Demasiado prudente para ser todo lo que prometía: Presidente Curtis, el spin-off de Rick y Morty

El Presidente Andre Curtis lleva trece años siendo el hombre más funcional del universo de Rick y Morty. Un presidente que coexiste con extraterrestres, invasiones interdimensionales y el caos endémico de una América que solo existe en los márgenes de la realidad sin perder jamás la compostura, que se ha ganado el respeto tácito —rara vez explicitado— incluso de Rick Sanchez, que ha sobrevivido a todo lo que el cosmos ha lanzado contra su despacho oval con la ecuanimidad de alguien que ha aceptado que exactamente eso es su trabajo. Dan Harmon y James Siciliano han construido el primer spin-off oficial de la franquicia alrededor de ese personaje, con Keith David prestándole la misma voz que ya tenía desde el principio, y el resultado resiste la categorización: no es parodia política, no es nihilismo cósmico, no es una historia de superhéroes en el sentido convencional del término. Presidente Curtis es una comedia de acción absurdista sobre un hombre de poder que trata el despacho oval como la guarida de un vigilante, flanqueado por una jefa de gabinete que es un cyborg operativo y por un agente de los Servicios Secretos que es mitad leprechaun. El tono lo dice todo antes de que la trama lo confirme.

El hombre más competente de la sala

Keith David lleva trece años haciendo esto y se nota de una manera que va más allá del reconocimiento. La voz de Curtis tiene autoridad sin esfuerzo —el tipo de presencia sonora que convierte cualquier frase en declaración incluso cuando la frase es un exabrupto sobre alienígenas o un edicto presidencial sobre hombres-topo—, y lo que Presidente Curtis añade a ese material base es una arquitectura de personaje que la serie madre nunca necesitó desarrollar. Curtis como protagonista es un egomaníaco de cepa vieja: el superhéroe de los ochenta que ha llegado a la presidencia por decisión propia o por designio del universo, y que gobierna como si la diferencia entre ambas posibilidades no mereciera demasiada atención. La serie lo presenta con una confianza en sí mismo que bordea la alucinación y que, crucialmente, no lo convierte en incompetente. Curtis funciona porque cree que funciona, y el guion tiene la inteligencia de demostrar que esa creencia no siempre está equivocada. No es el payaso presidencial que la premisa podría haber sugerido. Es un hombre que trata los impuestos de sus ciudadanos como la financiación de su operación de vigilante personal —Batman con presupuesto federal y acceso a los archivos de la CIA— y que, en ese proceso, resulta paradójicamente más efectivo que la mayoría de los políticos que existen en el mismo universo de ficción. La primera crisis de la temporada —cintas secretas, consecuencias que escalan hasta lo imposible, el tipo de situación que Rick Sanchez habría resuelto en dos minutos y olvidado en tres— llega a su despacho y Curtis no la gestiona. La aborda. La diferencia importa, y la serie sabe que importa.

La máquina de tres partes

El motor cómico real de la serie no es Curtis sino la dinámica entre los tres protagonistas, que funciona con la precisión de un mecanismo de relojería construido con piezas deliberadamente incompatibles. Roe Banks —cyborg, jefa de gabinete, la única persona en la sala que sabe exactamente lo que está pasando en todo momento— opera como el sistema de control silencioso de una presidencia que en teoría no necesita control. Su trabajo no es gestionar al presidente: es hacerle creer que él está gestionando la situación mientras ella ejecuta la solución real. Francis O’Doyle —agente de los Servicios Secretos, mitad leprechaun, devoto hasta el límite de la autodestrucción— es la variable imprevista que entra por la puerta equivocada en el momento equivocado y convierte los planes en algo diferente de lo que eran. La mecánica que emerge de esta trinidad es simple y eficiente: Curtis decide, Banks redirige en silencio, O’Doyle introduce el elemento de caos que ninguno había contemplado, y los tres salen del otro lado por razones que no siempre tienen que ver con lo que planearon. Lo que hace que la fórmula funcione es que los tres personajes tienen lógicas internas completamente claras y que el guion confía en que el espectador las comprenderá sin que nadie tenga que enunciarlas en voz alta. Banks no explica por qué hace lo que hace. O’Doyle no justifica su lealtad ciega. Curtis no necesita que nadie le crea para comportarse como si todo el mundo le creyese. La comedia vive en el espacio entre esas tres certezas cuando colisionan, y el registro que encuentra la serie —absurdista, físico, verbalmente rápido, con chistes visuales que aterrizan con más consistencia de la esperada— es lo suficientemente distintivo para que Presidente Curtis no parezca un episodio de Rick y Morty con el protagonista cambiado. Parece, para bien y para mal, su propia cosa.

Lo que el spin-off hereda y lo que no puede heredar

Lo que Presidente Curtis no puede evitar del todo, aunque lo intente, es la gravedad narrativa de la franquicia que la ha generado. No porque la serie la reclame —hace lo necesario por construir su propia identidad, y en sus mejores momentos lo consigue con solvencia— sino porque trece años de Rick y Morty han entrenado a su audiencia para esperar una densidad temática, una ambición cosmológica y una disposición al nihilismo que esta serie no tiene ni pretende tener. El resultado es una divergencia que define la recepción del estreno: una parte de la audiencia ve una comedia de acción competente y entretenida, con un trío protagonista que funciona y una construcción del absurdo que rara vez tropieza. Otra parte siente que el primer spin-off en la historia de la franquicia debería haber llegado más lejos, que la oportunidad de expandir el universo desde un ángulo nuevo se ha resuelto con más prudencia de la necesaria. Los dos grupos tienen razón a la vez, y esa paradoja no se resuelve con diez episodios ni con una segunda temporada ya confirmada antes de que la primera terminase de estrenarse. Lo que sí puede hacer esta primera temporada —y hace— es ser suficientemente buena en sus propios términos para justificar que exista: Curtis en el mundo, no en el cosmos; más X-Files en la Casa Blanca que ciencia ficción existencial; más comedia de situación bien ejecutada que expansión mitológica del universo. La serie ha elegido ser pequeña con precisión en lugar de grande con torpeza, y esa elección tiene consecuencias que el espectador tendrá que decidir si le parecen virtud o renuncia. La respuesta honesta es que son las dos cosas al mismo tiempo, lo cual es más de lo que se puede decir de la mayoría de los spin-offs que existen.