El Pirineo como postal de un cine que ya no sabe arriesgar: Crítica de ‘Frontera’

La nueva película de Judith Colell, Frontera, es un surtido de clichés empaquetados en una factura técnica impecable. Es, en esencia, una producción tan solvente en su envoltorio como plana en su calado argumental. Da la sensación de que el objetivo no era rodar un thriller histórico punzante, sino fabricar una pieza lo suficientemente obvia y previsible para que nadie, independientemente de su sensibilidad política, pudiera sentirse molesto.

Ambientada en 1943, en un Pirineo catalán convertido en un embudo de desesperación para miles de judíos que huían del horror nazi, la cinta intenta navegar entre las heridas de la posguerra española y la barbarie europea. Sin embargo, lo hace por la vía del déjà vu, entregando un producto correcto que realza lo loable (la solidaridad, la resistencia) sin que lo loable resulte nunca emocionante o sorprendente.

El arquetipo contra el personaje

El principal lastre de Frontera reside en su reparto de roles. La película cae en un dualismo simplista donde cada uno cumple un papel mecánico en esta rutina bélica. Miki Esparbé interpreta a Manel, un funcionario de aduanas con pasado republicano que decide ayudar a los refugiados, mientras que Jordi Sánchez encarna a un alcalde obtuso y colaborador. Aunque las interpretaciones de Esparbé y María Rodríguez Soto son de lo más destacado por su contención y verdad, el guion los empuja constantemente hacia el estereotipo.

Especialmente sangrante es el tratamiento del villano. El militar nazi cumple con el esquema del psicópata frío y sin matices que hemos visto cientos de veces. En un género que nos ha dado figuras complejas y aterradoras como el Hans Landa de Malditos Bastardos, este antagonista se siente como un recurso de cartón piedra. Sin un enemigo que infunda respeto real o que anime la función con alguna doblez psicológica, el conflicto moral se vuelve monocromático.

Entre el drama íntimo y la rigidez formal

Colell, cuya filmografía siempre ha destacado por un compromiso social firme y una mirada feminista necesaria, intenta aquí acercar la cámara a los silencios de las mujeres (Brusa Cusí y Rodríguez Soto) que actúan entre el miedo y el coraje. Es en esos instantes de drama íntimo donde la película respira y se aleja del «telefilme de lujo». El uso del paisaje de los Pirineos como un personaje mudo y opresivo ayuda a elevar la tensión, pero la narrativa plúmbea termina imponiéndose.

Frontera tiene las mejores intenciones del mundo y funciona como una lección de historia necesaria para no romantizar el colaboracionismo franquista, pero le falta riesgo. Su estructura es tan funcional que resulta predecible. La alternancia de idiomas (catalán, castellano, francés y alemán) aporta una veracidad que, lamentablemente, el guion diluye con diálogos que a veces parecen subrayar lo que ya estamos viendo en pantalla.

Una oportunidad perdida de incomodar

Frontera es un filme bienintencionado que destaca por su propuesta ética, pero que se queda en la superficie de un conflicto que daba para mucho más. Al simplificar los dilemas morales —especialmente en un último tercio que se resuelve de forma apresurada—, la cinta se aleja de la profundidad de obras como Pa Negre.

Es cine educativo, pulcro y necesario como ejercicio de memoria histórica, pero como pieza cinematográfica deja una sensación de atonía. Cumple con el manual de estilo del «cine de prestigio», pero se olvida de que para que una historia sobre nazis y resistencia nos importe en 2026, debe doler de una forma nueva. Frontera solo muerde donde ya tenemos la cicatriz.