista de thrillers antes que guionista de cómics, y eso se nota desde la primera página de Identity Crisis: la miniserie de siete números que comenzó en agosto de ese año y que terminaría dividiendo al fandom exactamente a la mitad. El punto de partida es el asesinato de Sue Dibny, esposa de Ralph Dibny, el Hombre Elástico —un personaje lo suficientemente secundario como para que la muerte sea creíble y lo suficientemente querido como para que duela—. Lo que sigue es una investigación policiaca en la que los investigadores son la Liga de la Justicia, los Titanes y prácticamente cualquier superhéroe con una identidad secreta que proteger. Alguien sabe sus nombres reales y los seres queridos que esperan en casa no están seguros. La premisa es la mejor que la historieta de superhéroes ha producido en décadas: ¿qué ocurre cuando las personas debajo de las máscaras son vulnerables, y cuando esas personas son además las únicas que pueden resolver el crimen?

Los héroes que hacen lo incorrecto

Lo más inteligente de Identity Crisis no es el misterio —que tiene sus problemas, sobre los que habrá que hablar— sino la revelación que llega a mitad de la historia y que convierte el presente en pasado: años antes del asesinato de Sue, el Doctor Luz la agredió sexualmente dentro de la propia nave de la Liga. El consenso de la organización fue aplicar un borrado de memoria selectivo con la ayuda de Zatanna. Batman se opuso. Batman también fue borrado. Meltzer escribe ese flashback con la frialdad del periodista de investigación que saca a la luz un escándalo institucional: la Liga de la Justicia, el equipo de héroes más poderoso del mundo, tomó una decisión ilegal, no democrática y moralmente comprometida, y luego la enterró. La revelación no es solo un giro de trama; es una reconfiguración completa de lo que significa que estos personajes sean los guardianes del mundo. El Barry Allen que ayuda a borrar a un criminal, el Hal Jordan que vota a favor, el Oliver Queen que lo defiende décadas después: Identity Crisis hace que el lector se pregunte si alguna vez confió en ellos con razón.

El tratamiento de la violación como detonante narrativo genera una incomodidad legítima que no desaparece con el tiempo. Sue Dibny existe en la historia principalmente para ser asesinada y para haber sido agredida: su perspectiva nunca ocupa el centro del relato, que prefiere enfocarse en cómo el crimen afecta a los hombres que la rodean —su marido, el agresor, el ex esposo de la asesina—. Es la crítica más justa que se puede hacer a la miniserie, y es una crítica a la que el propio texto no tiene respuesta preparada.

El crimen que el lector no podía resolver

Meltzer viene de escribir thrillers legales y eso se nota en la arquitectura de la narración: hay un ritmo de página que muy pocos guionistas de cómics manejan con esa soltura, escenas de exposición que no se sienten como exposición, y un funeral en el número uno que es uno de los mejores primeros números del género jamás publicados. Pero el misterio tiene un defecto estructural que se hace visible en la última entrega: Jean Loring —la ex esposa de Ray Palmer, el Átomo— resulta ser la asesina. Utilizó la tecnología de miniaturización de Palmer para introducirse en el cerebro de Sue y provocarle una hemorragia, con la intención de darle a Ray un susto que lo devolviera a sus brazos. El plan salió mal. Sue murió. Jean acabó en Arkham. La resolución no funciona como ejercicio de misterio porque el lector no tenía las piezas para llegar ahí: Jean Loring es un personaje marginal durante toda la historia, su motivación es la que el guion decide que sea en el momento en que la necesita, y el giro final —que en una novela habría exigido ser sembrado con meses de anticipación— llega con la urgencia de quien no trabajó suficientemente la semilla. Lo que Identity Crisis tiene de mejor no reside en su desenlace; reside en todo lo que ocurre antes de él.

Las muertes que jalonan la miniserie son el otro lado de la moneda: el Capitán Bumerán y Jack Drake —el padre de Tim Drake, el Robin de aquel momento— se matan el uno al otro en una de las escenas más despiadadas del cómic de superhéroes de los 2000. Firestorm cae. El Doctor Luz recupera una amenaza permanente que el borrado de memoria le había arrebatado durante décadas. Nada de esto es inocente, y Meltzer lo sabe: la historia no busca consuelo porque el consuelo sería mentira.

Morales y el legado de las consecuencias

El arte de Rags Morales es la variable que eleva el conjunto por encima de sus limitaciones argumentales. Morales trabaja con una noción de la figura humana que debe mucho al realismo anatómico de Neal Adams y que le confiere a los personajes un peso físico que el género raramente consigue: los superhéroes de Identity Crisis tienen cuerpos que pesan, ropa que se arruga, caras que envejecen entre una viñeta y la siguiente. La secuencia del funeral del primer número —el ataúd, el Hombre Elástico incapaz de soltarse de la madera, la lluvia que empapa uniformes de colores primarios— es una de las páginas más emocionalmente honestas del cómic de superhéroes de los años 2000, y funciona porque Morales entiende que la emoción no viene de lo que el guion dice sino de cómo el lápiz coloca el cuerpo en el espacio. El entintado de Michael Bair añade una densidad de línea que ancla el realismo. Las portadas de Michael Turner hacen exactamente lo contrario —estilizadas, casi publicitarias— y esa tensión entre interior y exterior dice algo sobre los dos registros en que opera la historia: el de la superficie heroica y el de la verdad doméstica que hay debajo.

El impacto de Identity Crisis en el universo DC fue sísmico y duradero. Batman construyó el sistema de vigilancia Hermano Ojo como respuesta directa a descubrir que sus compañeros le habían borrado la memoria: la desconfianza entre héroes que recorre Crisis Infinita un año después tiene su origen directo en estas siete entregas. El Doctor Luz reconquistó la amenaza que había perdido. Y la conversación sobre lo que los héroes hacen cuando nadie los vigila entró en el ADN del género de una manera que no se ha cerrado todavía. Identity Crisis no es un cómic sin fisuras. Es un cómic que sabe que la comodidad moral es el verdadero villano de la historia de los superhéroes, y que demostrar eso tiene un coste. El coste lo pagan en parte los personajes. En parte, el relato mismo.