Los 7 mejores trabajos de John Malkovich: 50 años siendo la persona más interesante de cualquier habitación
En septiembre de 2026, en la 83.ª edición del Festival de Venecia, John Malkovich recibió la Copa Volpi al Mejor Actor por Wild Horse Nine, el nuevo film de Martin McDonagh en el que interpreta a Chris, un veterano agente de la CIA con un cáncer terminal que viaja a la Isla de Pascua poco antes del golpe de Pinochet con su protégé Lee —Sam Rockwell— y con el peso de toda una vida de decisiones cuestionables. La ovación de trece minutos que siguió a la proyección no fue cortesía ni protocolo: fue el reconocimiento de un público que vio a un actor de setenta y dos años en el momento de mayor densidad de su carrera, haciendo lo que siempre ha sabido hacer mejor que casi cualquier otro —habitar la ambigüedad moral de un personaje sin decidir por el espectador si merece compasión— pero con una descarada claridad nueva, la de alguien que ya no necesita demostrar nada y por eso puede gastarlo todo. Wild Horse Nine, que se estrena el 6 de noviembre con el Oscar en el horizonte, podría ser el film que convierta la Copa Volpi en la primera estatuilla de la Academia para un actor que lleva cuatro décadas siendo nominado, ignorado, copiado e irremplazable en proporciones variables.
Que ese momento llegue ahora, cuando hace solo días se pudo ver en Sacrifice —el film de Romain Gavras en Netflix, donde interpretaba con precisión quirúrgica al padre de la ecoterrorista de Anya Taylor-Joy en menos de quince minutos de pantalla— es la ilustración más clara de por qué Malkovich es un caso sin parangón en el cine contemporáneo: da igual el tamaño del papel, da igual el presupuesto, da igual si la película que lo rodea funciona o no. Lo que importa es que cuando aparece, el campo gravitacional del film se reorganiza a su alrededor. Esta lista es un mapa de las siete ocasiones en que ese campo gravitacional produjo algo que permanece.

7. En un lugar del corazón (Robert Benton, 1984): el primer Oscar que no llegó y la primera prueba de que había llegado alguien distinto
El debut de John Malkovich en el cine de largo alcance fue también su primera nominación al Oscar, y pocas veces en la historia de la Academia ese orden ha sido tan literalmente correcto. En Lugares del corazón interpretó a Mr. Will, un hombre ciego al que la viuda de un sheriff de Texas —Sally Field, que ganó ese año— acoge en su casa durante la Gran Depresión. Es un personaje que en manos convencionales habría sido un apoyo emocional de la protagonista, un secundario de luxe: en las de Malkovich fue el primer anuncio público de lo que estaba por llegar. La forma en que construye la dignidad de Mr. Will —sin sentimentalizar la ceguera, sin hacer del personaje una metáfora de nada, sin convertirlo en el sabio que el relato necesita— es la señal de un actor que desde el primer trabajo entendió que la función del secundario no es apoyar al protagonista sino existir de manera completa en el mismo espacio. No ganó. Sally Field ganó, y con razón. Pero Malkovich salió de esa película siendo otra cosa de lo que era cuando entró, y el cine también.

6. True West (Gary Sinise, Steppenwolf Theatre, 1982): el teatro donde Malkovich construyó el lenguaje que el cine tardó años en entender
Antes de que el cine supiera qué hacer con John Malkovich, la Steppenwolf Theatre Company de Chicago lo sabía. True West, la obra de Sam Shepard que Gary Sinise codirigió e interpretó junto a Malkovich en 1982 —y que se repondría durante dos años, con 762 funciones, con los dos actores rotando entre los dos papeles de la obra: los hermanos Austin y Lee, el intelectual y el delincuente— es el trabajo que estableció la gramática actoral de Malkovich antes de que Hollywood la tradujera a sus propios términos. La Steppenwolf era en ese momento el teatro de repertorio americano más interesante del país, una compañía que hacía el trabajo físico y emocional del teatro de manera que las escuelas de Nueva York no reconocían como legítimo, y True West fue su obra más vista y más discutida porque ponía en el centro la tensión entre dos tipos de masculinidad americana que Shepard entendía mejor que nadie. Malkovich tenía veintinueve años cuando empezó. Cuando terminó, tenía el método que usaría el resto de su carrera.

5. Con Air (Simon West, 1997): Cyrus el Virus y la demostración de que el mejor villain de una película de acción no necesita ser el más grande de la habitación
Hay películas en las que el star del cartel —Nicolas Cage, en este caso— hace exactamente lo que se le pide, y hay películas en las que alguien en un papel secundario se lleva el film entero debajo del brazo y se marcha caminando tranquilamente hacia la salida. Con Air es de las segundas, y Malkovich como Cyrus «el Virus» Grissom —el cerebro de la fuga del avión de presos, el más peligroso porque piensa antes de moverse— es la razón por la que la película existe en la memoria colectiva del cine de los noventa con más dignidad de la que un blockbuster de acción sobre un avión lleno de reclusos merece objetivamente. Cyrus no grita, no intimida con el volumen, no ocupa el espacio con el cuerpo: lo ocupa con la inmovilidad. Malkovich entendió que el personaje más amenazante de una película donde todo el mundo actúa amenazante es el que parece que no tiene ninguna prisa, y construyó una presencia que convirtió un film de entertainement puro en algo que todavía se recuerda. Hay cosas que solo los actores de verdad saben hacer con el material que no lo merece.

