Robo ‘matrioshka’, amor y un adiós forzado: ‘Berlín: Temporada 2’ es un cierre agridulce en Sevilla
El universo de La casa de papel ha vuelto a demostrar que se mueve bajo sus propias e imprevisibles reglas, tanto dentro como fuera de la pantalla. Tras una prolongada espera de más de dos años, la segunda temporada del spin-off centrado en Andrés de Fonollosa ha aterrizado en Netflix bajo el título de ‘Berlín y la dama del armiño’. Sin embargo, lo que se diseñó originalmente como la consolidación de una franquicia de largo recorrido se ha terminado transformando de la noche a la mañana en su desenlace definitivo. La drástica e inesperada decisión de Pedro Alonso de abandonar el personaje que lo catapultó a la fama mundial obligó a los creadores Álex Pina y Esther Martínez Lobato a improvisar un cierre involuntariamente anticlimático; una pirueta editorial que deja al espectador con un sabor de boca marcadamente agridulce, pero que confirma la madurez de la serie dentro del terreno de la comedia lúdica.

El dandi se redime en Sevilla: Un juego de espejos y egos
Desplazando el lujo sofisticado de París por la luz pasional y vibrante de Sevilla, esta nueva tanda de ocho episodios eleva la apuesta criminal mediante un audaz robo matrioshka: organizar un golpe de alta precisión dentro de otro mucho más ambicioso. El objetivo ya no son unos millones en joyas, sino una de las obras cumbres del Renacimiento italiano de Leonardo da Vinci: La dama del armiño. El gran acierto de los guionistas en esta etapa ha sido limar las aristas más turbias e inquietantes de Berlín, potenciando su faceta más humana y ética ante los primeros síntomas de la enfermedad terminal que ya empieza a asomar.
Este lavado de cara funciona a las mil maravillas gracias a los nuevos fichajes, quienes dinamizan la función de forma orgánica:
- El reflejo aristocrático: José Luis García Pérez brilla con luz propia encarnando al ficticio Duque de Málaga, el hombre que contrata a la banda. El aristócrata se destapa como un tipo tan narcisista, excéntrico y megalómano como el propio Berlín, regalando al espectador un divertidísimo y encarnizado duelo de egos que nutre los mejores momentos cómicos de la temporada.
- Un romance a la altura: Inma Cuesta ofrece una réplica portentosa en la piel de Candela, una sevillana de rompe y rasga que, a pesar de caer en ciertos clichés caricaturescos orientados al mercado internacional, establece con Berlín una relación sentimental mucho más sana, natural y de igual a igual que la vista en la primera temporada. El trío de incorporaciones lo completa una magnética Marta Nieto como la esposa del Duque, rompiendo moldes en un registro muy alejado de su trayectoria habitual.

La banda se consolida entre las trampas del guion
En el plano del equipo criminal, la química del reparto coral traspasa la pantalla con una cohesión notablemente mejorada. Michelle Jenner se asienta con total comodidad en el perfil nerd de Keila, mientras que el joven Joel Sánchez (Bruce) experimenta un crecimiento interpretativo brutal desde su debut. Por su parte, Tristán Ulloa vuelve a erigirse como el pilar dramático y cómico de la función, apuntalando su ya icónico bromance con Berlín a la par que explora sus propios conflictos emocionales junto a Roi (Julio Peña) y Cameron (Begoña Vargas).
Lamentablemente, el libreto flaquea al ejecutar una extraña y forzada separación de la banda a mitad de temporada que no termina de aportar valor real a la trama. Asimismo, la obsesión de la serie por priorizar las subtramas románticas y los enredos de infidelidades —una queja muy ruidosa entre los fans en redes sociales— termina por ralentizar el ritmo del atraco, obligando a los creadores a recurrir a soluciones precipitadas y a los ya habituales parches narrativos (deus ex machina) de la franquicia para salvar los cabos sueltos en un tramo final que, además, incluye un testimonial y nostálgico cameo de El Profesor.

Veredicto: Un viaje interrumpido
‘Berlín y la dama del armiño’ es una secuela superior a su predecesora que encuentra por fin el tono idóneo de comedia de guante blanco y despliega una factura técnica epatante que justifica el carácter de superproducción de Netflix. Funciona como un tiro en sus secuencias de acción y regala un entretenimiento vibrante ideal para un maratón de fin de semana. No obstante, es imposible desligar el visionado de su realidad industrial: saber que estamos ante un punto final improvisado debido a la marcha de su protagonista empaña el resultado, dejando múltiples tramas abiertas y la frustrante sensación de que nos han soltado la mano justo cuando el spin-off había aprendido a caminar solo.






