Antes de ‘Una rubia muy legal’: Por qué la serie ‘Elle’ logra atrapar la esencia y el encanto de los 90

Elle abre el 1 de julio de 2026 con un problema de partida que ninguna cantidad de nostalgia ochentera puede disimular del todo: la espectadora que conoce Una rubia muy legal sabe exactamente adónde va a llegar la protagonista, y la que no la conoce no tiene ninguna razón especial para que le importe más la prehistoria de un personaje que la historia. Laura Kittrell y Caroline Dries, creadoras de la serie, han apostado por resolver la paradoja moviéndose lateralmente: Elle no es la historia de cómo Elle Woods se convirtió en quien es en la película, sino la de una chica de dieciséis años que llega a Seattle en 1995 después de que el escándalo médico de su padre obligue a la familia a dejar Bel-Air, y que tiene que reconstruirse en un entorno que la recibe con la misma energía que la lluvia perpetua de la ciudad. El primer episodio se tambalea bajo el peso de la premisa —demasiado parecido a la película original, demasiado ansioso por demostrar que tiene razón de existir—, y luego, a partir del segundo o el tercero, la serie encuentra el ritmo que buscaba y se convierte en algo más interesante que una franquicia rehecha: una comedia dramática de instituto de los noventa con un personaje central que tiene más capas de las que el material original necesitaba darle.

El problema de contar lo que ya sabemos y cómo la serie lo rodea

La trampa central de Elle es la misma que acecha a toda precuela con una audiencia preexistente: el espectador llega sabiendo que la protagonista acabará en Harvard, que su motor en la película original es recuperar a su ex, y que su revelación como abogada brillante y capaz es la sorpresa que el arco de esa película paga. Si la serie muestra a una Elle que a los dieciséis años ya investiga corrupciones escolares —y la primera temporada lo hace, con una trama de desfalco que ella misma desmantela para proteger a su amiga Donna—, el problema canónico que se abre es difícil de ignorar: ¿qué queda del viaje emocional de la película si el personaje ya recorrió ese camino en el instituto? Kittrell y Dries no tienen una respuesta completamente satisfactoria a esa pregunta, y los espectadores que la formulen en voz alta van a tener razón. Lo que sí tienen es la decisión, tomada a partir del episodio cuatro, de dejar que la serie funcione como teen drama autónomo más que como documental de los orígenes de la abogada. Elle falla, malinterpreta situaciones, causa daño sin quererlo —cuando su madre envía a Cosmopolitan un artículo que retrata Seattle de forma humillante, el personaje paga un precio social real—, y esa disposición a mostrar la incomodidad junto con el carisma es lo que convierte los últimos episodios de la temporada en algo más que fan service con estética rosa.

Lexi Minetree, June Diane Raphael y el reparto que carga la serie

Lexi Minetree llega a uno de los papeles más expuestos que puede ofrecer la televisión de 2026 —tomar el personaje de Reese Witherspoon a los dieciséis años, con Witherspoon produciendo la serie desde Hello Sunshine— y lo resuelve con una sensatez que no era la opción más fácil: no imita a Witherspoon, captura el espíritu. La energía incombustible, el optimismo que el entorno circundante no puede apagar, la ingenuidad que coexiste con una intuición social más afilada de lo que el personaje sabe que tiene. El resultado no es el megavatio de la película —aún—, pero sí algo que tiene posibilidad de crecer en una segunda temporada que ya está rodada. La sorpresa real del reparto es June Diane Raphael como Eva Woods, la madre: un personaje que en manos de una actriz menos precisa habría sido la figura decorativa del argumento familiar y que Raphael convierte en la fuente de más de la mitad de los mejores momentos cómicos de la temporada, con una actuación que entiende exactamente el registro que la serie necesita y que lo ejecuta sin un gramo de autocomplacencia. Gabrielle Policano como Liz, la amiga que se convierte en el centro emocional de la mejor amistad de la temporada, y la pareja que forma con Minetree en los episodios centrales de la serie justifican por sí solos el formato de ocho episodios. Y luego está James Van Der Beek como el superintendente Dean Wilson, en lo que fue su último papel antes de su muerte: cada aparición llega con el peso que tiene, la cámara lo sabe, y la serie tiene la delicadeza de no subrayarlo.

Lo que falla, lo que convence y a quién está pensada

Elle tiene problemas reales que su encanto no puede disimular del todo. Los episodios duran entre cuarenta y cinco y sesenta minutos para una historia que habría respirado mejor con treinta: la serie tarda en llegar a donde va y a veces elige el camino más largo sin haber convencido al espectador de que vale la pena. El Seattle de los primeros episodios aparece dibujado con una brocha de chiste —ciudad oscura, adolescentes cínicos, lluvia como condena existencial— y aunque la serie se corrige a sí misma conforme avanza, la imagen de las primeras horas deja posos. La integración de product placement en los primeros minutos del piloto alcanza niveles que merecen mención por su agresividad. Y la pregunta canónica nunca desaparece del todo: una Elle que ya encontró en Seattle parte de lo que en la película encuentra en Harvard es una Elle cuyo arco original queda un poco devaluado. Dicho todo eso, la primera temporada termina bien: el regreso de Elle a Seattle —eligiendo la ciudad sobre el internado en Los Ángeles— tiene lógica emocional, el baile de invierno del episodio final paga las apuestas sentimentales que los episodios anteriores habían abierto, y la renovación para una segunda temporada que ya existe en formato terminado sugiere que Prime Video sabe que tiene algo que puede crecer. Elle es una serie para quien amaba a Elle Woods y quiere más de ella, para adolescentes que nunca vieron la película y no necesitan que les pese, y para cualquiera que esté dispuesto a darle hasta el tercer episodio antes de decidir. Que esas tres audiencias sean compatibles es el logro más silencioso de la temporada.