‘Avengers: The Final Host’, los Vengadores prehistóricos son mejores que los del presente
Jason Aaron llega a los Vengadores en 2018 con el crédito acumulado de haber escrito uno de los mejores arcos de Thor en décadas —God Butcher es el argumento que tiene que superar, y es un argumento exigente—, y The Final Host, el primer TPB de su etapa que recopila los seis primeros números de la serie, es a la vez el inicio de algo con ambición real y el tipo de apertura que funciona mejor como promesa que como entrega. En seis números Aaron introduce los Celestiales Oscuros como amenaza de extinción planetaria, reúne a los Tres Grandes (Tony, Steve, Thor) con un equipo que incluye a Black Panther, Doctor Strange, Capitana Marvel, la nueva She-Hulk y Robbie Reyes como Ghost Rider, y lanza simultáneamente el concepto que va a convertirse en el más fértil de toda su etapa: hace un millón de años existían unos Vengadores, y peleaban exactamente con los mismos problemas que los de hoy. The Final Host es el arco que planta esa semilla. Que la semilla sea mejor que el árbol que crece a su alrededor en estos seis números dice algo sobre los límites del proyecto y también sobre lo que viene después.

Los Vengadores de hace un millón de años
La mejor idea de este TPB no está en el presente sino en el pasado, y lo está desde las primeras páginas. Aaron imagina una liga de héroes que existió en la Tierra hace un millón de años: un Ghost Rider que monta un mamut en llamas, un Fénix encarnado en una mujer prehistórica, un Hombre de Hierro de la Edad de Piedra, un Pantera Negra anterior a la historia registrada, el Agamotto original como Hechicero Supremo, el primer portador de la Marca de Estrella, y Odín, que todavía era joven. Los siete lucharon contra los Celestiales en el amanecer de la humanidad, y esa batalla —su causa, su resultado, sus consecuencias ocultas durante un millón de años— es el motor narrativo que conecta ambas épocas y justifica estructuralmente que el arco salte entre el Pleistoceno y el presente con la misma fluidez.

Lo que el concepto de los Vengadores prehistóricos hace bien es exactamente lo que el cómic de superhéroes hace bien en sus mejores momentos: toma algo que ya existe —en este caso, el marco mitológico de los Celestiales como creadores/modificadores de la humanidad— y lo desplaza en el tiempo para revelar que el problema nunca fue nuevo. La versión del Odín joven peleando contra una amenaza cósmica con las herramientas de la Edad de Piedra tiene algo que la versión contemporánea de la misma pelea no consigue del todo: una economía visual y narrativa que el presente, con ocho héroes y demasiadas subtramas, no puede permitirse. Aaron dedicará arcos enteros a estos personajes a lo largo de su etapa, y se entiende por qué: en seis números ya son más interesantes que la mitad del reparto que opera en tiempo real.

McGuinness y el problema de dibujar algo de dos kilómetros
Los Celestiales Oscuros miden dos kilómetros. Eso es un problema de dibujo antes de ser un problema narrativo, y Ed McGuinness lo resuelve con la solución más directa posible: dibuja todo lo demás en la misma escala exagerada para que la proporción funcione. Su estilo —musculatura inflamada, mandíbulas cuadradas, un vocabulario visual que debe más al diseño de juguetes de los noventa que al realismo anatómico— es exactamente el que este tipo de historia necesita. Las amenazas cósmicas de Aaron requieren un dibujante que no tenga miedo del tamaño, que no intente hacer creíbles los cuerpos imposibles sino que los convierta en espectáculo, y McGuinness sabe perfectamente que está ahí para eso.

Las secuencias en las que los Celestiales caen sobre la Tierra como meteoritos de cuatro kilómetros de brazo son los momentos de mayor eficacia visual del TPB: hay un sentido de escala genuino que el cómic de superhéroes raramente consigue sin hacer trampa con la perspectiva. Donde McGuinness es menos convincente es en las escenas de grupo numeroso —ocho héroes en un mismo plano requieren compromisos que su estilo no gestiona con la misma soltura—, y hay páginas en el tramo central en las que la claridad narrativa sufre ante la densidad de figuras. Paco Medina, que interviene en algunos números para aliviar el calendario de producción, mantiene una coherencia visual aceptable aunque sin el impacto de los capítulos de McGuinness. El resultado estético del TPB es desigual pero globalmente funcional: no está aquí para ser bonito sino para ser grande, y grande lo es.

El problema del presente y las deudas del arranque
El arco contemporáneo —los Vengadores actuales enfrentándose al Huésped Final con las herramientas que tienen— es donde The Final Host acusa sus limitaciones más claras. Aaron tiene ocho personajes en pantalla, seis números y una amenaza de extinción que resolver, y el resultado es una narración que tira de exposición cuando debería confiar en la acción y de golpes de efecto cuando debería construir tensión. El villano, en el sentido más exacto del término, no existe: los Celestiales Oscuros son una fuerza, no un antagonista, y Loki —que funciona como catalizador del caos— no tiene aquí el peso que Aaron sabe darle cuando un guion le da tiempo. La resolución del conflicto, que depende de una mecánica narrativa que el arco introduce demasiado tarde y ejecuta con prisa, es el punto más débil de los seis números: hay una sensación de que el problema se soluciona porque el número seis tiene que terminar, no porque la lógica interna de la historia lo haya preparado.

Lo que salva al TPB de quedarse en simple espectáculo hueco es la dimensión de personaje que Aaron distribuye de manera estratégicamente desigual. Robbie Reyes como Ghost Rider —el mecánico de Los Ángeles con el infierno en un coche de muscle, no en una moto— recibe algunos de los mejores momentos del arco, tanto los más cómicos como los más inesperadamente emotivos, y su presencia en el equipo es la apuesta más fresca de un reparto en el que Cap, Thor e Iron Man hacen exactamente lo que llevan haciendo décadas. La She-Hulk en modo salvaje, sin los matices de la versión abogada, funciona mejor como fuerza visual que como personaje —Aaron la usará de manera más compleja en arcos posteriores—, y la dinámica entre los Tres Grandes tiene la comodidad afectuosa de algo que el lector ha visto muchas veces y que el guion no se molesta en renovar porque no es eso lo que le interesa aquí.

The Final Host es un primer acto. No pretende ser otra cosa, y en eso es honesto. El problema es que los primeros actos que funcionan de verdad —God Butcher fue uno de ellos— no parecen primeros actos mientras los estás leyendo. Este sí lo parece, y eso es una limitación que los siguientes TPBs de la etapa irán compensando en la medida en que la semilla prehistórica que Aaron plantó en estos seis números empiece a florecer con más espacio.





