‘Cronos’, el thriller del 17-A que acierta en lo técnico y esquiva lo difícil
El 17 de agosto de 2017 una furgoneta recorrió las Ramblas de Barcelona a velocidad sostenida durante quinientos metros. Murieron dieciséis personas. Más de trescientas resultaron heridas. Las horas que siguieron —la búsqueda del último terrorista huido, los atentados de Cambrils, la casa reventada de Alcanar, la coordinación entre cuerpos policiales con intereses institucionales que no siempre apuntaban en la misma dirección— constituyen uno de los episodios más documentados de la historia reciente española: prensa, libros, investigaciones parlamentarias, podcasts, debates sobre lo que se sabía y lo que no se hizo. Filmar todo eso en 2026 con la voluntad de hacer un thriller es apostar a que el género puede añadir algo que la crónica no da. Cronos, la película de Fernando González Molina estrenada el 4 de septiembre, gana esa apuesta en sus momentos más urgentes y la pierde en los que decide gestionar la distancia en lugar de reducirla.

Auquer, Gómez y López dentro de la institución que los contiene
La elección de Enric Auquer como centro gravitacional del relato es una de las más inteligentes de la película. Auquer tiene la capacidad poco común de transmitir agotamiento sin que parezca una pose: su inspector no es el héroe de acción que resuelve lo que nadie puede resolver sino el profesional al límite que comete errores bajo presión y cuya cara registra el coste de cada decisión con una honestidad que el guion no siempre le facilita pero que él sostiene por su cuenta. La película tiene el criterio de no pedirle que sea más de lo que el personaje es: no hay monólogos de inspiración, no hay momentos en que la cámara lo encuentre en la oscuridad y decida que eso es suficiente. Está haciendo un trabajo y el trabajo es a veces insoportable y casi nunca tiene el tiempo que necesita.

Diana Gómez como la responsable de comunicación de los Mossos es el personaje más interesante del conjunto y el más subexplotado. La posición que ocupa —gestionar en tiempo real la información que se filtra a los medios mientras la información misma cambia cada hora— tiene más potencial dramático que el que la película le concede: hay una película dentro de Cronos que es solo suya y que Gómez defiende en los minutos que le dan con una concentración que hace lamentar que no sean más. Mónica López como agente vinculada a Ripoll aporta la dimensión emocional más concreta del relato: es quien tiene que procesar que los perpetradores formaban parte de una comunidad que ella conocía, y esa especificidad convierte sus escenas en las más difíciles de ver con distancia.

González Molina, Las Ramblas con quinientos extras y el primer acto que sostiene todo
El mejor argumento de Cronos está en sus primeros cuarenta minutos. La secuencia de la tarde del 17-A, rodada en Las Ramblas con una logística que se nota en cada plano —los cientos de extras, la reconstrucción de un espacio que todos reconocen y que aquí está filmado desde una distancia que no es la del noticiero sino la del cine—, tiene la clase de urgencia que el thriller necesita para que todo lo que viene después funcione. González Molina rueda el caos con el rigor de alguien que ha estudiado cómo se construye la tensión desde los americanos y sabe aplicar esa lección sin que suene a importación: el montaje paralelo que salta entre los diferentes focos de la operación, la fotografía de Pau Castejón que no busca el dramatismo de la imagen sino la precisión de la mirada, la decisión de no recrearse en las víctimas sino en las personas que tienen que reaccionar ante lo que les ha llegado.

El director firma aquí su trabajo más ambicioso en términos de producción y también el más controlado en términos de tono. Cronos no se regodea en el horror. No acumula cuerpos para añadir urgencia. Sabe que el horror ya está en los datos y que la función del cine en este caso es darle tiempo y espacio a lo que en las noticias fue un titular, no magnificarlo. Esa contención es una elección ética antes que estética, y en ese terreno la película funciona con más consistencia que en otros.

El tercer acto, la perspectiva única y lo que la película decide no contar
El problema de Cronos se hace visible en el momento en que la urgencia de los primeros actos empieza a transformarse en algo parecido a un reconocimiento institucional. La película es, desde el principio, una película de los Mossos d’Esquadra: su perspectiva es la de la operación policial, sus protagonistas son los agentes que la llevaron a cabo, su marco moral es el de las decisiones que tomaron bajo presión. Eso es una opción legítima. El problema es que en su tramo final Cronos parece olvidar que es una opción y empieza a tratarla como si fuera la única que existe: el epílogo se extiende más de lo necesario, el relato se vuelve más laudatorio de lo que su propio rigor documental permitiría, y las preguntas que la película ha insinuado sobre la coordinación entre instituciones o las implicaciones políticas del momento quedan definitivamente sin respuesta porque el guion decide que no es su trabajo hacérselas.

Las víctimas son un número. La ciudadanía que respondió con «No tinc por» aparece casi solo como decorado final. Los perpetradores tienen presencia pero no explicación. Todo eso podría ser el punto de partida de algo —una elección deliberada de foco que se mantenga hasta el final— pero en los últimos treinta minutos la película abandona esa contención sin sustituirla por nada más interesante. Lo que queda, aun así, es suficiente para que Cronos sea el thriller español con mayor dominio técnico de los últimos años y una demostración de que la distancia entre el cine de género americano y el español no es de talento sino de presupuesto y decisiones de producción. González Molina tiene los primeros. Con los segundos ha hecho la mejor película de su carrera, que es también una película que podría haber sido más de lo que es.





