El negocio de la tragedia: ¿hasta dónde puede exprimir la ficción el dolor real?

La fascinación de la cultura española por la crónica negra no nació con las plataformas de streaming. Décadas antes de que los algoritmos convirtieran el morbo en fenómeno de masas, el cine y la televisión ya acudían al sumario judicial como materia prima dramática. Obras maestras y reconstrucciones de impacto como El crimen de Cuenca (Pilar Miró), El séptimo día (Carlos Saura diseccionando la matanza de Puerto Urraco), la miniserie Padre Coraje (Benito Zambrano) o Días sin luz (sobre el caso Mari Luz Cortés) demostraron que la tragedia real siempre ha sido un espejo incómodo para nuestra sociedad.

Sin embargo, lo que antes eran proyectos cinematográficos de autor o miniseries de evento televisivo se ha transformado en los últimos años en una cadena de montaje industrial. España vive una escalada sin precedentes de la ficción basada en hechos reales, donde los crímenes más mediáticos de las últimas décadas no se analizan desde el documental, sino que se dramatizan con presupuestos millonarios, repartos de primer nivel y guiones diseñados para el maratón de fin de semana.

De la pantalla a la trinchera: la concatenación de la ficción criminal

Esta fiebre por ficcionar el dolor ajeno no es un fogonazo aislado, sino un goteo constante que ha ido subiendo de tono. La ola tomó impulso con producciones como El cuerpo en llamas y el fenómeno de El caso Asunta, continuó en la televisión abierta con El Marqués —resucitando el enigma de Los Galindos— y se ha afianzado en la cartelera con La viuda negra, el largometraje protagonizado por Carmen Machi sobre el crimen de Patraix.

El movimiento más revelador de esta metamorfosis lo ha firmado recientemente Carles Porta. El periodista catalán, considerado el indiscutible rey del true crime documental en España gracias al éxito de Crims, ha dado el salto a la ficción pura con la serie 33 días, dramatizando la fuga de los presos Brito y Picatoste. Que el máximo exponente de la pulcritud periodística del género decida que la realidad necesita ahora vestirse de drama actoral confirma que la industria audiovisual ya no se conforma con investigar los hechos: necesita reescribirlos y actuar sobre ellos.

El grito de auxilio en la Carrera de San Jerónimo

El fulgor de las alfombras rojas y las audiencias históricas contrasta frontalmente con la realidad de los despachos políticos y los colectivos de víctimas. La comparecencia en el Congreso de los Diputados de familiares de víctimas de crímenes que paralizaron al país —entre ellos la madre del pequeño Yulen, el niño fallecido en el pozo de Totalán— evidenció el desamparo absoluto que sufren los entornos afectados ante esta vorágine comercial.

Las intervenciones en sede parlamentaria no reclamaban venganza penal, sino un amparo legal urgente frente a lo que consideran una tortura psicológica sistemática. Para una madre o un hermano, la conversión de su tragedia en un producto de entretenimiento no es un ejercicio artísticamente legítimo; es la reapertura continua de una herida que jamás llega a cicatrizar. El problema reside en que, una vez juzgado un caso y convertida la sentencia en documento público, las productoras gozan de un amplísimo margen amparado por el derecho a la información y la creación artística, dejando a las familias sin herramientas para proteger la intimidad de su duelo.

El precedente de ‘El odio’ y las líneas rojas del mercado

Este choque de trenes entre libertad creativa y decencia moral no atañe únicamente al sector audiovisual. El mercado editorial vivió su propio cataclismo cultural con la polémica en torno a El odio, el libro escrito por Luisgé Martín a partir de las entrevistas y testimonios directos de José Bretón, condenado por el asesinato de sus dos hijos en Córdoba.

El anuncio de su publicación provocó un rechazo civil tan abrasivo que la editorial Anagrama se vio obligada a tomar una decisión inédita: retirar el libro y cancelar su distribución antes de que llegara a las librerías. La amenaza de boicot por parte de los lectores y el dolor manifiesto de la madre de los niños demostraron que la sociedad es capaz de trazar líneas rojas contundentes cuando considera que se está lucrando con la voz y el ego de un asesino de menores.

El espectador frente al espejo

La encrucijada actual traslada la responsabilidad final al último eslabón de la cadena: el espectador. Las plataformas y cadenas no financian estas producciones a ciegas; responden a una demanda voraz de consumo que convierte el morbo en entretenimiento doméstico. Asimilamos estas historias con una distancia de seguridad engañosa, olvidando con frecuencia que tras los nombres de los créditos hay personas reales que siguen sufriendo las réplicas de aquellos actos.

El futuro del género en España no dependerá solo de los límites legales que pueda fijar el Legislativo para proteger el derecho al olvido. Dependerá, en última instancia, de la madurez ética de una audiencia llamada a decidir si continúa consumiendo el dolor ajeno como un pasatiempo efímero o si exige un espacio de respeto para las familias que solo necesitan vivir en paz.