Vaniček filma lo mejor de la saga y convierte la sangre en poesía: Evil Dead Burn (Posesión infernal: En llamas)

Sébastien Vaniček llegó a Evil Dead Burn avalado por Vermines —su debut de 2023, una película de arañas ambientada en las torres de vivienda social de París que convenció a Sam Raimi y Rob Tapert de que este director francés de treinta y pocos años entendía el horror de una manera que valía la pena explorar en la franquicia más sangrienamente influyente de la historia del cine de género—, y la película que ha entregado es la sexta entrega de una saga que en 2023, con Evil Dead Rise, encontró una manera de renovarse radicalmente trasladando el horror del bosque al piso de apartamentos. Vaniček no repite el movimiento de su antecesor: vuelve al espacio aislado y rural —la vieja casa de vacaciones de una familia, perdida en el campo—, vuelve a la claustrofobia, y lleva consigo una protagonista francesa llamada Alice que llega a enterrar a su marido fallecido y se encuentra con una familia entera que la culpa del accidente. Los Deadites que aparecen para completar el desastre no llegan desde fuera: crecen desde dentro, amplificando lo que cada personaje ya sentía antes de que el libro maldito entrara en escena. Es el detalle de guion más inteligente que tiene Evil Dead Burn, y la película lo sabe.

Alice, la viuda y los Muertos Vivientes como espejo

Souheila Yacoub —actriz francesa de ascendencia tunecina que se había movido hasta ahora por el cine de autor europeo— es, posiblemente, la mejor protagonista de la saga desde Bruce Campbell, lo cual es una afirmación que no se hace a la ligera y que la película gana a pulso. Alice no es la heroína de acción que el género suele ofrecer a sus supervivientes: es una mujer de duelo en territorio hostil, rodeada de personas que la tratan como una intrusa en el dolor de su propia familia, y Yacoub trabaja esa doble presión —el luto y el rechazo— con una economía física que hace que cuando la película acelera hacia el horror el espectador ya haya invertido en ella de una manera que los últimos capítulos de la saga no siempre consiguieron. El mecanismo de los Deadites como amplificadores de los impulsos reprimidos de los personajes —la rabia que Susan no había podido expresar, el rencor de Joseph hacia su hermano— es la variación temática más coherente que Evil Dead Burn introduce en la mitología de la franquicia: en lugar de posesiones arbitrarias, lo que aparece en cada cuerpo poseído es lo que ese cuerpo ya contenía. El resultado es un horror que funciona también como sátira familiar, con toda la incomodidad que eso implica.

El oner del comedor y lo que Vaniček sabe hacer con el espacio

La secuencia más ambiciosa de la película —y posiblemente la más lograda que ha producido la saga en sus cuarenta y cinco años de historia— es un oner en el comedor de la casa que combina bloqueo milimétrico, coreografía de violencia y gestión del espacio fuera de campo con una precisión que deja en evidencia cuánto pensó Vaniček en cada movimiento antes de filmar. Es el momento en que Evil Dead Burn deja de ser una película de horror competente para ser una película de horror buena de verdad, y el problema es que ese pico de excelencia funciona también como revelador de los tramos que no alcanzan la misma temperatura. La secuencia del coche —un setpiece que convierte los componentes del vehículo en armas con una inventiva visual específicamente vanicekiana— tiene el mismo ingenio de diseño. La paleta de colores, dominada por rojos y naranjas que remiten al título sin subrayar lo obvio, es coherente y funcional. El trabajo práctico en las transformaciones de los Deadites recupera algo del tacto artesanal que el CGI de algunos capítulos recientes de la franquicia había ido erosionando. Vaniček no ha llegado aquí a aprender: llegó a demostrar que tenía algo propio que decir dentro de un molde que ya estaba establecido.

Ciento diez minutos y el guion que le cuesta estar a la altura de su director

Evil Dead Burn dura ciento diez minutos, que son quince más de lo que la película necesita, y el exceso se nota principalmente en los bloques centrales, donde el guion repite el mecanismo del status quo —personaje poseído, pausa, retorno a la tensión dramática familiar, siguiente posesión— con una regularidad que va diluyendo la urgencia que las mejores secuencias habían construido. El manejo de algunas líneas de subtexto —el abuso doméstico como contexto de uno de los personajes, los matices de la relación entre los hermanos— queda en el umbral de lo sugerido sin que el guion decida si quiere desarrollarlo o dejarlo como textura de fondo, y esa ambigüedad no resuelve sino que se nota como material que quedó en la mesa. La franquicia también sigue sin haber encontrado una respuesta coherente al humor de Raimi: el tono caustico que aparece en los mejores momentos de Evil Dead Burn es el correcto —más negro que camp, más seco que explícito—, pero la película no siempre confía en él y hay tramos donde la brutalidad acumulada sin contrapeso empieza a amortiguar lo que debería impactar. No es el problema del gore en sí, que la saga tiene derecho a mantener: es el problema de usarlo sin la cadencia que convierte la violencia en espectáculo en lugar de en inventario.

Evil Dead Burn no es la mejor película de la franquicia, pero sí la confirmación de que la estrategia de traer directores con personalidad propia y dejarles redefinir el espacio de la saga es la apuesta correcta. Vaniček ha entregado un film irregular con una secuencia extraordinaria en el centro, una protagonista que el cine de género europeo ya no debería poder permitirse tener solo en proyectos europeos, y suficientes ideas visuales propias para que la irregularidad no anule el conjunto. La sangre sigue siendo la moneda de cambio de la saga. El oner del comedor es la razón por la que esta vez merece la pena pagarla.