El pueblo más peligroso de Minnesota tiene un sheriff en consonancia: Normal
La premisa de Normal es de las que convencen en dos frases: un sheriff interino llega a Normal, Minnesota —pueblo de invierno eterno, vecinos amables, iglesia en la esquina— y descubre que el banco del pueblo es en realidad una bóveda donde la yakuza guarda su oro. La novedad es que todo el mundo lo sabe. Cuando unos ladrones desprevenidos intentan asaltarla, el caos que se desata tiene la forma específica de una comunidad entera protegiéndose a sí misma con métodos que ninguna comunidad debería conocer. Bob Odenkirk es Ulysses Richardson, el hombre que llega el día menos indicado al lugar menos indicado y que, como siempre que Odenkirk llega a algún sitio en una película de acción, resulta ser exactamente la persona equivocada para meterse con él. El guion lo firma Derek Kolstad, el mismo que escribió John Wick y Nobody, y la dirección es de Ben Wheatley, cineasta británico cuya filmografía —de la cotidianidad perturbada de Kill List a la distopía vertical de High-Rise— hace de él el fichaje más improbable y más acertado del género.

El arquetipo que nadie gestiona como Odenkirk
La comparación con Nobody no es un reproche: es el contexto. Kolstad lleva una década construyendo la misma figura desde distintos ángulos —el hombre tranquilo con un historial que nadie debería desestimar— y Odenkirk lo habita de una manera que no parece repetición sino evolución. Lo que le hace funcionar donde otro actor no funcionaría es que entiende el componente cómico del arquetipo: hay siempre un momento en que el personaje está suspendido entre la violencia de la que es capaz y la normalidad que está intentando mantener, y Odenkirk trabaja ese espacio con una precisión que pertenece más al cómico formado en el sketch que al actor de acción convencional. Ulysses Richardson no tiene el trasfondo de Hutch Mansell ni la mitología de John Wick, y la película acierta en no intentar construírselo: el backstory que el guion le asigna en el primer acto no termina de integrarse con el resto de la historia y funciona mejor cuando simplemente deja que Richardson sea un sheriff competente que no quería problemas y los tiene todos de golpe.

Wheatley en territorio americano y el invierno de Minnesota
Ben Wheatley es un director de sensibilidades extrañas al que el género americano le queda como un traje prestado que resulta irle a medida: Normal evoca la tradición de Walter Hill —acción limpia, violencia sin artificios, espacialidad clara— y lo hace desde un paisaje nevado que tiene más de Fargo y de The Wicker Man que de los callejones habituales del thriller urbano. El pueblo en invierno es un escenario que sirve bien a las necesidades de la historia: la placidez visual del blanco permanente convierte cada irrupción de violencia en algo más chocante de lo que sería en otro contexto, y Wheatley sabe cómo rodar el espacio de un pueblo pequeño para que los ángulos de fuga y los tiroteos en exteriores abiertos resulten claros y legibles en lugar del caos comprimido que el género produce habitualmente en interiores. La secuencia central de acción, la más elaborada de la película, tiene algo de Tony Scott en la energía cinética y en la voluntad de registrar el daño físico con precisión; es el momento en que Normal se convierte en lo que prometía ser y resulta ser, de lejos, el argumento definitivo para verla. El humor del primer acto —el pueblo como comunidad de cómplices, cada vecino con su papel en el esquema— funciona también, y la película sabe encontrar el tono exacto entre la sátira y el género sin que ninguno destruya al otro.

Lo que no termina de completarse
El primer acto es lento de una manera que eventualmente se justifica pero que cuesta momentum en tiempo real. Lena Headey y Henry Winkler están en la película y los dos están infrautilizados: Headey en particular llega con el tipo de presencia que sugiere que en alguna versión anterior del guion el papel era considerablemente más grande, y la película nunca le da la escena que merece. Algunos de los chistes no aterrizan —la comedia de género que la película practica tiene sus riesgos, y no todos los intentos salen— y hay en el conjunto una sensación de material que se quedó en la mesa. No en el sentido de que falte algo para entender la historia, sino en el de que los ingredientes reunidos —Wheatley, Odenkirk, Kolstad, un pueblo entero en connivencia con la yakuza— sugerían algo con más temperatura de la que la película finalmente alcanza.
Normal es entretenimiento de calidad que sabe exactamente lo que es y lo ejecuta con oficio. Wheatley demuestra que puede manejar el género americano sin perder su propio pulso, Odenkirk confirma que nadie más ocupa su lugar en este tipo de cine, y el chiste central —todo el pueblo lo sabe menos los ladrones y el sheriff— funciona durante los noventa minutos que dura. El problema es que cuando acaba uno recuerda el tiroteo del segundo acto, el paisaje nevado y la cara de Odenkirk procesando la situación, y no mucho más. Para algunas películas eso es suficiente. Esta tenía pinta de poder ser más.





