Conocías a Saul Goodman. Esta serie va de alguien mucho mejor: Better Call Saul, primera temporada
Con Normal —su nueva película de acción junto a Lena Headey y Henry Winkler, dirigida por Ben Wheatley— actualmente en cartelera, conviene recordar que Bob Odenkirk lleva siendo la persona más interesante de cualquier pantalla en la que aparece desde mucho antes de que nadie le pusiera una pistola en la mano. Conviene recordarlo, específicamente, desde 2015, cuando AMC estrenó los primeros diez episodios de Better Call Saul y dejó claro que lo que tenía entre manos no era un spinoff de Breaking Bad ni una serie de humor sobre el abogado de los malos. Era un retrato trágico de un hombre que podría haber sido otra cosa y que el mundo se va a encargar, metódicamente, de convencer de que no. La primera temporada de Better Call Saul es, en ese sentido, la más engañosa de todas las que siguieron: llega con el equipaje de expectativas de una de las mejores series de la historia de la televisión, tarda varios episodios en mostrar exactamente a qué velocidad va a moverse, y al final de sus diez capítulos resulta ser algo que ningún espectador de Breaking Bad estaba esperando. Un drama de hermanos. Una historia de ambición frustrada. Una tragedia griega con traje de rayitas.

La serie que nadie esperaba dentro de la serie que todo el mundo esperaba
El primer movimiento de Better Call Saul es su más audaz: negarse a darte a Saul Goodman. Lo que obtienes en su lugar es Gene Takavic, un hombre de mediana edad con delantal que trabaja en un Cinnabon en Omaha, Nebraska, filmado en blanco y negro con la luz fría de las grandes superficies americanas. Antes de que la serie haya dicho nada, ya te ha dicho todo: este hombre ha sobrevivido a algo, lleva otra identidad como quien lleva un traje prestado, y la cámara lo observa con la misma frialdad clínica con que se observaría a alguien que sabe que está siendo vigilado aunque no vea al observador. Solo entonces la temporada salta atrás, a 2002, y aparece Jimmy McGill: abogado de oficio, trajes que no encajan bien, maletín de plástico, parking de Albuquerque. Aquí empieza la historia que interesa. Vince Gilligan y Peter Gould construyen una serie que visualmente debe más a los Coen que a Breaking Bad: planos largos, silencios habitados, una Albuquerque que no es decorado sino ecosistema. La velocidad de crucero de estos primeros episodios descoloca a quien llega esperando el pulso de la serie madre. Lo que encuentra en su lugar es algo más cercano a la novela de formación: un hombre en un cruce, intentando decidir cuál de las dos versiones de sí mismo va a ganar. El Jimmy McGill de la temporada uno es, contra todo pronóstico, alguien a quien quieres que le vayan bien las cosas. Y eso, en una serie que lleva el nombre de Saul Goodman en el título, es el gesto más perturbador que podría haber hecho.

Chuck McGill y el descubrimiento de que el villano de la temporada lleva todo el tiempo en la misma habitación
La primera temporada estructura su tension alrededor de dos ejes que parecen independientes y que el noveno episodio —«Pimento»— revela como la misma cosa. Por un lado, Jimmy McGill intentando construir una carrera legítima: el caso Kettleman, la demanda colectiva contra Sandpiper Crossing, el intento de ser el tipo que su hermano siempre quiso que fuera. Por el otro, Chuck McGill —Michael McKean, en una actuación que merece más reconocimiento del que recibió en aquel momento— enclaustrado en su casa con papel de aluminio en las ventanas, incapaz de soportar la presencia de dispositivos eléctricos, aparentemente la víctima de una sensibilidad electromagnética que Jimmy atiende con la paciencia y el cariño de alguien que ha postergado su propia vida para cuidar la de su hermano. Lo que «Pimento» revela —que es Chuck quien lleva años bloqueando el acceso de Jimmy a HHM, el bufete en el que trabaja, porque no soporta la idea de que su hermano con pasado de estafador prospere en la profesión que él considera suya— no es una traición de guion. Es la resolución lógica de todo lo que la temporada ha estado construyendo con una discreción que en el momento de la primera visión pasa desapercibida y en el de la segunda resulta casi dolorosa. Jimmy había dado el caso Sandpiper a HHM de buena fe. Había sacrificado su oportunidad para no comprometer a Kim Wexler —Rhea Seehorn, que en esta primera temporada todavía no ha recibido el espacio que merecería, pero cuya presencia ya funciona como el ancla moral de la serie— en el trabajo. Había elegido, una y otra vez, la versión de sí mismo que no era «Slippin’ Jimmy», el estafador de Cicero. Y la persona que más consistentemente le ha cerrado la puerta ha sido el único hombre cuya aprobación ha buscado toda su vida. La temporada uno de Better Call Saul es, en el fondo, la historia de por qué alguien acaba llamándose Saul Goodman. Y la respuesta que propone es tan incómoda como precisa: porque ser Jimmy McGill le ha costado demasiado.

Mike Ehrmantraut, un episodio perfecto, y lo que diez episodios sientan para todo lo que viene
Si la temporada uno tiene un episodio que funciona como argumento en sí mismo, ese episodio es «Five-O», el sexto. Jonathan Banks —que en Breaking Bad era una presencia imponente y casi icónica, pero cuya función narrativa raramente requería que mostrara otra cosa que eficiencia y frialdad— tiene aquí la escena más difícil de toda la temporada: contarle a su nuera Stacey la verdad sobre la muerte de su hijo Matt, el policía que murió por negarse a participar en la corrupción que Mike le había animado a aceptar cuando todavía era un oficial con menos escrúpulos. Lo que Banks hace con esa escena es de una precisión y una devastación que hace que el resto de la temporada parezca, por un momento, haber sido construida para llegar a ese punto. Better Call Saul transforma al sicario imperturbable de Breaking Bad en un hombre con una historia que lo justifica sin absolverlo, y lo hace en cuarenta y cinco minutos. La introducción paralela de Mike como personaje independiente —de cobrador de parking a enlace criminal de bajo perfil, todo en diez episodios— es una segunda línea narrativa que en esta temporada todavía no se ha fusionado del todo con la de Jimmy, pero que ya opera con su propia lógica y su propia tragedia. La primera temporada de Better Call Saul tiene todos los defectos propios de los comienzos: algunos episodios que priorizan el establecimiento de coordenadas sobre el avance dramático, una Kim Wexler que merece más espacio del que le concede, un tono que tarda en asentarse entre la comedia de situación y el drama genuino. Pero tiene también la claridad de quien sabe exactamente qué historia quiere contar y elige contarla a la velocidad que esa historia requiere, sin concesiones al espectador impaciente. El último plano de la temporada —Jimmy en el aparcamiento de Davis & Main, la llave de un nuevo trabajo en la mano, el anillo de «Slippin’ Jimmy» girando entre sus dedos antes de que entre al edificio— dice en silencio lo que diez episodios no habían necesitado decir en voz alta: que el hombre que vemos en blanco y negro en un Cinnabon de Omaha todavía está al otro lado de muchas decisiones, pero que la dirección ya está trazada. Ver a Bob Odenkirk en Normal persiguiendo a criminales por la nieve de Minnesota es un placer específico. Entender de dónde viene ese personaje, qué le ha costado llegar hasta aquí, es lo que hace que la película tenga un peso que ningún thriller de acción genérico puede generar por sí solo. Jimmy McGill construyó esa capacidad. Diez episodios de televisión dan fe de ello.





