‘Querer’: la serie española más premiada sobre lo que no se veía porque todos habían aprendido a no verlo

Hay una decisión que Alauda Ruiz de Azúa tomó antes de rodar Querer y que define todo lo que viene después: no habrá música. Cuatro episodios de cincuenta minutos —titulados «Querer», «Mentir», «Juzgar» y «Perder», en ese orden que es ya un argumento antes de que empiece la imagen— sin banda sonora que suavice, que guíe la emoción, que amortigüe lo que el guion ha decidido decir sin amortiguación. La directora de Cinco lobitos —el largometraje que le valió el Goya y que exploraba la maternidad con una precisión similar a la que aquí aplica al matrimonio— confía en que el silencio haga el trabajo que el melodrama habitualmente externaliza: que la incomodidad crezca sola, que el espectador no tenga dónde apoyarse más que en los personajes y en lo que los personajes dicen o callan. Es, en términos formales, la apuesta más radical que la ficción española ha hecho en 2024, y es también la que con mayor exactitud refleja el tema que la serie ha venido a tratar: que treinta años de violencia dentro de un matrimonio pueden no haber producido ningún ruido audible desde fuera.

Miren Torres denuncia a su marido, Íñigo Gorosmendi, por agresión sexual continuada después de treinta años de matrimonio. La denuncia fractura a la familia de una manera que Ruiz de Azúa y sus co-guionistas Júlia de Paz y Eduard Sola no simplifican: los dos hijos adultos, Aitor y Jon, se encuentran en el centro de una guerra en la que cada versión de los hechos anula a la otra y en la que creer implica juzgar. La serie no tiene flashbacks —tampoco tiene estampas del matrimonio feliz que sirvan de contraste con el presente, tampoco tiene imágenes que confirmen lo que Miren dice haber vivido— y esa elección formal no es solo una decisión estética sino el núcleo del argumento: la violencia sexual dentro del matrimonio no deja imagen, deja silencio, y reconstruirla significa escuchar a quien la vivió en ausencia de la prueba que el espectador habría necesitado para creer sin esfuerzo. Querer le pide ese esfuerzo y no le da alternativa. Es la serie del año en España y ha arrasado en los Premios Forqué, los Feroz, los Ondas, Series Mania y los Iris porque hace exactamente lo que las series que importan hacen: dejar al espectador en un lugar diferente del que estaba cuando empezó.

Sin música, sin flashbacks y con cuatro títulos que son el arco completo de la historia: cómo la puesta en escena de Ruiz de Azúa convierte la sobriedad en el instrumento más preciso del relato

Los cuatro títulos de los episodios funcionan como la estructura moral de la serie antes de que ésta la desarrolle: «Querer» es la pregunta sobre si lo que hubo fue amor o fue otra cosa; «Mentir» es la acusación que el entorno hace a Miren al no creerla; «Juzgar» es el episodio del juicio, el más tenso de los cuatro, el que la crítica ha señalado unánimemente como el mejor de la ficción española de 2024; «Perder» es lo que queda cuando la justicia ha dicho lo que tenía que decir y la familia se queda con las consecuencias. Esa estructura es deliberada y funciona: la serie sabe que tiene cincuenta minutos por episodio y no los desperdicia en establecer un presente idílico que después se rompa. El presente ya está roto cuando empieza el primer fotograma, y lo que el espectador ve no es cómo se rompe sino cómo cada personaje decide qué hacer con los pedazos.

La fotografía de Sergi Gallardo construye un espacio que corresponde al estado emocional de la familia: interiores claustrofóbicos, una paleta fría que no aspira a la belleza sino a la precisión, encuadres que colocan a los personajes en el mismo plano sin dar a ninguno la ventaja compositiva que los dramas familiares suelen asignar a sus protagonistas. Ruiz de Azúa dirige con la convicción del cineasta que sabe que la escena más violenta de la serie es una cena familiar, no una confrontación directa: que el horror de treinta años de violencia normalizada se lee mejor en cómo Íñigo sirve el vino o en cómo Miren responde a una pregunta inocente que en cualquier imagen que representara lo que el guion ha decidido no representar. Esa elección —mostrar los márgenes de la violencia en lugar de la violencia— es la que hace que Querer permanezca después de que los cuatro episodios hayan terminado. Lo que no se ve es lo que no se puede olvidar.

