Williamson y el Godspeed que nadie vio llegar: ‘The Flash: Lightning Strikes Twice’
DC Universe: Rebirth fue, en junio de 2016, la declaración de principios más honesta que la editorial había hecho en años: el New 52 había cometido el error de confundir oscuridad con madurez, y el proyecto de rehabilitación consistía en devolver a los personajes lo que les habían quitado en 2011 — la historia, la alegría, el peso de las décadas. El encargado de abrir la nueva etapa de The Flash fue Joshua Williamson, un escritor al que la editorial eligió con criterio: alguien lo suficientemente familiarizado con el personaje para respetarlo y lo suficientemente distante del canon reciente como para no cargar con sus problemas. Lightning Strikes Twice — que recoge el especial The Flash: Rebirth de 2016 y los números uno al ocho de la colección regular — es el documento de lo que Williamson hizo con esa encomienda. Es una historia de tormenta, en todos los sentidos: la tormenta de la Fuerza de la Velocidad que cambia Central City, la tormenta del personaje que Williamson instala en el centro del relato, y la tormenta creativa que Carmine Di Giandomenico trajo a un título que llevaba demasiado tiempo sin una identidad visual propia.

Williamson y la pregunta de qué le pertenece al Flash
El movimiento de apertura de Williamson es al mismo tiempo su acierto más inteligente y el origen de la tensión que el volumen no termina de resolver. Una tormenta de la Fuerza de la Velocidad cae sobre Central City y concede poderes de velocidad a docenas de civiles al azar: de repente, Barry Allen no es el único habitante de su ciudad con la capacidad de moverse más rápido que el sonido, y la pregunta que la serie formula desde las primeras páginas es qué significa ser el Flash cuando la velocidad ya no es su diferencial. Es una pregunta que Williamson no responde en este primer arco — y probablemente no tenía intención de hacerlo —, pero el hecho de plantearla reubica a Barry en el tipo de conflicto que los mejores arcos de personaje necesitan para funcionar: no el choque físico con un villano, sino la pregunta sobre qué eres cuando el mundo cambia a tu alrededor.

El problema de esa apertura es que la multiplicación de velocistas diluye, por mecánica de narración, el valor de la velocidad como concepto en el interior de la historia. Williamson introduce a Meena Dhawan — científica de STAR Labs que también recibe poderes en la tormenta y que se convierte en punto de conexión emocional para Barry durante varios números — y a una cantidad suficiente de nuevos velocistas como para que la Fuerza de la Velocidad deje de sentirse especial antes de que el relato haya terminado de establecer por qué debería serlo. Es una paradoja estructural que los mejores momentos del volumen compensan con energía narrativa, pero que está ahí, visible, en los episodios en que el guion tiene que manejar demasiadas piezas al mismo tiempo.

Godspeed y la trampa de la máscara más obvia
August Heart — compañero detective de Barry Allen, testigo del asesinato de su hermano, hombre que vio al asesino quedar libre por un tecnicismo legal — es, en su concepción, exactamente el tipo de villano que un arco de Rebirth necesitaba: alguien con motivaciones comprensibles que lleva la lógica del héroe hasta el punto en que deja de serlo. Godspeed no mata porque disfrute del poder; mata porque ha concluido que el sistema de justicia en el que Barry todavía cree es fundamentalmente incapaz de hacer lo que se supone que debe hacer. Es el argumento del vigilante llevado a su extremo más oscuro, y Williamson lo plantea con la convicción suficiente como para que el lector pase los primeros números preguntándose si August Heart no tiene, en parte, razón.

El problema es que la identidad de Godspeed no aguanta como secreto el tiempo que el arco necesita que aguante. La narrativa instala las pistas con demasiada claridad y demasiado pronto, y el momento de la revelación — que debería funcionar como golpe emocional, dado que Barry y August son amigos — llega sin el impacto que la estructura prometía porque el lector lleva varios números sabiendo lo que el guion todavía está fingiendo que es misterio. No es un error que inutilice el arco: el enfrentamiento final entre Barry y Godspeed tiene la carga dramática que Williamson construyó para él, y la conversación sobre si la velocidad es una herramienta o un derecho sostiene el clímax mejor que la sorpresa revelada. Pero es una oportunidad perdida en un relato que en casi todo lo demás sabe exactamente dónde quiere pegar.

Di Giandomenico y el lenguaje del movimiento
Carmine Di Giandomenico es la razón más honesta para leer Lightning Strikes Twice si se llega al volumen sin conocer el trabajo del artista. Su aproximación al movimiento del Flash no pasa por la convención del cómic de superhéroes: no hay líneas de velocidad decorativas, no hay el efecto de desenfoque que la mayoría de los dibujantes usan para transmitir rapidez. Di Giandomenico construye el movimiento como fragmentación: el cuerpo de Barry en el instante en que acelera aparece descompuesto en poses consecutivas, simultáneas, superpuestas en el mismo panel, como si el lector estuviera viendo todos los fotogramas de una secuencia de película a la vez. El efecto es inmediato, específico para la velocidad como concepto, y produce páginas que no se parecen a nada que el título hubiera tenido antes.

Ivan Plascencia en el color complementa ese lenguaje con una paleta de amarillos y rojos eléctricos que hace que los momentos de velocidad se lean como destellos de luz antes que como movimiento físico. La combinación de línea y color en las secuencias de carrera es donde Lightning Strikes Twice alcanza su nivel más alto y donde la ambición visual del equipo resulta más evidente: hay páginas en las que el texto podría desaparecer y la historia seguiría siendo comprensible porque Di Giandomenico y Plascencia están narrando con imagen pura. Para un personaje cuya característica definitoria es la velocidad, eso no es un detalle accesorio. Es la condición de posibilidad de que el cómic funcione.





