Españoles (hombres y mujeres) sin piedad: ‘Los Justos’
Jorge A. Lara y Fer Pérez llegaron al cine de largo desde la comedia televisiva, y eso se nota en Los Justos de la misma manera en que se nota cuando te sientas en una silla y compruebas que las patas no son exactamente iguales: no lo derrumba, pero lo sabes. Su ópera prima, presentada en el Festival de Málaga en marzo de 2026 y estrenada comercialmente el 30 de abril antes de alcanzar el número dos en HBO Max España, parte de una de las premisas más eficientes que ha dado el cine español reciente: nueve miembros de un jurado popular, un caso de corrupción empresarial con pruebas tan claras que el juicio debería ser un trámite, y una oferta que llega por separado a cada uno de ellos —un millón de euros a cambio de cambiar su voto de culpable a inocente— con la condición de que la unanimidad es el precio de entrada. El título es deliberadamente irónico. Las personas justas, sometidas a la presión correcta, demuestran ser tan permeables como el resto.

La trampa del millón y lo que revela de España
El guion fue escrito en 2018, pero Los Justos habría funcionado en cualquier momento de la última década y funciona especialmente bien en 2026. No porque la corrupción haya empeorado —o no solo por eso— sino porque la película tiene la lucidez de tratar el soborno no como una anomalía moral sino como la aceleración de tendencias que los nueve jurados ya traían consigo antes de entrar en la sala. Cada personaje representa un estrato diferente de la España contemporánea: el que lleva años con el agua al cuello por la hipoteca, el que cobró mal siempre y nunca protestó, el que tiene principios hasta que la factura llega. El millón de euros no los corrompe desde cero; simplemente le da nombre y precio a lo que ya estaba.

Esa es la deuda reconocible con la tradición Berlanga-Azcona, la comedia moral española que no ríe de los personajes sino con ellos porque el chiste es colectivo y nos incluye a todos. Lara y Pérez conocen esa genealogía y la invocan con inteligencia en la primera mitad de la película: los intercambios entre los jurados tienen la cadencia específica de gente que se está convenciendo a sí misma de algo mientras convence a los demás, y la ironía de los diálogos es suficientemente sutil para no colapsar en sátira de brocha gorda. Alfonso Postigo fotografía la sala de deliberaciones con una austeridad que convierte la claustrofobia en argumento: la anchura del plano va reduciéndose a medida que la oferta va siendo imposible de ignorar. La rata de la secuencia inicial —sobre una mesa de madera institucional, en silencio, mirando a cámara— es el resumen de lo que la película quiere decir antes de decirlo con palabras.

El reparto que carga lo que el guion vacila en sostener
Nueve actores en un espacio cerrado durante noventa minutos es un experimento que puede salir muy bien o desmoronarse en cuanto uno de los eslabones cede. El reparto de Los Justos no cede. Carmen Machi funciona aquí como lo que siempre ha sido en el mejor cine español: la actriz capaz de hacer que una escena cambie de temperatura con un gesto, la que puede estar siendo cómica y honesta al mismo tiempo sin que el espectador pueda separar una cosa de la otra. Su jurado es el que tarda más en mostrar la fisura, y eso la convierte en el centro de gravedad del conjunto. Vito Sanz aporta la ambigüedad moral que el guion necesita que alguien encarne sin explicitar demasiado, y Pilar Castro trabaja el cinismo con la economía de alguien que sabe exactamente cuánto espacio necesita. Marcelo Subiotto, Bruna Cusí, Ane Gabarain, Hugo Welzel, Marina Guerola y Aimar Vega completan un coral donde cada personaje tiene su turno sin que nadie se lleve más de lo que la historia puede darle.

La música de Beatriz López-Nogales opta por composiciones vocales que trabajan a contracorriente de la expectativa del thriller: donde habría acordes de tensión convencional, hay algo más parecido al canto llano, y esa decisión tiene su coherencia con el tono del conjunto. Esta es una película sobre gente ordinaria haciendo cosas ordinariamente comprometidas, no sobre héroes ni villanos, y la partitura lo entiende.

El final que no se atreve con lo que prometió
El problema de Los Justos no está en su primera hora sino en cómo resuelve lo que montó. El mecanismo narrativo funciona con precisión en el planteamiento: la oferta llega, los personajes reaccionan, las alianzas se forman y se deshacen, la unanimidad parece posible y luego imposible y luego posible de nuevo. Pero cuando la película tiene que cobrar lo que apostó —cuando tiene que decidir si la corrupción gana, si la justicia prevalece, o si el veredicto es tan ambiguo como el mundo que retrata—, el paso hacia el desenlace se produce con una rapidez que deja a varios personajes sin el tiempo que necesitaban para que sus decisiones parecieran ganadas y no asignadas. Los directores optan por el recorrido más seguro justo cuando el relato pedía el más incómodo.

Es la herencia de la comedia televisiva aplicada en el momento equivocado: el instinto de limpiar la escena antes de que se vuelva demasiado oscura, de devolver al espectador a terreno reconocible cuando la tensión podría haberse quedado sin resolución fácil. Los Justos tiene en su premisa los materiales para una película que diga algo definitivo sobre la ética de la supervivencia en España en 2026, y en gran parte de su metraje se acerca a eso con solvencia real. Que el veredicto final resulte insuficiente no borra lo que la película consigue durante setenta minutos, pero sí explica por qué sale del cine con la sensación de que la actuación más honesta estaba en los actores y la más cobarde en el guion.





