Samantha Arias era la mejor amiga de Kara… y el monstruo más peligroso: Supergirl temporada 3

La película de Supergirl que Craig Gillespie ha estrenado este verano —con Milly Alcock bajo la capa y un presupuesto de 170 millones de dólares que el taquímetro mundial no ha podido superar ni de lejos— acaba de confirmar lo que los primeros fines de semana ya dejaban leer entre líneas: que el personaje, de momento, no funciona en el cine del siglo XXI. Es una noticia que para los que seguimos la serie de The CW protagonizada por Melissa Benoist tiene una dimensión irónica particular, porque lo que la ficción televisiva de los años de Berlanti demostró, con todos sus defectos y sus altibajos, es que Supergirl sí puede sostener una historia. Ya hablamos en su momento de la primera y la segunda temporada. La tercera, emitida entre octubre de 2017 y junio de 2018 en veintitrés episodios, es donde el experimento se vuelve más interesante precisamente porque es donde más cosas salen ligeramente torcidas, y entender el torce es entender qué tenía esta serie que la película con presupuesto de blockbuster no ha sabido replicar.

La villana que no sabía que era la villana

El gran hallazgo de la tercera temporada de Supergirl se llama Samantha Arias, y la interpreta Odette Annable con una precisión que debería haberle generado más conversación de la que generó. Sam es madre soltera, ejecutiva, amiga íntima de Lena Luthor, y por debajo de todo eso una Kryptoniense de diseño —una Worldkiller, en la terminología del arco— que se activa en momentos de estrés extremo y de la que Sam no tiene ningún recuerdo cuando vuelve en sí. La gracia dramática del personaje es que el espectador sabe desde mucho antes que ella misma que Sam y Reign son la misma persona, lo que convierte cada escena en la que ella interactúa con Kara, con Alex o con Lena en una situación de tensión sostenida por la ironía: la amenaza más peligrosa que ha enfrentado la heroína está sentada a su misma mesa, bebiendo el mismo café, preocupándose por su hija. Millar lo supo hacer con sus villanos cuando el género lo permitía. Supergirl lo hace aquí con el registro emocional del drama familiar: Sam no es malvada, Sam está enferma de algo que no controla, y la pregunta de si la persona puede separarse del monstruo que lleva dentro es genuinamente interesante. Reign en combate —con su traje oscuro y su fuerza que supera la de Kara en el momento en que esta llega emocionalmente mermada, tras la separación de Mon-El— tiene una presencia física que la serie raramente había alcanzado. La paliza que le propina a la heroína en el episodio nueve es uno de los momentos de mayor impacto de toda la ficción de Berlanti de ese período, no porque la violencia sea espectacular, sino porque Kara la encaja desde la vulnerabilidad.

Demasiadas piezas en un tablero que no las cabe todas

El problema estructural de la tercera temporada es el que acostumbra a acompañar a estas series cuando llevan suficiente tiempo en antena como para haber acumulado demasiados personajes a los que hay que dar algo que hacer. Mon-El regresa del futuro como miembro de la Legión de Superhéroes —lo que es una idea estupenda— pero casado con Imra Ardeen, lo que convierte un ángulo de ciencia ficción genuinamente interesante en un triángulo amoroso que la temporada no necesitaba y que distrae durante demasiados episodios del arco central. Las otras dos Worldkillers —Purity y Pestilence— se introducen en la segunda mitad de la temporada con la ambición de un rompecabezas mitológico y se despachan con una prisa que vuelve inútil haberlas planteado: aparecen, crean problemas y desaparecen antes de que el espectador pueda aprender a temerlas o a entenderlas. El resultado es que la premisa de los Worldkillers como concepto —Krypton diseñó armas biológicas con forma humana que no saben lo que son— que en manos de Sam funciona de forma impecable, se diluye en cuanto se multiplica. A esto se añade que Kara pasa demasiado tiempo esta temporada en posición defensiva: o recibiendo golpes de Reign o procesando la vuelta de Mon-El. Melissa Benoist es demasiado buena actriz para que la temporada naufrague, pero hay un desequilibrio evidente entre cuánto tiempo se invierte en el arco emocional de Sam Arias y cuánto en el de la protagonista del título.

Lo que la temporada sí sabe hacer, y el balance final

Con todo lo anterior dicho, la tercera temporada de Supergirl tiene aciertos que no son menores. La ruptura de Alex y Maggie —separadas porque tienen visiones incompatibles sobre si quieren tener hijos— está tratada con una madurez que el género de superhéroes raramente dedica a sus relaciones secundarias: no hay traición, no hay villano, hay dos personas que se quieren y no pueden construir el mismo futuro. La promoción de Katie McGrath a regular de la serie se justifica desde el primer episodio, y el arco de Lena fabricando kryptonita en secreto —que Kara descubre y le genera una rabia desproporcionada que la temporada tampoco termina de resolver— tiene la textura de las mejores tensiones de la serie: la que existe entre personas que se necesitan y que no se dicen todo. El descubrimiento de Argo City, la colonia kryptoniana que sobrevivió en una burbuja —lo que le permite a Kara reencontrarse con su madre Alura— es una apuesta de ciencia ficción que el arco no tiene tiempo suficiente para desarrollar a la altura de la idea, pero que abre territorio emocional nuevo en un momento en que la serie lo necesitaba. El resultado final es una temporada que tiene su mejor idea en el lugar correcto —la villana—, que no siempre sabe qué hacer con las demás piezas, y que resulta más satisfactoria vista en perspectiva que episodio a episodio, cuando la irregularidad del centro de la temporada se nota más. No es la mejor temporada de la serie. Pero tiene la mejor villana.