El gobierno lleva décadas convirtiéndolos en armas. Retorno a Weapon X: Ultimate X-Men vol. 2
En 2001, la Línea Ultimate de Marvel llevaba un año reescribiendo su universo para lectores que no querían cargar con cuarenta años de continuidad. El primer arco de Ultimate X-Men —The Tomorrow People, números 1 a 6— había establecido las piezas sobre el tablero: un Xavier casi mesiánico, un Magneto al que se le tomaba en serio por primera vez en una generación, un Wolverine que cargaba con más pasado oscuro del que estaba dispuesto a confesar. Mark Millar había cumplido el primer cometido: presentar a los jugadores. Lo que Retorno a Weapon X tenía que demostrar era que sabía moverlos. Los seis números siguientes —del 7 al 12, recopilados en el segundo TPB de la serie— son la respuesta a esa pregunta, y la respuesta resulta ser «sí, aunque con matices». Este arco no es una obra maestra. Es algo más interesante: es el momento en que el Universo Ultimate decide qué tipo de moral quiere practicar, y la decisión resulta ser bastante más complicada de lo que parecía.

El programa que Xavier nunca menciona
La Línea Ultimate había nacido con la premisa de que los X-Men eran la respuesta liberal a un mundo que los odiaba y los temía. El primer arco había establecido ese contrato con el lector. Lo que Retorno a Weapon X plantea desde sus primeras páginas es una pregunta incómoda: ¿y si el verdadero problema no es Magneto? El programa Weapon X —la división de S.H.I.E.L.D. que experimenta con mutantes, que implanta garras de adamantium en organismos humanos y que tiene nómina de activos con nombres en clave— es la pesadilla que el Universo Ultimate decide desplegar en el número siete, cuando todavía no ha cumplido ni un año de existencia. La elección es audaz en un sentido muy preciso: Millar no espera a que los X-Men se hayan ganado la confianza del lector para demostrar que el gobierno que supuestamente los protege lleva décadas tratándolos como munición. El Coronel Wraith —el villano del arco— ordena el asalto a la Mansión X con una eficiencia fría que resulta más perturbadora que cualquier discurso de Magneto, porque no tiene ideología detrás: tiene presupuesto. Los X-Men acaban capturados, con nanobots explosivos implantados en el cerebro, y la resolución del arco —Nick Fury ejecutando a Wraith para cerrar el programa definitivamente— tiene la textura sucia de quien limpia una mancha que prefería no ver. El Estado como villano funciona aquí porque Millar no lo moraliza en exceso: no hay un discurso sobre la opresión sistémica. Hay una operación, hay prisioneros, y hay un coste.

El demonio que teletransporta y la chica que no puede tocar
La jugada más arriesgada de Retorno a Weapon X —y, dependiendo de cómo te caiga Millar, la más brillante o la más cínica— es la de introducir a Nightcrawler y a Rogue como activos de Weapon X. Cualquiera que venga de los cómics clásicos de los X-Men o de cualquiera de sus adaptaciones sabe que Kurt Wagner es el corazón emocional del equipo: el hombre de fe que cree en la humanidad aunque la humanidad le tenga miedo. Aquí aparece disparando a matar y cumpliendo órdenes de un programa de exterminio estatal. Rogue, por su parte, infiltra el equipo como espía y utiliza su poder de absorción para robar los secretos del grupo. Millar hace lo que el Universo Ultimate había prometido desde su fundación: desmontar la hagiografía. El problema es que el desmontaje es, en ocasiones, demasiado limpio. Nightcrawler como asesino funciona dramáticamente pero deja un regusto extraño —¿cómo se concilia ese Nightcrawler con el que acabará siendo uno de los miembros más queridos del equipo?— y la pregunta tiene una respuesta demasiado expedita en las páginas finales. Lo que sí funciona sin fisuras es el giro del rescate: la Brotherhood of Evil Mutants —Quicksilver y la Bruja Escarlata a la cabeza— aparece para salvar a los X-Men, y que sean precisamente los aliados de Magneto quienes utilicen los poderes de la Bruja para desactivar los nanobots convierte el arco en algo moralmente más interesante que un simple relato de héroes contra el gobierno. En el Universo Ultimate, la línea entre quién salva y quién destruye depende del momento, no de la bandera.

Adam Kubert y la velocidad que no siempre aterriza
Si la escritura de Millar en este arco funciona mejor que en el primero —hay menos ladrillos de diálogo filosófico y más espacio para que la acción respire—, el apartado visual es donde Retorno a Weapon X muestra sus costuras con más honestidad. Adam Kubert es el titular de la serie y su estilo tiene una energía cinética que encaja con el tono de película de acción que Millar está buscando: las secuencias de combate tienen peso, los encuadres son ambiciosos, y hay páginas que funcionan exactamente como debería funcionar el cómic de superhéroes cuando quiere que sientas la velocidad de un golpe. El problema son los sustitutos. Tom Raney y Tom Derenick cubren varios números y el contraste con Kubert es lo suficientemente pronunciado como para que notes el cambio de mano incluso si no prestas atención a los créditos, lo que rompe la ilusión de continuidad que un arco de captura-y-fuga necesita para sostener la tensión. A esto se añade que el dibujo de Kubert tiene su propio punto ciego: las figuras femeninas están dibujadas con el vocabulario anatómico de los años noventa —un problema de la época más que del dibujante en concreto, pero un problema al fin— y los fondos se sacrifican con demasiada frecuencia en favor del primer plano. Lo que queda, quitadas las interferencias, es un cómic que cumple su función de manera más que satisfactoria: cuenta una historia de prisioneros y rescates con el ritmo de un thriller de verano, establece el Universo Ultimate como un lugar donde los aliados más improbables te sacan de los peores aprietos, y entrega en sus últimas páginas dos nuevos miembros para el equipo que el lector ya sabe que van a importar. Que parte del camino sea más torpe de lo que debería no es razón para ignorar que el destino es el correcto.





