El bebé amarillo rescata a los humanos que lo rodean: ‘Marsupilami’
André Franquin creó al Marsupilami en 1952 como personaje secundario de Spirou, y tardó treinta años en darle su propia serie. En ese tiempo la criatura —amarilla, moteada de negro, con una cola de varios metros de longitud capaz de cualquier proeza física y un «¡Houba!» como única reserva lingüística— se convirtió en uno de los iconos más reconocibles del cómic europeo. Alain Chabat hizo una primera adaptación en 2012 que fue un fenómeno comercial en Francia, y cuando Philippe Lacheau —director-actor de la corriente de comedia popular gala más rentable de la última década— tomó el relevo, el listón no era artístico sino de taquilla: seis millones cien mil entradas en Francia en lo que va de 2026 confirman que Lacheau ha resuelto ese problema con eficiencia. El otro problema —el de si la película que ha hecho merece ese éxito en términos distintos a los contables— tiene una respuesta más matizada.

La criatura y el mérito de construir algo que funcione de verdad
La decisión más inteligente que toma Marsupilami es la de tratar a su protagonista —no Philippe Lacheau, sino el bebé de CGI con cola que aparece hacia la mitad del metraje— con el mismo rigor técnico y emocional que los estudios americanos aplican a sus franquicias de criaturas. El Marsupilami está bien resuelto: la cola es el instrumento visual de la película y el equipo de efectos la explota con una inventiva que no se agota, pasando del caos físico a la ternura sin que ninguno de los dos registros cancele al otro. Las referencias a E.T. —hay un homenaje a la escena de la bicicleta que es deliberado y funciona precisamente porque no se disimula— y a los Gremlins no son decoro sino estructura: la película sabe que está en la tradición del film de criatura-que-transforma-a-quien-la-cuida y la trabaja con conciencia. El niño Léo, interpretado por Corentin Guillot, es el ancla emocional de esa relación: la interacción entre el actor infantil y la criatura digital genera los mejores momentos de la segunda hora, y Guillot tiene la suficiente naturalidad para que la emoción no suene postiza.

La película también tiene el criterio de despacharse en noventa y nueve minutos sin pretender ser más de lo que es, y de concentrar sus mejores escenas en la segunda mitad, cuando el Marsupilami ya está dentro de la historia y puede hacer el trabajo que el guion no siempre hace por él.

Lacheau y su troupe, o el humor que sabe exactamente hasta dónde llegar
Philippe Lacheau lleva una década perfeccionando un modelo de comedia de director-estrella que funciona con una lógica de troupe: Tarek Boudali, Julien Arruti y Élodie Fontan son los actores de su compañía habitual, y la película los coloca en sus posiciones naturales con una comodidad que tiene algo de rutina y algo de profesionalidad bien entendida. Boudali como estrella musical caída en el olvido aporta el gag más sostenido de la primera mitad. Jamel Debbouze regresa como Pablito Camaron —el personaje que interpretó en la versión de Chabat— y ese vínculo entre las dos películas cumple la función de puente generacional para quienes conocen la primera entrega sin que resulte excluyente para quien no la ha visto.

El problema es Lacheau como protagonista. David es un personaje construido para que todo el mundo lo quiera y nadie lo recuerde: sus reacciones están calculadas al milímetro, su torpeza es de catálogo, y la mímica que el director-actor despliega con convicción funciona bien durante los primeros veinte minutos y se vuelve mecánica pasado ese punto. Hay algo en la forma en que Lacheau se convierte siempre en el centro de sus propias películas que resulta demasiado cómodo para sus ambiciones: el personaje no crece, no sorprende, no comete ningún error que el guion no haya previsto. Lo que salva las escenas en las que aparece solo son, casi sin excepción, los actores que aparecen con él.

La primera mitad y el gag que necesita tiempo para aterrizar
La decisión de situar la acción en un crucero turístico en lugar de en la jungla latinoamericana que ha sido siempre el hábitat natural del Marsupilami es cuestionable en términos de fidelidad al material original y rentable en términos de producción: el barco permite escenarios variados sin coste de localización, y los espacios del trasatlántico —cabinas, piscinas, salones de baile— generan posibilidades cómicas que Lacheau usa con competencia. Lo que no compensa del todo es la primera hora, que funciona a menor temperatura de lo que el ritmo habitual de la troupe promete. La premisa de la comedia de reencuentro romántico entre David y Tess es el talón de Aquiles del guion: es el tipo de conflicto emocional que se resuelve en cualquier comedia de los noventa en diez minutos y que aquí se estira porque el Marsupilami todavía no ha llegado para cambiar de conversación.

Cuando el bebé amarillo aparece, la película arranca. La cadena de gags de la segunda mitad tiene un ritmo que en sus mejores momentos toca la comedia burlesca de las grandes producciones cómicas europeas: visual, física, construida sobre la acumulación y el remate. Las referencias al cine popular —Jurassic Park, Top Gun, DragonBall— no aportan nada al que no las conoce y divierten al que sí, lo que es exactamente lo que una película de este tipo necesita para cumplir su función. Marsupilami es un taquillazo construido sobre una criatura que funciona de verdad, un director que sabe lo que vende y un guion que hace su trabajo sin molestarse en hacer más. Para la mitad del cine francés de 2026, eso ya es decir bastante.





