El castigador de las estrellas: Crítica del TPB ‘Cosmic Ghost Rider: Baby Thanos Must Die’ (2018)

Tras el reciente impacto en Disney+ de One Last Kill, que ha vuelto a poner sobre la mesa la cruda y urbana mitología de Frank Castle, resulta el momento perfecto para desviar la mirada hacia una versión del personaje que se sitúa en las antípodas del realismo callejero. Hablamos de una encarnación tan jodidamente desbocada que, hasta la fecha, parece tener nulas opciones de ser adaptada a la pequeña o gran pantalla: su etapa como Heraldo de Galactus. Nacido de las mentes de Donny Cates y Geoff Shaw en la aclamada saga Thanos Wins, este inclasificable amalgama conceptual se ganó el favor del público de inmediato, ganando su propia miniserie de cinco números recopilada en 2018 bajo el glorioso e irreverente epígrafe de ‘Baby Thanos Must Die’.

El delirio cósmico de un espíritu de la venganza insano

¿Qué ocurre cuando juntas en un mismo cuerpo el implacable código de conducta de The Punisher, los poderes demoníacos de Ghost Rider y el poder cósmico otorgado por el mismísimo Devorador de Mundos? La respuesta es un Frank Castle que ha sobrevivido millones de años a la extinción de los héroes de la Tierra, completamente demente tras eones de soledad y masacres galácticas.

La premisa del arco es puro Cates en su vertiente más macarra y libre de ataduras de continuidad: arrepentido de los pecados que ayudó a cometer a un Thanos anciano, el Ghost Rider Cósmico decide viajar al pasado con una misión aparentemente infalible: secuestrar al Thanos bebé para criarlo con valores positivos y evitar la destrucción del universo.

  • De la taberna alienígena a la distopía del castigador definitivoLa narrativa arranca con un primer número centrado en la recapitulación y la humanización de este desquiciado antihéroe, un prólogo que puede resultar algo pausado pero necesario para asentar las bases emocionales. Sin embargo, a partir del segundo número, la serie abraza la comedia negra y el absurdo absoluto. El contraste de Frank Castle intentando dar lecciones de moralidad a un tierno infante alienígena en bares de mala muerte —mientras el bebé se regocija con la violencia más extrema— es oro puro.
  • Un patio de recreo sin frenos de continuidadLa libertad editorial de la que goza la serie permite a Cates reírse de los tropos del noveno arte. Desde la genial devaluación del papel de Uatu El Vigilante (obligado a romper su juramento de no intervención por pura desesperación) hasta la aparición de versiones distópicas de los Guardianes de la Galaxy (incluyendo genialidades como Juggerduck), el cómic funciona como un festival de acción desenfrenada donde la lógica interna importa bastante menos que el espectáculo pirotécnico.

El trazo indomable de Dylan Burnett y el giro de guion

El apartado gráfico corre a cargo de Dylan Burnett, cuyo estilo ligeramente caricaturesco, sucio y expresivo resulta el vehículo ideal para domar el caos cromático de la galaxia. Apoyado por los colores eléctricos y vibrantes de Antonio Fabela, Burnett consigue que las llamas del casco esférico de Frank Castle queden grabadas en la retina, logrando además dotar de una expresividad hilarante a un cráneo envuelto en fuego cósmico.

No obstante, Baby Thanos Must Die no es solo un chiste alargado. Hacia su recta final (números 4 y 5), la trama adquiere un tinte trágico y determinista sumamente interesante al presentar a un Thanos adulto que ha crecido portando la calavera de Punisher en el pecho. Cates aprovecha este retorcido «Elseworlds» para reflexionar sobre la imposibilidad de cambiar el pasado y el peso del destino, arrastrando a Frank a una amarga situación de servidumbre espiritual que demuestra que, bajo la pirotecnia espacial, sigue latiendo el corazón trágico del viejo Castigador.

Veredicto: 🟢 RECOMENDABLE (Una gamberrada imprescindible)

‘Cosmic Ghost Rider: Baby Thanos Must Die’ es un cómic de evasión en su estado más puro, una lectura refrescante que exige al lector apagar el cerebro respecto a la continuidad oficial de Marvel para dejarse llevar por la diversión. Aunque su ritmo decae levemente en el nudo de la historia y algunas resoluciones espaciotemporales pequen de abruptas, el carisma desbordante de este Frank Castle espacial y la espectacularidad de sus combates justifican con creces su lectura. Una joya del noveno arte moderno ideal para comprobar que, a veces, las ideas más ridículas sobre el papel son las que mejor funcionan en las viñetas.