Alguien tiene que limpiar los escombros: Damage Control Vol. 1: New Employee Handbook

Spider-Man: Brand New Day ha reintroducido en el cine una de las ideas más genuinamente originales que el universo Marvel tiene en su catálogo: una empresa de construcción y gestión de siniestros especializada en los daños colaterales de las batallas entre superhéroes y supervillanos. Damage Control —creada originalmente por Dwayne McDuffie a finales de los ochenta como sátira corporativa del universo Marvel, tan fundamental para la infraestructura narrativa del mundo como cualquier equipo de superhéroes— tiene su reencarnación en cómic más reciente en este volumen recopilatorio de los cinco números publicados en 2022, escritos por Adam F. Goldberg y Hans Rodionoff con dibujo de Will Robson. La premisa es exactamente tan buena como siempre ha sido: en un mundo donde las batallas entre Iron Man y sus antagonistas destruyen rascacielos regularmente, alguien tiene que presentar el parte de daños, tramitar el seguro, y enviar al equipo de demolición. Lo que el primer volumen añade a esa premisa —un protagonista nuevo, Gus, un empleado de nueva incorporación que entra por la puerta de recursos humanos y acaba navegando la burocracia de lo imposible— es donde empieza el problema.

La herencia de McDuffie

Damage Control existe desde 1988 porque Dwayne McDuffie entendió algo que muy pocos escritores de cómics de superhéroes han entendido antes o después: que el universo Marvel, visto desde el ángulo correcto, es fundamentalmente una burocracia. Que detrás de cada batalla en Manhattan hay un expediente, una reclamación de seguro, un contrato de derribo, y una empresa que factura por todo eso. La sátira de McDuffie funcionaba en dos registros simultáneamente: era un comentario sobre la naturaleza corporativa del entretenimiento de masas y era una historia de personajes que existían en los márgenes de los grandes eventos sin ser convocados a participar en ellos. La serie de 2022 recoge esa herencia y la actualiza con el vocabulario de la comedia de oficina contemporánea —la entrevista de trabajo, el período de prueba, el manual del nuevo empleado que da título al volumen— y el resultado es una versión de Damage Control que sabe exactamente qué tipo de comedia está haciendo y que rara vez tiene la audacia de llevarlo hasta donde podría. El inventario de apariciones es generoso: Moon Knight, Nightcrawler, She-Hulk, Ant-Man y la Avispa pasan por las páginas con la funcionalidad de invitados en un sketch —están ahí para que la empresa tenga algo que gestionar, para que Gus tenga algo que no entender—, y la mecánica de poner a un empleado de nueva incorporación frente a la absurdidad de un universo donde los superhéroes causan daños astronómicos con regularidad funciona en los momentos en que los guionistas confían en la situación más que en el chiste explicado.

El problema de Gus

La decisión de construir la serie alrededor de un protagonista nuevo, Gus, es también la más costosa del volumen. Gus entra en Damage Control como becario, pasa al departamento de correo, llega a atención al cliente, y en cada una de esas etapas funciona como la misma cosa: el recién llegado que no entiende nada, el punto de vista del lector dentro de una organización que el lector tampoco conoce, el personaje que existe para que los demás le expliquen cómo funciona el mundo. Es un mecanismo perfectamente funcional para los primeros compases de una historia, y el problema es que la serie no termina de encontrar el momento en que Gus deja de ser el instrumento de la explicación y empieza a ser el sujeto de la historia. Su rasgo más constante a lo largo de los cinco números —la alimentación compulsiva bajo estrés, presente en más páginas de las necesarias— es más muletilla que carácter, y cuando el número final le entrega un pasado, una motivación retroactiva, una razón para que su presencia en esta empresa específica no sea del todo accidental, la revelación llega demasiado tarde para cambiar lo que el lector ya ha decidido sentir por él. El quinto número toca, brevemente, la idea de que el nepotismo institucional es una amenaza más corrosiva para el funcionamiento de la organización que cualquier catástrofe de origen cósmico —una idea que podría haber sido el nervio central de toda la serie— y la resuelve en el espacio de pocas páginas sin que el volumen haya tenido tiempo de construir el peso que esa resolución requeriría.

Lo que Robson salva

Will Robson es la respuesta más honesta a la pregunta de por qué este volumen existe y por qué vale la pena leerlo aunque su guion sea irregular. Su línea —limpia, expresiva, con un sentido del ritmo de viñeta que convierte cada escena de acción absurda en algo que el ojo sigue con más placer del que el texto merece— define la identidad visual de una serie que, sin él, sería simplemente un ejercicio competente de comedia corporativa con licencia Marvel. Robson entiende que Damage Control requiere que el humor sea físico además de verbal, que la gracia de poner a un empleado de oficina en medio de una batalla entre superhéroes está tanto en el cuerpo del empleado como en el texto de sus bocadillos, y lo que entrega número a número es un trabajo de ilustración que sostiene la comedia cuando el guion la suelta. El volumen incluye además una historia corta de Charlotte Fullerton —viuda de Dwayne McDuffie— sobre la gestión de Damage Control tras el Guantelete del Infinito, y es la pieza más claramente deudora del tono del creador original en todo el recopilatorio: más económica, más directa, más consciente de dónde está la gracia. Que sea el material adicional y no el núcleo dice algo sobre la distancia entre lo que esta empresa puede hacer y lo que la serie de 2022 decidió hacer con ella.