Nagore Aranburu construye treinta años de miedo acumulado sin pronunciar la palabra miedo y Pedro Casablanc consigue que el tercer episodio sea la secuencia más perturbadora de la ficción española de 2024

La interpretación de Nagore Aranburu como Miren es el trabajo actoral del año en la televisión española y la razón por la que los tres premios principales de la temporada —Forqué, Feroz, Ondas— fueron a parar al mismo nombre. Aranburu construye a una mujer que lleva tres décadas aprendiendo a ocupar el espacio mínimo, a medir cada gesto, a anticipar las consecuencias de cada movimiento, y que en el momento en que decide denunciar no ha dejado de hacer ese cálculo sino que ha cambiado lo que calcula. No hay en su Miren el momento catártico en el que el personaje se libera porque la serie entiende que la liberación de alguien en esta situación no es un instante sino un proceso, y Aranburu lo encarna con la precisión del actor que sabe que subrayar un cambio es destruirlo. La fragilidad y la determinación de Miren coexisten en cada escena sin que ninguna anule a la otra, y esa tensión —que es la tensión de una persona que ha tomado la decisión más difícil de su vida y que cada mañana tiene que volver a tomarla— es el centro emocional de la serie.

Pedro Casablanc como Íñigo es el otro pilar de la serie y la interpretación más difícil de las dos: su personaje no puede ser un monstruo reconocible porque el argumento de Querer depende de que no lo sea. Casablanc construye a un hombre que cree genuinamente que no ha hecho nada malo, que tiene la convicción del que ha vivido dentro de una lógica donde lo que hizo se llamaba matrimonio, y que en el tercer episodio —el juicio, el momento en que la serie se juega todo— consigue que el espectador entienda, con una incomodidad física, cómo ese tipo de convicción puede resultar creíble para quien lo escucha por primera vez. No es que Casablanc haga simpático a Íñigo: es que lo hace coherente, y esa coherencia es más perturbadora que cualquier villanía convencional. La escena del juicio dura lo que tiene que durar y no da al espectador la satisfacción de una verdad indiscutible: da la realidad de un proceso judicial en el que la verdad se construye a través de testimonios contradictorios y en el que el sistema que tiene que juzgar lo hace con los instrumentos que tiene, que son imperfectos.

Miguel Bernardeau como Aitor —el hijo cuyo arco es el más elaborado de los dos— y Loreto Mauleón como la abogada de Miren completan un reparto que trabaja al unísono con la contención que la dirección exige. Iván Pellicer como Jon tiene menos espacio del que el guion hubiera necesitado para desarrollar su posición con la misma profundidad que la de su hermano, y es la única restricción de un formato de cuatro episodios que en su conjunto prefiere dejar con ganas de más antes que extenderse hasta que la tensión se disuelva.

El consentimiento dentro del matrimonio, la fractura de los hijos y lo que Querer consigue que pocas series consiguen: que el espectador construya el argumento antes de que la sentencia llegue

La decisión de colocar a dos hijos varones en el centro de la fractura familiar —en lugar de una hija, que habría producido una dinámica diferente y posiblemente más evidente— es una de las más inteligentes del guion. Aitor y Jon no son el espejo de Miren sino el espejo de lo que su generación aprendió sobre el matrimonio y sobre los roles dentro de él: lo que para Íñigo era una normalidad heredada, para sus hijos es una institución que creían entender y que la denuncia de su madre les obliga a releer desde el principio. La serie trabaja con esa relectura sin simplificarla: ninguno de los dos hijos llega a la conclusión correcta de manera automática, y el camino de Aitor hacia la comprensión de lo que le hicieron a su madre tiene el ritmo del personaje que tarda en entender no porque sea menos inteligente sino porque entender significa revisar todo lo que creyó sobre su familia.

El tratamiento del consentimiento —la diferencia entre ceder y consentir, entre aguantar y aceptar, entre la normalización de treinta años y el acto voluntario que la ley requiere para que un acto sea legal— está integrado en el relato de una manera que Querer maneja con la sutileza de quien sabe que una serie que alecciona pierde al espectador y una serie que muestra lo gana. La única concesión al aleccionamiento que la crítica ha señalado es el personaje de la abogada de Miren, cuyas intervenciones rozan en algún momento el comentario explícito que el resto de la serie ha tenido el cuidado de no hacer. Es un defecto menor en una serie que ha tomado decisiones formales y narrativas de una solidez poco común en la ficción española reciente, y que las ha tomado con la coherencia del proyecto que sabe exactamente lo que quiere decir y ha encontrado la forma de decirlo sin decirlo todo.