Esporas de traición, asfalto y ecoterrorismo: ‘Poison Ivy: The Virtuous Cycle’

La metamorfosis editorial que ha vivido la Dra. Pamela Isley en el último lustro encuentra su momento cumbre en Poison Ivy: The Virtuous Cycle, el arco inicial que recopila los primeros seis números de su serie en solitario lanzada en 2022. Lo que originalmente nació como una miniserie limitada se convirtió instantáneamente en una cabecera regular gracias al arrollador éxito de crítica y ventas, consolidándose como una de las aproximaciones más líricas, descarnadas y psicológicamente complejas que la factoría de Burbank ha parido en la presente década. La guionista G. Willow Wilson, en un estado de gracia absoluto, rescata a la histórica villana de Batman del limbo moral y la despoja de sus poderes divinos para lanzarla a una road movie existencialista por el corazón profundo de los Estados Unidos. El resultado es un perturbador ensayo sobre el duelo ecológico, el trauma del abuso y los difusos límites entre la justicia global y el genocidio.

Una elegía fúngica en el retrovisor americano

El gran acierto conceptual de Wilson radica en situar la historia inmediatamente después de que Pamela haya perdido gran parte de su conexión con El Verde, dejándola en un estado físico demacrado y con una urgencia terminal. Conduciendo a través de los áridos paisajes de Wyoming y alojándose en moteles de mala muerte, Ivy inicia una purga silenciosa esparciendo esporas de Ophiocordyceps lamia —una variante ficticia y letal del hongo parásito real— destinada a extinguir gradualmente a la humanidad para dar un respiro al planeta.

Estructuralmente, el volumen funciona de manera modélica gracias a la voz en off de la protagonista, articulada a través de las páginas de su diario íntimo. Esta perspectiva epistolar humaniza el ecoterrorismo de Isley sin justificar su crueldad caprichosa, contraponiendo su fría misión asesina con pequeñas viñetas de su cotidianidad: desde la empatía imprevista hacia una bondadosa gerente de motel hasta su paso por un almacén de empaquetado masivo que evoca la explotación de Amazon. Allí, Wilson aprovecha para desplegar una ácida sátira social al enfrentar a Pamela con un supervisor abusivo y grotesco, demostrando que su brújula moral no flaquea a la hora de guillotinar con maleza a aquellos que desprecian la dignidad humana.

Psicodelia corporal, alucinaciones y el peso de Batman

En el plano gráfico, la sinergia entre el dibujante brasileño Marcio Takara y el colorista Arif Prianto eleva el tebeo a la categoría de obra de culto visual. Takara maneja con maestría la deconstrucción física de la protagonista; su trazo pasa con naturalidad de la expresividad íntima y melancólica en los rostros cansados a un horror corporal verdaderamente sobrecogedor. Cuando Ivy libera sus toxinas, su cuerpo fluye como un demonio lovecraftiano de espinas, pústulas y cabellera escarlata. Prianto apuntala esta atmósfera mutando los tonos pálidos y enfermizos de la piel de Pamela durante el día hacia una paleta de violetas, azules profundos y fogonazos psicodélicos que ilustran el desmoronamiento de su cordura a medida que las esporas también devoran su propio organismo.

Este colapso mental eclosiona de forma magistral en el tramo final del tomo (números 5 y 6), donde una Ivy febril comienza a experimentar severas alucinaciones. Es aquí donde Wilson introduce un recurso brillante: un Batman imaginario que actúa como el Pepito Grillo de su subconsciente. La elección del Caballero Oscuro en lugar de Harley Quinn —quien planea constantemente sobre la serie como el gran amor trágico y motor romántico de Pamela— es impecable, ofreciendo un contrapunto de respeto mutuo y cinismo soberbio. Este clímax psicológico sirve de antesala para la llegada del verdadero antagonista de la función: Jason Woodrue, el Hombre Florónico. Takara rediseña al villano despojándolo de cualquier ridiculez pretérita para transformarlo en una masa vegetal imponente, siniestra y viciosa, convirtiendo el combate final en una catarsis donde Ivy debe extirpar, a golpe de raíz y sangre, el trauma del abuso y la manipulación que Woodrue ejerció sobre ella en el pasado.

Veredicto: El florecimiento definitivo de un icono tridimensional

Si bien el volumen roza la perfección, se le pueden achacar ciertas inercias propias del formato de consumo moderno. En sus primeros compases, el guion abusa de una sutil vaguedad al omitir resúmenes visuales explícitos de los eventos que llevaron a Pamela a esta situación, confiando demasiado en que el lector venga con las lecciones aprendidas de las cabeceras principales de Gotham. Asimismo, la resolución de algunos encuentros con personajes secundarios peca de ser un tanto predecible en sus paralelismos terapéuticos.

A pesar de estos detalles, complementados por el soberbio trabajo tipográfico de Hassan Otsmane-Elhaou —que alterna mayúsculas y minúsculas con una plasticidad orgánica deliciosa para el diario—, Poison Ivy: The Virtuous Cycle se corona como un triunfo absoluto. Wilson y su equipo firman una obra madura, bellísima y dolorosa que desborda los márgenes del cómic de superhéroes convencional. Una deconstrucción definitiva que demuestra que debajo de la asesina implacable late un corazón herido que, por encima de todo, solo anhela ver brotar la vida.