Sherlock secuestrado, Watson al rescate… pasatiempo garantizado: Enola Holmes 3

La primera pregunta que genera Enola Holmes 3 es la de qué hace Philip Barantini en este proyecto. El director que co-dirigió Adolescence —la miniserie más perturbadora e importante de Netflix en los últimos dos años— aterriza aquí como primer sustituto de Harry Bradbeer, el artífice de las dos entregas anteriores, y lo hace con un encargo que podría parecer un descenso de categoría: aventura familiar en Malta y una boda victoriana, La pregunta correcta no es por qué Barantini ha venido sino qué trae con él, y la respuesta que da la película es ambigua de manera instructiva: ha venido a hacer algo diferente sin romper nada, que es exactamente lo que una franquicia consolidada le pide a su director nuevo y exactamente lo que un director como Barantini podría haber superado si hubiera forzado la máquina. La película que resulta es más competente que memorable, más disfrutable que necesaria, y está protagonizada por una actriz que ya no necesita que la película sea buena para seguir siendo lo mejor de ella.

El cambio de mando y lo que la franquicia decide preservar

Harry Bradbeer construyó el lenguaje visual de la franquicia sobre dos pilares: la ruptura directa de la cuarta pared como motor de comedia y complicidad, y una energía casi anárquica que trataba la Inglaterra victoriana como un decorado en el que Enola podía ser deliberadamente ingobernable. Barantini reduce ambas cosas. Los apartés a cámara aparecen con menos frecuencia; el tono es más ligero —paradójicamente— pese a que el argumento es más oscuro; las secuencias de acción son más convencionales aunque técnicamente más limpias. Lo que Barantini sí trae, y donde se nota su mano más claramente, es en la gestión del espacio físico: el cinematógrafo Matthew Lewis aprovecha la luz y la arquitectura de Malta con una inteligencia visual que da a esta entrega una identidad fotográfica que ninguna de las dos anteriores tenía. Valletta y Mdina no son telón de fondo; son argumento. El problema es que el estilo que hizo de Boiling Point y Adolescence experiencias tan específicas —claustrofobia, tiempo real, psicología de la presión— no aparece por ningún lado. Barantini ha llegado, ha leído el manual de estilo de la franquicia y ha entregado una versión correcta de él. Eso no es un insulto. Es simplemente menos de lo que su llegada prometía.

Malta, el vacío de Sherlock y la oportunidad de Watson

Desplazar la franquicia de las calles de Londres a una isla mediterránea que resiente la presencia colonial británica es la decisión más inteligente del guion de Jack Thorne. Enola —detective británica operando en territorio que odia a los británicos— tiene que maniobrar con el privilegio que dice aborrecer cuando las circunstancias lo exigen, y esa tensión da a la película una segunda capa temática que las entregas anteriores no tenían. Que Tewkesbury defienda a las clases populares en la Cámara de los Lores mientras la historia de fondo se construye sobre el saqueo colonial añade coherencia política a lo que podría haber sido solo un cambio de paisaje. El problema es que el tratamiento no siempre es sutil: la crítica al colonialismo llega en ocasiones con una literalidad que la escritura de las primeras películas habría procesado con más gracia. La otra gran variable de esta entrega es la ausencia efectiva de Henry Cavill: Sherlock es secuestrado en los primeros minutos y pasa el grueso de la película desaparecido, lo que priva a la historia de la dinámica fraternal que era uno de sus mejores activos. Quien recoge ese espacio es Himesh Patel, cuyo Watson consigue más en esta tercera entrega que en las dos anteriores combinadas: tiene escenas propias, una voz diferenciada y la generosidad de actuar sin competir con la protagonista. Él y la ciudad de Valletta son los dos hallazgos reales de la película.

Brown productora, Bonham Carter en modo torbellino y la boda como pregunta abierta

Millie Bobby Brown figura como productora además de protagonista, y eso se nota en cómo el guion gestiona a Enola: más madura, con una «dureza» que los críticos anglosajones llaman steeliness y que en la pantalla se traduce en una actriz que ya no necesita el carisma como muleta porque ha aprendido a construir desde la precisión. Tiene veintidós años, lleva en el personaje desde los dieciséis, y lo que hace aquí con los momentos quietos —no con los de acción, sino con los de duda— es lo más interesante de su trabajo en la saga hasta ahora. Helena Bonham Carter tiene menos tiempo en pantalla que en entregas anteriores, pero lo que hace cuando aparece confirma que sigue siendo la pólvora controlada de la franquicia: entra en cada escena como si llevara tres películas de ventaja sobre todos los demás. Sharon Duncan-Brewster como Moriarty es la apuesta más ambiciosa del villano en la saga, y el casting tiene una lógica que la franquicia ha ido construyendo pacientemente. La boda de Enola, que funciona como amenaza estructural a la identidad del personaje —¿puede seguir siendo detective y ser también esposa?— queda deliberadamente sin resolver de una manera que invita a una cuarta entrega con más urgencia de la que el propio film genera. Enola Holmes 3 no es la película que el fichaje de Barantini hacía imaginar ni la decepción que su moderación podría sugerir. Es una franquicia encontrando su tercer acto con más decencia que ambición, sostenida por una actriz que ya sabe exactamente lo que hace y por una ciudad que resulta ser el mejor personaje nuevo de la película.