Nadie se va de vacaciones con tanta munición: Nobody 2

La primera Nobody (2021) fue uno de los placeres honestos de aquella temporada: Ilya Naishuller dirigiendo con precisión de cirujano borracho, Derek Kolstad —el arquitecto de la mitología John Wick— construyendo un arquetipo que parecía nuevo aunque no lo fuera del todo, y Bob Odenkirk demostrando que cuatro años entrenando artes marciales podían convertir al abogado de los malos en un hombre de acción perfectamente creíble. El resultado fue suficientemente bueno como para justificar esta secuela, que llega con Timo Tjahjanto en la silla del director y con la familia Mansell de vacaciones forzadas en Wisconsin. La elección del director no es baladí: Tjahjanto es el indonesio que filmó The Night Comes for Us, una película cuya violencia coreografiada no pedía permiso a nadie, y que debuta aquí en el circuito anglosajón descubriendo lo que ese salto ofrece y lo que limita en proporciones similares. Kolstad sigue al mando del guion —y la fórmula que ha convertido al hombre corriente con habilidades extraordinarias en el arquetipo más rentable del cine de acción de la última década no ha terminado de dar vueltas en la cartelera de este verano, lo que es razón suficiente para revisar de dónde viene el mecanismo antes de juzgar adónde va—, y lo que construye es una película de noventa minutos que sabe exactamente lo que es y cobra por ello.

El parque acuático es el mapa de nivel más honesto que ha tenido esta franquicia

La geografía de acción de Nobody 2 es su argumento más sólido. Tjahjanto sitúa las peleas donde ningún planificador de producción con cordura recomendaría situarlas —una sala de recreativos, un tobogán acuático, una casa del terror— y lo hace con la convicción de quien sabe que el entorno tiene más inventiva que el guion cuando se le deja hacer su trabajo. La secuencia inaugural en el parque de atracciones no alcanza la temperatura del autobús nocturno de la primera entrega, pero establece el tono correcto: esto es entretenimiento desvergonzado, y Tjahjanto, aunque visiblemente contenido por los estándares de su filmografía anterior, filma la violencia con limpieza quirúrgica y un sentido del ritmo que sabe cuándo parar antes de que la secuencia se vuelva autorreferencial. El problema es que el director que firmó la coreografía más brutal del cine de acción asiático reciente no puede del todo disimular que está trabajando con material que le pide menos de lo que él puede dar. Las señales de un talento mayor que el envase están ahí en cada toma que aprovecha la arquitectura del resort como campo de operaciones, en cada corte que entiende que el humor y la brutalidad no son incompatibles. El envase, en cualquier caso, no avergüenza a nadie.

Sharon Stone sabe que la única manera de sobrevivir a una película como esta es disfrutarla

El reparto de Nobody 2 tiene el problema de todas las secuelas que amplían la escala sin ampliar necesariamente la sustancia: más caras, no siempre más personajes. Connie Nielsen vuelve como Becca Mansell y el guion no le concede mucho más de lo que le dio la primera vez, que tampoco era tanto. Christopher Lloyd y RZA regresan en sus respectivos roles y funcionan como anclaje cómico sin grandes revelaciones. La novedad que importa es Sharon Stone como Lendina, la mente criminal detrás del conflicto, y Stone hace con el papel lo único que el papel admite: llevarlo tan lejos en la dirección de la pantomima que en algún punto deja de importar si resulta amenazante, porque su presencia es demasiado entretenida como para necesitar serlo. Es exactamente el tipo de villana que solo puede funcionar en una película que no se toma del todo en serio, y Nobody 2 tiene la inteligencia de no tomarse del todo en serio. Odenkirk, por su parte, sigue siendo la razón de ser del proyecto: su Hutch Mansell es físicamente creíble sin dejar de parecer un tipo corriente al que algo salió mal en algún punto de su formación, y esa contradicción sigue siendo el centro del que depende todo lo demás. Que el guion le obligue a tomar decisiones claramente irracionales durante el primer acto para que la trama tenga combustible es el precio que el personaje paga por existir en una secuela que necesita justificarse.

Kolstad repite la fórmula y descubre que la segunda vez cuesta más

Kolstad sabe hacer una cosa mejor que casi nadie: construir el escenario en el que un hombre en apariencia ordinario se convierte en el ser más peligroso de la habitación, y hacerlo de tal manera que el espectador lo celebre sin sentirse manipulado. En Nobody 2 la fórmula funciona, pero más flojo que en la entrega anterior, porque el guion no resuelve el problema central de toda secuela de acción con pretensiones de coherencia: si el protagonista ya ha demostrado de qué es capaz, la amenaza que justifica esta nueva historia tiene que ser proporcionalmente mayor, o la tensión tiene que venir de otro lugar. Aquí no viene de ninguno de los dos con suficiente convicción. Lendina no produce el miedo necesario, la apuesta familiar no acumula la tensión suficiente, y los noventa minutos del metraje —que en otro contexto serían una virtud— funcionan aquí como una confesión: hay menos historia de la que hay película. Lo que queda cuando eso ocurre es lo que hay, que tampoco es tan poco: un director con un talento que desborda el material, un protagonista que ha ganado el derecho a que nadie le pregunte si se lo cree, y suficiente acción inventiva como para que la hora y media no levante ninguna protesta. Nobody 2 no es la secuela que la primera entrega merecía. Es la secuela que consiguió, que en el mercado del entretenimiento de 2025 es un resultado más que aceptable y, para los que lleguen a ella preguntándose de qué va exactamente la obsesión de Kolstad con este tipo de hombre, una puerta de entrada que no está nada mal.