Una imitación barata y sin magia: ‘Spellbound’ naufraga en el catálogo de Netflix
El idilio del cine de animación con los cuentos de hadas musicales funcionó durante décadas como el bálsamo perfecto para alimentar la imaginación infantil y reventar las taquillas globales. Al empequeñecer la escala de los relatos tradicionales y abrazar partituras memorables, los grandes estudios encontraron la cuadratura del círculo. Sin embargo, el salto a las plataformas de streaming suele exigir un peaje dorado: una identidad visual deslumbrante y una frescura narrativa que justifiquen el visionado. Tristemente, Spellbound —el segundo largometraje de Skydance Animation tras la mediocre Luck— naufraga en Netflix en su intento de camuflar lo que, a todas luces, no es más que una amalgama de fórmulas desgastadas y refritos de la factoría Disney, conformándose con ser un pasatiempo liviano que se niega por completo a avanzar hacia terrenos inexplorados y que se siente viejo frente al reciente y deslumbrante estreno en la plataforma de Swapped (Intercambiados).

Una crisis matrimonial oculta tras un desierto digital sin alma
La trama nos encierra en el reino de Lumbria para presentarnos a la princesa Ellian (con la voz de una entregada Rachel Zegler), una adolescente que debe asumir el control del gobierno mientras oculta un terrible secreto: sus padres, el rey Solon (Javier Bardem) y la reina Ellsmere (Nicole Kidman), han sido transformados por un misterioso hechizo en dos caóticos y feroces monstruos mudos. Dirigida por Vicky Jenson (Shrek) y amparada por el polémico exjefe de Pixar John Lasseter, la película intenta utilizar este conflicto como una metáfora literal sobre el divorcio y el impacto del desacuerdo doméstico en los hijos. Cada vez que los reyes discuten, una tormenta digital bautizada como la «oscuridad» amenaza con devorarlo todo, forzando a la protagonista a emprender una odisea a contrarreloj hacia la «Montaña del Fin» y el «Lago de la Luz» para revertir la maldición antes de que el reino se fracture de forma definitiva.

El «contenido» televisivo frente a la vieja escuela de Alan Menken
Donde la producción muestra sus costuras de forma más evidente es en un apartado técnico plano que delata los caóticos cambios de rumbo del proyecto, el cual pasó por las manos de Paramount y Apple antes de caer en el catálogo de Netflix. La animación luce barata, rígida y peligrosamente cercana a la estética de una serie infantil de bajo presupuesto, quedando a años luz de los estándares de Disney o DreamWorks a los que pretende imitar. Ni siquiera la inclusión de canciones originales firmadas por el legendario Alan Menken (Aladdin, La Sirenita) logra salvar la función; las piezas musicales resultan genéricas, poco inspiradas y carentes de ganchos melódicos, obligando a veteranos de Broadway como Nathan Lane y Tituss Burgess a sobreactuar en sus roles de oráculos para insuflar algo de energía a un metraje que abusa de los diálogos expositivos y de chistes simplones que no logran conectar con el público adulto.

Una fábula derivativa y desprovista de verdadero encanto
Spellbound es una película que funcionará como una distracción colorida para los espectadores más pequeños, pero que carece por completo de la valentía, la épica y el calado mitológico que exige el gran cine de animación. Al prescindir de un antagonista real o de un villano con carisma, el libreto diluye los riesgos de la aventura, sacrificando la progresión dramática en favor de un mensaje moralista que se machaca de forma torpe e insistente como un niño con un juguete roto. A pesar de contar con un reparto estelar secundario donde John Lithgow araña alguna carcajada transformándose en un roedor morado, el universo visual se saborea como un pastiche plano generado por algoritmos de Frozen o Brave. Una propuesta bienintencionada en sus temas éticos sobre la salud mental familiar, sí, pero perfectamente intrascendente y condenada a quedar sepultada para siempre en el fondo del catálogo.





