‘Reacher’ (T2), mejor en equipo que en solitario, y eso lo dice todo

La primera temporada de Reacher funcionó como un western de bolsillo: un hombre solo llega a un pueblo corrupto, descubre que la corrupción va más arriba de lo que parecía, y resuelve el problema con una violencia metódica y sin remordimientos. La fórmula era deliberada y su origen era literario —Killing Floor, la primera novela de la serie de Lee Child—, pero en la pantalla producía algo adicional a la trama: la sensación de que el personaje existe en una especie de soledad ontológica, que Reacher no está solo por circunstancias sino porque el mundo se mueve demasiado despacio para que valga la pena esperarlo. La segunda temporada elige la apuesta opuesta. Basada en la undécima novela de la saga, Bad Luck and Trouble (2007), y construida alrededor del reencuentro de Reacher con los antiguos miembros de su unidad del Ejército —la 110th Special Investigations Unit—, la temporada cambia de registro con suficiente confianza como para que el espectador no sienta el cambio como una corrección sino como una expansión. Y acierta.

Del western en solitario a la película de equipo

Nick Santora, showrunner de la serie desde el principio y guionista del episodio inaugural de esta segunda entrega, hace una elección que parece simple y no lo es: en lugar de volver a colocar a Reacher en una situación donde su excepcionalidad se mide contra la ordinariez del mundo, lo coloca en una donde debe medirse contra personas que son, en cierta medida, como él. Neagley (Maria Sten), Dixon (Serinda Swan) y O’Donnell (Shaun Sipos) no son civiles que necesitan protección ni policías que no entienden las reglas: son veteranos del mismo sistema de investigación militar, personas que han procesado la violencia de la misma manera y que llevan años sin llamarse. El muerto que pone en marcha la historia —Calvin Franz, arrojado desde un helicóptero— no es una víctima anónima: es alguien del grupo, y esa diferencia es la que convierte la investigación en algo con temperatura emocional antes de que el primer episodio termine.

La temporada se mueve entre Atlantic City, Nueva York y otros escenarios urbanos, lejos del pueblo único de la primera entrega, y esa movilidad geográfica refleja un cambio en el tipo de historia que se está contando: ya no es el forastero contra el lugar, sino el equipo contra una conspiración con capas institucionales —New Age Technologies, la empresa de defensa que opera bajo cubierta; el sistema de armas Little Wing; el senador implicado—. La película de equipo tiene sus propias reglas de género, y Santora las conoce: hay que repartir los momentos de brillo, establecer la dinámica interna, plantar las tensiones que la presión revelará. Los directores de la temporada —Sam Hill en los dos primeros episodios, Omar Madha en los siguientes dos, Carol Banker en el quinto y el sexto, Julian Holmes en el final— mantienen una coherencia visual que en una serie con rotación de directores no es automática. La acción es limpia, los espacios están bien leídos, y las secuencias de combate tienen la coreografía que el material requiere: no el kung-fu estilizado del cine de superhéroes, sino algo más parecido a cómo una persona de ciento treinta kilos con entrenamiento militar resolvería el problema de tener a alguien enfrente que quiere hacerle daño.

Ritchson y la física particular de este personaje

Lo que Alan Ritchson hace con Jack Reacher no es exactamente actuar en el sentido en que el término implica construcción interna: es más parecido a calibrar. El personaje tiene una lógica propia —evalúa, calcula, actúa; nunca en otro orden— y lo que Ritchson aporta es la capacidad de hacer que esa lógica resulte creíble físicamente y no antipática emocionalmente, que son los dos problemas que el rol plantea y que cualquier mal casting habría explotado. Un Reacher interpretado con demasiada intensidad habría sido un matón sin gracia. Uno interpretado con demasiada ligereza habría sido una parodia. Ritchson encuentra el registro exacto: la entrega plana, casi matemática, de alguien para quien la violencia es un procedimiento antes que una emoción, combinada con una presencia física que hace que esa frialdad resulte ominosa antes que cómica.

La segunda temporada le pide algo más. El peso de los muertos del grupo —Franz, Swan, y las pérdidas que van acumulándose— necesita ser visible en alguien que no exterioriza fácilmente el duelo, y Ritchson lo maneja sin afectar: hay momentos en que la incomodidad del personaje ante el afecto de las personas que lo rodean es exactamente la forma correcta de mostrar que algo importa. La relación con Dixon tiene una torpeza deliberada que el guion no intenta corregir demasiado, y ese realismo menor es uno de los gestos más inteligentes de la temporada: Reacher es excepcional en casi todo, pero la intimidad no es una habilidad que se adquiera en el ejército, y la serie no finge que sí. Domenick Lombardozzi, como el detective del NYPD Russo que empieza como obstáculo y termina como algo más cercano a un aliado involuntario, es el personaje secundario que mejor funciona: alguien que viene de una tradición televisiva diferente y que introduce una temperatura más severa sin que la serie necesite convertirse en algo que no es.

New Age Technologies y los límites decorosos del pulp

El problema de la temporada, y es un problema real aunque no fatal, es que su arquitectura de villanos está más elaborada que sus villanos. New Age Technologies como corporación corrupta, Little Wing como el macguffin tecnológico, Shane Langston (Robert Patrick) como el ejecutivo que ha cruzado todas las líneas que se pueden cruzar, A.M. / Azhari Mahmoud (Ferdinand Kingsley) como el intermediario de armas que opera en las sombras, y el senador implicado como la capa institucional de cobertura: hay suficientes niveles de conspiración para construir un thriller de novela de aeropuerto, que es precisamente lo que la fuente literaria es. El problema es que la complejidad del mecanismo no se traduce en profundidad de los antagonistas. Langston es competente como presencia y funcional como amenaza, pero Robert Patrick merece más de lo que el guion le da. A.M. es el villano más inquietante de los dos en concepto —un profesional del caos con una eficiencia que hace pensar en los mejores antagonistas del thriller ochentas— pero la serie lo usa de forma intermitente, y en los momentos en que desaparece del relato se nota que su función es más instrumental que dramática.

La traición interna —Swan, miembro de la propia unidad que ha estado trabajando para New Age— es la decisión narrativa que más duele porque es la que más podría haber dado. La serie la maneja con corrección pero sin el tiempo que merecería: la revelación tiene peso, pero la elaboración de ese peso queda subordinada al ritmo de la conspiración exterior. El resultado es que la segunda temporada de Reacher funciona mejor como película de equipo que como thriller de conspiración, que es exactamente lo que el elenco justifica y el guion, en sus mejores momentos, también. La serie sabe lo que es —entretenimiento de acción con aspiraciones de género, sin pretensiones de otra cosa—, ejecuta esa premisa con una consistencia técnica que la mayoría de sus equivalentes no alcanzan, y tiene en Ritchson a alguien que puede cargar con el formato sin que el formato lo aplaste. Que el antagonista sea más esquemático que el héroe es casi un defecto de categoría: el pulp tiene ese techo, y las series que lo cruzan son la excepción. Reacher, con sensatez, no lo intenta.