Once años, un sueño de supervillano y demasiados minions en el camino: Los Minions: El origen de Gru

La primera película en solitario de los minions —la de 2015— tuvo el problema de quien se queda sin el complemento que lo hacía funcionar: sin Gru al lado, los pequeños amarillos revelaron que sus rutinas de caos físico aguantan cinco minutos seguidos, no noventa. Kyle Balda, que dirigió aquella y repite aquí, ha aprendido la lección más importante de ese fracaso: Los Minions: El origen de Gru no es, en realidad, una película de minions. Es una película de Gru con once años y tres cuartos, ambientada en 1976, en la que los amarillos ocupan un segundo plano que el guion les tiene reservado con más inteligencia de la que la franquicia suele demostrar. El resultado, en sus 87 minutos exactos de metraje, es la mejor entrega de Illumination desde la primera Gru: Mi villano favorito y también, hay que decirlo, la película que los minions casi se cargan por segunda vez.

Groovy, baby: los setenta como escenario de culto

La decisión de ambientar el origen de Gru en los años setenta es la más acertada de toda la película, y no solo porque la estética funcione bien en animación —que funciona, con una paleta de naranjas, mostazas y marrones que en la secuencia de apertura evoca el cine de espías y de artes marciales de la época con una inventiva visual que el resto del metraje no siempre mantiene—. Lo que hace útil el escenario es que permite que los villanos sean ridículos de una manera que se siente coherente con el mundo que habitan: los Seis Viciosos, el grupo de supervillanos que el pequeño Gru quiere que lo acepte como miembro, son exactamente el tipo de galería de personajes que ese universo necesitaba. Belle Bottom, su líder de estética disco al mando de Taraji P. Henson; Nun-chuck, la monja de las artes marciales de Lucy Lawless; Svengeance, el patinador de Dolph Lundgren; Jean-Clawed, la langosta mecánica de Jean-Claude Van Damme; Stronghold, la mano gigante de Danny Trejo. La película los trata como debería tratar a todos sus villanos: con la seriedad justa para que la amenaza funcione y el absurdo suficiente para que el universo no pierda su registro de comedia. La banda sonora, con versiones de clásicos de los setenta producidas por Jack Antonoff y con Diana Ross y Tame Impala compartiendo el tema principal, hace el resto. La secuencia de apertura es la mejor que Illumination ha puesto en pantalla en años, y el hecho de que el resto de la película no la iguale dice más sobre el resto de la película que sobre la secuencia.

El aprendiz y el veterano

Lo que El origen de Gru hace mejor es lo que más se agradece de un título de esta franquicia: centrar la historia en un personaje que tiene algo en lo que crecer. El Gru de once años y tres cuartos que Steve Carell vocaliza con el mismo acento inexplicable de siempre —solo que en una voz dos octavas más aguda— es un niño que quiere ser el malo más temido del mundo y que todavía no tiene los recursos, la altura ni la confianza para serlo. Hay algo genuinamente funcional en esa asimetría entre la ambición desmesurada y los medios ridículos: el laboratorio secreto que ha construido en el sótano de su casa materna es, en miniatura, el mismo que tendrá décadas después, y ese detalle de producción dice más sobre el personaje de lo que cualquier escena de exposición podría decir. Enfrente tiene a Wild Knuckles, el ex-líder de los Seis Viciosos traicionado por Belle Bottom y convertido involuntariamente en mentor de Gru en San Francisco: un veterano amargado que en manos de Alan Arkin —en lo que fue su último papel en el cine antes de su muerte en 2023— tiene más dignidad y más humor de lo que el guion merece. El vínculo entre los dos funciona porque ninguno de los dos es lo que pretende ser, y la película tiene la elegancia de no explicar eso con diálogos sino de dejarlo en los gestos. El arco de aprendizaje de kung fu con la maestra Chow de Michelle Yeoh añade la tercera pata de esa relación de tutelaje informal, y tiene en su slapstick físico algunos de los momentos visuales más inventivos del metraje. Es aquí donde El origen de Gru justifica su existencia como película y no como producto de continuidad.

El problema de los amarillos

El problema de los minions en esta película es el mismo que en las anteriores: no es que estén, es que el guion sigue creyendo que necesitan más tiempo del que necesitan. La estimación más generosa del metraje dedicado a sus subtramas —básicamente, tres de ellos en San Francisco intentando recuperar la Piedra del Zodíaco que Otto, el cuarto, cambió por una piedra corriente que encontró en la acera— sería de unos veinticinco o treinta minutos de las ocho restantes, y esos minutos tienen la relación con el resto de la historia que tiene el relleno con la trama: están para que la película llegue a la hora y media sin que la historia principal tenga que desarrollar nada más. Las rutinas de slapstick son competentes —Illumination lleva años perfeccionando el sincronismo del golpe físico y no ha perdido el pulso—, pero están desconectadas de lo que le importa al espectador, y cada vez que la película corta de Gru y Wild Knuckles a los tres amarillos aprendiendo acupuntura se nota el ritmo romperse con la brusquedad del que interrumpe una conversación para contar un chiste que no viene al caso. El clímax en Chinatown, con los Seis Viciosos transformándose en bestias del zodíaco chino por el poder de la Piedra, tiene la energía visual correcta pero el tono equivocado: después de una hora de parodia de cine de espías setentero, el desenlace aterriza en la fantasía infantil más convencional cuando la película habría ganado más con la coherencia que con el espectáculo. Es, como alguien dijo con una frase que resume bien la experiencia, una película que no es lo suficientemente inteligente para ser tan estúpida como quiere ser. Eso no la invalida; la sitúa exactamente donde está: por encima de la media de la saga en su conjunto y por debajo del techo que ella misma establece en sus veinte primeros minutos.