Un festival de CGI fallido que ni el carisma de Ryan Reynolds pudo salvar: ‘Green Lantern’ (2011)

El 16 de agosto de 2026, HBO estrena Lanterns, la serie que James Gunn ha descrito como «True Detective con dos Linternas Verdes que hacen de policías galácticos», protagonizada por Kyle Chandler como un Hal Jordan veterano que se acerca a la retirada y por Aaron Pierre como John Stewart, el marine recién reclutado que llegará para sustituirlo. La premisa de la serie —dos policías espaciales investigando un asesinato en Nebraska, un thriller de detectives con capas cósmicas— es, intencionalmente o no, el argumento más contundente que alguien podría haber construido contra la película de 2011. Green Lantern, dirigida por Martin Campbell y estrenada el 17 de junio de 2011 con un presupuesto de 200 millones de dólares y Ryan Reynolds en el papel de Hal Jordan, partía de la premisa exactamente opuesta: que lo que el personaje necesitaba era espectáculo, escala, el universo alienígena de Oa y la amenaza de una entidad cósmica del miedo que amenazaba con destruir el sistema solar. La diferencia entre lo que la serie de 2026 propone y lo que la película de 2011 entregó no es solo la diferencia entre lo que funciona y lo que no. Es la diferencia entre conocer al personaje y confundirlo con su escenario.

El traje que no existe

La decisión más visible de Green Lantern —y la que más daño ha hecho a su reputación en los quince años que han pasado desde su estreno— es la de fabricar el traje de Hal Jordan enteramente en CGI. No los detalles, no los efectos de energía del anillo: el traje entero, el cuerpo entero, la máscara que el personaje lleva durante la mayor parte de la película. En 2011 era una apuesta audaz; con perspectiva, es la metáfora más eficiente del problema de fondo de la producción. Un estudio que gasta 200 millones de dólares en efectos visuales y confía todo el aspecto físico de su héroe a la imagen generada por ordenador está apostando a que el espectáculo sea la película, a que la impresión visual reemplace al personaje. El traje no existe porque la película no termina de creer que Hal Jordan, el hombre dentro, sea suficiente para sostener algo. Ryan Reynolds —que tiene un carisma natural que el papel no requería que construyera desde cero y que en cualquier caso hizo lo que pudo con lo que le dieron— lleva dos horas siendo parcialmente una animación, y el efecto involuntario es el de un personaje que la propia película no termina de comprometerse a habitar. Martin Campbell dirigió Casino Royale cinco años antes. Casino Royale funciona porque su apuesta es exactamente la opuesta: un James Bond sin gadgets, sin ironía, sin traje de grandes efectos, definido completamente por lo que Daniel Craig hace con la cara y el cuerpo. La persona que dirigió esa película debería haber sabido lo que le estaba costando al personaje entregárselo a los animadores.

Dos villanos, ninguna amenaza

Green Lantern tiene dos antagonistas y no saca suficiente de ninguno de los dos. Parallax —la entidad del miedo que el cuerpo de las Linternas lleva milenios conteniendo y que ha escapado para devorar planetas— es visualmente lo que un animador le haría a un calamar gigante si le pidieran que fuera amenazante y abstracto al mismo tiempo: una nube parda de energía y tentáculos que la película presenta como el peligro mayor del universo y que resulta imposible de temer porque no tiene intención, ni voz, ni ningún rasgo que permita al espectador leer en ella más que «masa oscura que se acerca». Hector Hammond —el científico interpretado por Peter Sarsgaard, expuesto involuntariamente a la energía de Parallax y transformado en un ser con poderes telepáticos y una cabeza que se expande progresivamente hasta convertirse en algo que los efectos visuales del presupuesto tampoco resuelven con elegancia— es el antagonista personal, el que tiene historia con Hal y con Carol Ferris, el que podría haber anclado la película en un conflicto humano. La película no sabe qué priorizar, oscila entre los dos, y el resultado es que Parallax llega al tercer acto como la amenaza principal sin que el espectador haya tenido tiempo de sentir por qué debería importarle. Una historia de origen necesita un antagonista que personalice lo que el héroe tiene que superar. Tener dos antagonistas sin peso suficiente no es duplicar la amenaza: es dividirla hasta hacerla desaparecer.

Lo que el anillo no puede hacer

En el reparto de Green Lantern hay un actor que hace exactamente lo que el papel le pide y cuya presencia en la película vuelve más evidente todo lo que rodea a su personaje. Mark Strong como Sinestro —el Linterna Verde más respetado del cuerpo, mentor de Hal Jordan, personaje cuya corrupción posterior el cómic ha explorado durante décadas con resultados extraordinarios— es la cosa más viva de toda la película. Tiene presencia física, tiene autoridad, tiene la capacidad de transmitir que este personaje conoce el peso de lo que lleva puesto de una manera que el resto del reparto no termina de alcanzar. La escena postcréditos, en que Sinestro se pone el anillo amarillo del miedo y la cámara lo muestra transformado en el villano que debería haber sido el centro de la segunda entrega que nunca llegó, es la imagen más clara de lo que Green Lantern perdió cuando Warner Bros. canceló la saga en septiembre de 2011. La película no fracasó porque el personaje sea inadaptable: fracasó porque apostó por el universo antes que por las personas dentro de él, por la escala antes que por las preguntas. Lo que Lanterns propone en HBO —dos hombres con un anillo investigando un crimen, True Detective con policia galáctica— no es el proyecto más obvio para el material, pero es el más honesto sobre dónde está el personaje: en la persona, no en el traje.