La pandemia mató a su familia. Esto no es un cómic de zombis: Everything Dead & Dying
Hay una variante del género zombi que no suele frecuentar el cómic y que Everything Dead & Dying practica con una convicción que desconcierta desde las primeras páginas: el zombi no como amenaza sino como espejo. Jack Chandler es el único humano vivo que queda en su pequeña comunidad rural canadiense, y ha decidido quedarse. Su marido y su hija adoptiva son ahora parte de los muertos que deambulan por el pueblo repitiendo en bucle el último día de su vida —repartiendo el correo, escuchando la radio, sentándose a la mesa—, y Jack les prepara el desayuno, les da las buenas noches y sigue la rutina como si el apocalipsis fuera una condición del entorno y no el fin de todo lo que conocía. Cuando llega un grupo de supervivientes dispuestos a limpiar el pueblo y a acabar con los muertos, Jack se convierte en el único obstáculo que se interpone entre ellos y lo que considera su familia. La miniserie de cinco números de Tate Brombal y Jacob Phillips, publicada por Image Comics, no tarda más de un capítulo en dejar claro que no tienes entre manos un cómic de zombis. Tienes entre manos un cómic sobre el duelo, y el zombi es simplemente la mejor metáfora que alguien ha encontrado en mucho tiempo para explicar lo que hacemos cuando nos negamos a soltar a quien hemos perdido.

La trampa del género y lo que Brombal hace con ella
El territorio que ocupa Everything Dead & Dying es uno que el género ha rozado sin habitar: la historia de alguien que elige quedarse con los muertos no por cobardía ni por locura, sino por amor. Brombal construye a Jack desde la ambigüedad moral con más cuidado de lo que el argumento parecería requerir —podría haber sido un hombre roto y entrañable, y en cierto modo lo es, pero la serie se toma el trabajo de mostrar que su elección tiene un coste para los demás y que su versión de la fidelidad es también una forma de negación de la realidad que los rodea—. La llegada de los supervivientes no convierte la historia en un conflicto de buenos contra malos: los que quieren terminar con los zombis tienen sus razones, y Jack también tiene las suyas, y Brombal tiene la suficiente honestidad narrativa como para no resolver esa tensión con un gesto claro. La lectura como alegoría pandémica no requiere demasiado esfuerzo —la imagen de alguien manteniendo las rutinas domésticas con personas que ya no están realmente presentes tiene una resonancia demasiado específica para los años que acaban de pasar—, pero la miniserie funciona perfectamente sin ese contexto añadido, porque la pérdida que describe Jack no necesita de ninguna pandemia particular para ser reconocible. La has vivido de alguna manera. Todos la hemos vivido. La diferencia es que la mayoría de nosotros no tenemos a los muertos en casa preparándonos el café.

Jacob Phillips y el arte de dibujar lo que no debería ser hermoso
Phillips es hijo de Sean Phillips —el dibujante que lleva décadas construyendo con Ed Brubaker el mejor cómic negro en producción—, y aunque la influencia es visible en la economía del trazo y en esa forma de construir la atmósfera desde la oscuridad antes que desde la luz, ha desarrollado con Brombal —con quien ya trabajó en That Texas Blood— un lenguaje visual propio que aquí alcanza su mejor momento. Su estilo es deliberadamente impreciso en los bordes, con un trazo que prioriza la temperatura emocional de la escena sobre la exactitud anatómica, y esa decisión resulta perfecta para un cómic cuyo tema central es la borrosa frontera entre la presencia y la ausencia. El colorista Pip Martin maneja el contraste entre los flashbacks —cálidos, casi dorados, con la textura de los recuerdos que se quieren conservar intactos— y el presente de la historia, más frío y apagado, con una precisión que convierte ese cambio de paleta en información narrativa antes de que el guion diga nada. Hay páginas en este libro que son lo más cercano que el género ha producido últimamente a algo que podría llamarse bello, con la conciencia incómoda de que lo que estás mirando son cadáveres que dan los buenos días.

Lo que queda cuando el último zombi desaparece
Everything Dead & Dying tiene el defecto que suele acompañar a las mejores miniseries de cinco números: una densidad de intenciones que en algún punto comprime más de lo necesario el espacio disponible para que los personajes secundarios respiren. Los supervivientes que llegan al pueblo de Jack existen principalmente como catalizadores de su conflicto interno, y alguno de ellos merece más páginas de las que recibe. Pero Brombal cierra los cinco números con una coherencia emocional que no da por sentado nada, y el arco de Jack —desde la quietud extraña del primer capítulo hasta la resolución del último— es uno de los más honestos sobre la aceptación de la pérdida que el cómic de género ha producido en 2026. Que Brombal y Phillips hayan elegido una vez más el cómic de Image para decir algo sobre el dolor humano con herramientas prestadas del horror confirma que su colaboración va más allá de la deuda con un género: es una forma de mirar el mundo que necesita de la exageración del apocalipsis para llegar a algo que de otro modo sería demasiado difícil de mirar de frente.