4. El Imperio del Sol (Steven Spielberg, 1987): Basie, el mercenario con sombrero de paja y la primera vez que Malkovich ocupó el espacio de una historia sin necesitar ser su protagonista
La novela de J.G. Ballard sobre la infancia en un campo de internamiento japonés durante la Segunda Guerra Mundial es, entre muchas otras cosas, la historia de Jim Graham aprendiendo qué tipo de adulto sobrevive en qué tipo de mundo, y el adulto que le enseña esa lección es Basie, el aventurero americano que interpreta Malkovich con la ambigüedad exacta que el personaje requiere: simpático y amoral, generoso con los gestos y calculador con la lealtad, el tipo de persona que en cualquier otro contexto sería insoportable y que en el contexto del campo de internamiento se convierte en el modelo de adaptación más funcional disponible. Lo que Spielberg necesitaba de Malkovich en ese film era que Basie no fuera ni héroe ni villano, que existiera en el espacio donde el bien y el mal dejan de ser categorías operativas, y lo que Malkovich entregó fue exactamente eso: un personaje que el espectador no sabe cómo evaluar y que por eso no puede olvidar. Es el tipo de trabajo que no gana premios porque los premios necesitan que los personajes sean legibles.

3. Muerte de un viajante (Volker Schlöndorff, 1985): el Emmy, el Biff de Malkovich frente al Willy de Dustin Hoffman y el trabajo televisivo que demostró que Arthur Miller tenía razón
La adaptación televisiva de Muerte de un viajante que CBS produjo en 1985 con Dustin Hoffman como Willy Loman es una de las producciones televisivas más vistas de la historia de la cadena y tiene la reputación —merecida— de ser el Hoffman más completo de la televisión americana. Lo que se suele olvidar es que Malkovich interpretó a Biff Loman, el hijo mayor, con una entrega que la Academia de la Televisión reconoció con el Emmy y que la propia Arthur Miller —que vivió para verla— consideró la lectura más precisa del personaje desde el estreno original en Broadway. Biff es el personaje que más duele en la obra porque es el único que ve a su padre con claridad y no puede hacer nada con esa claridad: la escena entre Hoffman y Malkovich en el despacho de Willy, cuando el hijo intenta que el padre reconozca que todo ha sido una mentira, tiene la calidad de algo que el teatro del siglo XX había estado construyendo sin saber que necesitaba ese encuentro específico para decirlo todo. Es la mejor actuación televisiva de Malkovich y uno de los mejores trabajos de cualquier actor en la televisión americana de los ochenta.

2. Las amistades peligrosas (Stephen Frears, 1988): Valmont y la interpretación más completa que Malkovich ha dado en el cine, la que más tardó en recibir el reconocimiento que merecía
Que Las amistades peligrosas de Stephen Frears no le valiera a Malkovich una nominación al Oscar es uno de los errores más documentados de una Academia que ese año estaba mirando para otro lado. Glenn Close fue nominada. Michelle Pfeiffer fue nominada. John Malkovich —que interpretó al Vizconde de Valmont con una sofisticación que excedía lo que el género de la película del período se permitía normalmente— no. El Valmont de Malkovich es seductor sin ser encantador, inteligente sin ser simpático, destructivo con la precisión del cirujano que trabaja sin anestesia: un hombre que ha construido su vida entera sobre la manipulación y que, en el momento en que algo genuino le ocurre, no tiene los instrumentos para gestionarlo porque nunca los necesitó. La película de Frears, con uno de los mejores repartos de los ochenta, existe en el nivel más alto que el cine de época en inglés había alcanzado en esa década, y Malkovich es su pieza más compleja: más difícil que Close, más sutil que Pfeiffer, más arriesgado que cualquiera de los dos. No ganó el Oscar. La Copa Volpi llegó treinta y ocho años después. La diferencia entre los dos reconocimientos dice algo sobre las instituciones, no sobre el actor.

1. Cómo ser John Malkovich (Spike Jonze, 1999): el film que literalmente se construyó alrededor de ser él, la obra que solo podría existir si la persona que la habita tiene exactamente su clase de extrañeza irrepetible
El guion de Charlie Kaufman requería un actor dispuesto a interpretar una versión ficticia de sí mismo como objeto de deseo, como entidad filosófica, como habitáculo humano por el que desfilan las conciencias de otros, como el hombre que descubre que hay un portal que lleva a su propia cabeza y que ese portal ha estado siendo usado por desconocidos durante meses. El guion requería, en otras palabras, a alguien que tuviera la seguridad de sí mismo para convertirse en material de la historia de otra persona sin desaparecer en ella, y que tuviera además la disposición al ridículo sin perder la dignidad que ese tipo de trabajo exige. El estudio quería que Malkovich fuera interpretado por alguien más famoso. Kaufman insistió en que tenía que ser él. Y tenía razón: no porque Malkovich fuera el más famoso o el más taquillero, sino porque su cualidad específica —la de un actor que siempre parece estar al mismo tiempo dentro y fuera del personaje que habita, consciente del artificio y entregado a él— es exactamente la que Cómo ser John Malkovich necesitaba para que la premisa no fuera un chiste sino una pregunta. Nadie más podría haber jugado a ser John Malkovich porque nadie más tiene el tipo de presencia que convierte «ser John Malkovich» en algo que vale la pena preguntarse qué significa.





