‘La Llamada’, el primer milagro laico de Javier Calvo y Javier Ambrossi antes de pecar con Lorca

Con La Bola Negra a punto de llegar el 25 de septiembre, tiene sentido volver al principio y recordar de dónde vienen Javier Calvo y Javier Ambrossi. La Llamada (2017) fue el primer largometraje de los Javis —la adaptación cinematográfica del musical teatral que habían estrenado cuatro años antes y con el que habían llenado salas en media España— y es, a día de hoy, la demostración más clara de lo que esta pareja sabe hacer: tomar un concepto que sobre el papel suena a boutade y ejecutarlo con tanta convicción que el espectador no solo lo acepta sino que le termina importando de verdad. El concepto en cuestión: Dios se le aparece a una adolescente en un campamento de verano cristiano en Segovia, pero no como luz ni como voz interior sino como un señor de mediana edad en chaqueta de lentejuelas que le canta Whitney Houston. Y resulta que funciona. No a pesar de lo absurdo sino exactamente porque lo absurdo se toma en serio.

Dios viste de lentejuelas y sabe lo que hace

El campamento La Brújula es una institución modesta y sin glamour regentada por monjas donde los adolescentes con problemas van a reflexionar sobre sus opciones vitales, que en el universo de La Llamada significa o bien abrazar la fe o bien decidir que prefieres hacer reggaeton. María y Susana, las dos protagonistas, quieren lo segundo: tienen un duo de música electro-latina, un nombre artístico y todo el plan trazado para cuando salgan de ahí. El problema es que Dios tiene otros planes, y la manera que tiene de comunicarlos —aparecerse de noche en una chaqueta que ninguna iglesia aprobaría y cantar con la voz de Whitney Houston— es el hallazgo más feliz de la película. La elección no es arbitraria: Whitney Houston fue también, en su vida y en su voz, la historia de alguien que sintió la llamada entre dos mundos incompatibles. Que los Javis hayan visto eso y lo hayan convertido en el corazón de un musical sobre vocación y libertad dice algo sobre la inteligencia que hay detrás de la aparente ligereza.

El guion maneja con precisión el equilibrio entre la comedia y la emoción, que es el equilibrio más difícil del género y el que más fácilmente se desajusta. La Llamada nunca se ríe de sus personajes, que es la distinción que separa el humor que funciona del que humilla: se ríe con ellos, desde dentro, con el mismo cariño con el que los retrata cuando dejan de ser graciosos y empiezan a ser vulnerables. Madre Bernarda y Hermana Milagros, que podrían haber sido caricaturas cómodas, tienen arcos que la película completa con la misma seriedad que los de las dos adolescentes. El campamento de monjas como espacio de confrontación con las propias elecciones —no solo para las chicas sino para todos los que viven en él— es el acierto estructural de un guion que en otros momentos acusa la transición del escenario al plano.

Cuatro actrices y cuatro años de escenario

La razón por la que La Llamada funciona donde podría no funcionar es su reparto, y la razón por la que el reparto funciona tan bien es que cuatro de sus cinco intérpretes principales llevan cuatro años haciendo el mismo material en el escenario. La química que Macarena García y Anna Castillo tienen en pantalla no se construye en un rodaje: se construye en el tiempo compartido de cientos de funciones, de aprender exactamente cuándo la otra va a cambiar el ritmo o el gesto, de conocerse el cuerpo escénico de memoria. Eso se nota. No como recuerdo del teatro sino como soltura específica: saben estar juntas en plano de una manera que los actores que se conocen solo en los ensayos raramente logran.

Macarena García lleva el peso más difícil: María tiene que ser simultáneamente la que hace reír y la que hace llorar, la que duda y la que finalmente decide, y García lo resuelve con una luminosidad de pantalla que no es solo talento sino elección consciente en cada escena. Anna Castillo construye a Susana desde la energía y la lealtad —el personaje es, en el fondo, la historia de alguien que tiene que aprender a querer a otra persona lo suficiente para dejarla irse hacia donde ella necesita ir—, y lo hace sin dejar nunca que la función cómica aplaste la emocional. Belén Cuesta como Hermana Milagros es lo que el cine llama una revelación aunque nadie que la hubiera visto en el teatro se hubiera sorprendido: torrencial, exacta, con una capacidad para hacer que algo ridículo resulte genuinamente conmovedor que es el sello de los grandes intérpretes de comedia. Gracia Olayo como Madre Bernarda completa un cuarteto que se sostiene solo incluso cuando el material que le rodea vacila.

El debut de dos directores que se conocen las limitaciones

La Llamada no es una película de cine en el sentido más técnico del término. Es un musical teatral trasladado a la pantalla con honestidad sobre sus propios límites: los Javis no finjan que el material ha mutado en algo completamente nuevo, y hay secuencias que conservan una disposición espacial y una frontalidad que pertenecen al escenario más que al encuadre. Eso es una debilidad y también, paradójicamente, parte de su encanto: la película se ve como lo que es, la captura de algo que ya funcionaba de otra manera, y la captura es lo suficientemente buena como para que la pérdida se acepte sin demasiado pesar.

Lo que los Javis demuestran en este debut es una aptitud para el trabajo con actores que la dirección española raramente produce. Cada una de las cuatro protagonistas está en el momento exacto que la escena necesita, nunca demasiado ni demasiado poco, y eso no pasa solo. Leiva firma la banda sonora con el instinto de alguien que entiende que la música de un musical tiene que funcionar dentro de la trama y fuera de ella —el tema principal ganó el Goya en 2018 y es, después de la película, la forma que tiene mucha gente de recordar a María—, y la conjunción de las canciones originales con las versiones de Whitney Houston crea el vocabulario emocional del film con una economía que muchos musicales de mayor presupuesto no alcanzan. La película aguantó veintidós semanas en cartelera, casi medio millón de espectadores, y lanzó a Los Javis a una carrera que los ha llevado a Paquita Salas, a Veneno, a La Mesías y ahora a La Bola Negra. El primer milagro, en su caso, fue laico. Y se lo ganaron.