‘The Boys’ T3, la temporada en que la serie apuntó directamente a la cabeza

Karl Urban está hoy en la Comic Con de Málaga, lo que es una buena excusa para ponerse al día con la temporada que The Boys publicó en Amazon Prime en el verano de 2022 y que en ocho episodios —emitidos semanalmente a partir del 3 de junio— decidió que la serie había acumulado suficiente crédito para hacer lo que ninguna de las dos anteriores se había atrevido del todo: nombrar lo que estaba describiendo, convertir la metáfora en declaración y el entretenimiento en algo que se parecía demasiado al noticiario para ignorarlo.

Soldier Boy, o cómo fabricar un mito para demolerlo

La incorporación de Jensen Ackles como Soldier Boy es la jugada más inteligente de la temporada. Soldier Boy es el primer gran superhéroe de Vought, un veterano de la Segunda Guerra Mundial que fue el icono de América durante décadas hasta que desapareció en los años ochenta —la versión oficial dice que murió en misión; la verdad es que sus propios compañeros lo entregaron a los soviéticos porque ya no podían controlarlo. Eric Kripke describió al personaje en sus propias palabras como la encarnación del «mito del cowboy de John Wayne y el Marlboro Man»: una fantasía de fortaleza masculina que nunca fue real y que ha «envenenado generación tras generación.» Ackles lo juega con la precisión de alguien que entiende que Soldier Boy no es un villano en el sentido clásico sino algo más difícil de escribir y de ver: un cobarde que lleva décadas protegido por la narrativa de su propia grandeza.

Lo que la temporada hace con Soldier Boy en términos argumentales es su hallazgo más audaz. Homelander descubre que Soldier Boy es su padre biológico. El chiste oscuro es perfecto: el hombre más peligroso del mundo, el narcisista absoluto, la encarnación del poder sin responsabilidad, es el hijo de alguien que ni siquiera sabía que lo tenía. La escena en que los dos se encuentran cara a cara y Soldier Boy lo mira con la misma indiferencia con que trataría a un desconocido es más aterradora que cualquier escena de acción de la temporada. Homelander lleva temporadas buscando algo que reconozca en él una humanidad que merece amor. Su propio padre ni siquiera finge intentarlo. Lo que hace eso con el personaje más volátil de la ficción televisiva reciente es lo que el episodio final termina de articular.

V24 y los hombres que se rompen en nombre de la fuerza

La decisión de Butcher y Hughie de tomar V24 —la versión temporal del Compuesto V que durante veinticuatro horas convierte a cualquier humano en un súper— es la trama más ambiciosa de la temporada y la que paga con mayor interés sus apuestas. La lectura superficial es una historia de adicción: dos hombres que prueban algo, que sienten lo que es tener poder sobre el mundo, y que no pueden parar. La lectura que la temporada desarrolla con más cuidado es otra: Butcher y Hughie no toman V24 porque quieran poder. Lo toman porque sin él no se sienten suficientes, y la diferencia entre esas dos motivaciones es exactamente lo que el creador Eric Kripke puso en el centro de la temporada: una meditación sobre la masculinidad como herida que se autoinflige.

Butcher lleva dos temporadas siendo el tipo más duro de la habitación, y la tercera desmonta por qué. Una escena de flashback construye algo que la serie había insinuado sin resolver: Butcher tenía un hermano pequeño, Lenny, al que protegía de un padre abusivo hasta que eligió escapar alistándose en el ejército y dejarlo solo. Lenny se suicidó. Hughie —que lleva desde el primer episodio funcionando como el elemento humano y vulnerable que Butcher tolera a su lado— resulta ser el hermano que Butcher lleva décadas intentando no perder. Karl Urban ha tenido momentos grandes en las dos temporadas anteriores, pero la tercera le da el material que necesitaba para demostrar que debajo de la fachada de violencia calculada hay algo genuinamente roto que la serie ha decidido mostrar. El coste de V24 es literal: al final de la temporada, Butcher tiene menos de once meses de vida. La pregunta que deja abierta es si eso es suficiente para que cambie algo.

El rally, los aplausos y lo que la pantalla ya no puede fingir que no dice

The Boys siempre fue una sátira política con el disfraz de la fantasía de superhéroes. La tercera temporada decide quitarse el disfraz en la última escena. Homelander, en un evento público, usa sus rayos láser para matar a un hombre que le ha tirado un vaso. La multitud que lo rodea explota en aplausos. No es una metáfora. Es una descripción.

Kripke lo explicó con precisión: la serie ocupa una posición única para explorar la «intersección bizarra del autoritarismo y la celebridad» porque el formato de superhéroes le permite decir cosas que un drama político convencional no puede. La temporada 3 lleva esa capacidad a su punto de mayor temperatura. Victoria Neuman —la política que tiene poderes y que lleva dos temporadas operando en las sombras— consigue la nominación a la vicepresidencia. La maquinaria que convierte a los seres más peligrosos del mundo en activos electorales está a pleno rendimiento. El episodio 6, apodado Herogasm en referencia a un arco infame del cómic original de Garth Ennis y Darick Robertson, contiene la escena de sexo colectivo más discutida de la temporada, y Kripke señaló que lo que le importaba no era el espectáculo sino conseguir que en medio de él el espectador siguiera invirtiendo emocionalmente en los personajes. Lo consigue.

La imagen con que termina la temporada —Ryan, el hijo de Homelander y Becca, mirando a su padre arrancar la cabeza de alguien con los ojos y asintiendo ligeramente— es la más inquietante que la serie ha producido. No porque sea violenta, sino porque lo que muestra es cómo se fabrica el siguiente Homelander. La temporada empieza presentando a Soldier Boy como el origen del problema y termina mostrando cómo el ciclo se reproduce. Butcher lo ve. Intenta interrumpirlo. Y en el momento de elegir, elige salvar a Ryan en lugar de matar a Homelander. The Boys lleva tres temporadas diciéndole al espectador que no hay finales buenos disponibles. La tercera es la primera en la que uno ya no puede consolarse con que era solo una historia.