Tom King la encadena durante tres números y hace que valga la pena: Wonder Woman vol. 2, Sacrifice
Hay un debate estructural en el corazón de casi todo lo que Tom King escribe y que en este volumen alcanza su expresión más visible: ¿puede un arco en el que el protagonista pasa la mayor parte del tiempo siendo torturado funcionar como argumento sobre la fortaleza del protagonista? La respuesta de King es que sí, y la argumenta con convicción: los números 8, 9 y 10 de su run en Wonder Woman —el núcleo de este segundo tomo, titulado Sacrifice, que recopila los números 7 a 12 de la serie de 2023— son la demostración de que la superioridad de Diana Prince no es física sino psicológica, que el verdadero poder de Wonder Woman no se mide en combates ganados sino en la resistencia a la desolación. La respuesta de una parte considerable de la crítica es que eso es una idea interesante aplicada con una paciencia que roza la exasperación y un protagonista que, durante demasiadas páginas, hace menos que su villano. Ambas posturas tienen razón. Lo que las reconcilia —lo que hace que este volumen valga el tiempo independientemente de a qué lado de ese debate te sitúes— se llama Daniel Sampere, y es uno de los dibujantes más extraordinarios que ha tenido un cómic de superhéroes en mucho tiempo.

El número que nadie esperaba y el villano que esperaba demasiado
El volumen abre con el número 7, «Gifted», que funciona como una nota a pie de página tonal antes de que empiece la oscuridad: Wonder Woman y Superman de compras en un centro comercial intergaláctico buscando regalo de cumpleaños para Batman, con Mr. Mxyzptlk como interferencia cósmica y el tipo de humor absurdo que King maneja con una facilidad que sus detractores a veces olvidan que tiene. Es un número que existe en el mismo universo que lo que viene después sin pertenecer exactamente al mismo libro, y esa tensión —entre el King que puede escribir una escena de superhéroes en una tienda de souvenirs extraterrestres con genuina comicidad y el King que lleva a Diana a tres episodios de tormento psicológico— es en realidad la tensión más productiva del run entero. Que ambas versiones del tono sean posibles en la misma serie no es incoherencia sino ambición de registro. El problema llega con el antagonista que articula esa segunda versión: el Soberano —villano de nuevo cuño creado para el run, una figura de poder que encarna el patriarcado institucionalizado con la sutileza de un cartel— tiene la desafortunada función de narrador principal del arco «Sacrifice», y cada página en la que su voz en caja de texto ocupa el espacio que podría estar ocupando la de Diana es una página en la que la serie cede protagonismo exactamente al tipo de voz que debería estar siendo desafiada. King lo justifica con cierta elegancia técnica —las cajas de narración del Soberano desaparecen en las páginas donde Diana ejecuta el plan que él desconoce, un truco de focalización que funciona mejor en teoría que en lectura fluida— pero la sensación de que estás leyendo la historia de un hombre sobre una mujer en lugar de la historia de esa mujer persiste con obstinación.

Tres pruebas, un dibujante, y la razón por la que el arco funciona a pesar de sí mismo
Lo que el Soberano le inflige a Diana en los tres números centrales del arco tiene la lógica de una trilogía de interrogatorios psicológicos: la Laza de las Mentiras en el número 8 —que atrapa a Diana en un delirio febrile donde es una ama de casa sometida en los años cincuenta bajo la versión más misógina imaginable de Steve Trevor—, el aislamiento en el número 9 —donde Diana construye conversaciones imaginarias con Trevor para no perder la cordura en confinamiento solitario—, y el número 10, donde el Soberano la abandona en una isla desierta con Cheetah esperando que ambas se destruyan mutuamente. La resolución del tercer número —Diana le declara amor a Cheetah como táctica de desescalada y Cheetah responde con una deserción— es el momento en el que la tesis de King cristaliza con más nitidez: el arma definitiva de Wonder Woman no es la fuerza sino la compasión, y esa compasión convierte cada situación que debería aniquilarla en una oportunidad de victoria inesperada. El problema es que la resolución del conflicto con el Soberano desaparece sin explicación suficiente, dejando tramas abiertas —¿qué pasó con la amazona que desencadenó el conflicto inicial?— que el arco simplemente abandona en lugar de cerrar. Lo que salva los tres números de manera consistente, y lo que los convierte en algo que merece leerse más allá del debate sobre la escritura, es el trabajo de Sampere: su Diana es magnética incluso en la derrota, sus composiciones de página equilibran la violencia psicológica con una calidez visual que impide que el material caiga en el voyeurismo que algunos han señalado, y su capacidad para narrar emoción a través de expresión facial hace que las escenas de confinamiento —que en manos de otro artista serían estáticamente tortuosas— funcionen como drama genuino. Hay páginas en este volumen que son de las mejores que ha producido DC en años. Casi todas las dibujó él.

El problema se llama crossover y tiene dieciséis páginas de presupuesto ajeno
Los números 11 y 12 son el peaje estructural de trabajar en el universo compartido de DC en 2024: dos episodios de tie-in con el evento Absolute Power que interrumpen la narrativa del run en el momento en que el volumen debería estar consolidando lo que ha construido. El número 11 convoca a Captain Marvel, Detective Chimp, John Constantine, Madame Xanadu y el Espectro para una historia de registro ocultista que tiene su propia lógica interna pero que en el contexto de este tomo funciona como un cambio de canal sin control remoto a mano. El número 12 es la excepción parcial: Wonder Woman y Robin —Damian Wayne— infiltrando una prisión de máxima seguridad para interrogar al Capitán Bumerán tiene la energía de un número de tono menor que funciona por la química entre los dos personajes, y Tony Daniel dibuja la secuencia de interrogatorio con una inventiva en el diseño de página que resulta genuinamente disfrutable aunque el personaje de Diana siga acusando el tic de escritura más discutido del run: esa dicción entrecortada y ligeramente marciana que convierte sus frases en algo que suena más a traducción que a voz propia. Wonder Woman vol. 2, Sacrifice es un tomo que no debería evaluarse únicamente por sus momentos más flojos, porque sus momentos más altos —Sampere dibujando a Diana romper sus cadenas, Cheetah eligiendo la compasión sobre la violencia, la secuencia del confinamiento solitario como test de identidad— justifican el interés y luego algo. Pero tampoco sería honesto ignorar que la colección está partido por la mitad entre un arco que tiene algo que decir y dos números de evento que existían en otro libro y llegaron aquí por razones editoriales. El resultado es una lectura más irregular de lo que el talento implicado sugeriría. Y aun así, cuando Sampere tiene la página para sí mismo, este sigue siendo uno de los mejores cómics de superhéroes en circulación.





