Glen Powell y la trampa de la comedia de disfraz: ‘Chad Powers’ (Temporada 1)
Chad Powers existe porque en un momento dado alguien en ESPN+ le preguntó a Eli Manning si le apetecía disfrazarse de quarterback aficionado y presentarse al casting de un equipo universitario, y el resultado fue suficientemente gracioso como para que Glen Powell y el guionista Michael Waldron —responsable de la primera temporada de Loki en Disney+— vieran ahí el germen de una serie. Los Manning —Eli y Peyton— son productores ejecutivos a través de su compañía Omaha Productions, lo que da a Chad Powers una autenticidad de vestuario que el concepto necesitaba: nadie en el mundo del fútbol americano universitario iba a tomarse en serio la premisa si detrás no había alguien que conociera ese mundo desde dentro. La primera temporada, de seis episodios de unos treinta minutos cada uno, se estrenó en Hulu el 30 de septiembre de 2025, con dos entregas semanales durante tres semanas. El resultado es una comedia que hace cosas genuinamente bien y que tiene un problema que no termina de resolver: la diferencia entre lo que un sketch de cinco minutos necesita y lo que una serie de tres horas exige.

Russ Holliday, Chad Powers y la trampa del sketch de cinco minutos
Russ Holliday es un quarterback de fútbol universitario con el talento suficiente para ser una estrella y el carácter suficiente para destruir lo que el talento construye. Cuando su comportamiento lo deja fuera de su equipo, Russ se inventa a Chad Powers —bigote postizo, acento sureño elevado a la categoría de performance artístico, dientes de utilería— y se presenta como jugador libre a un equipo universitario del Sur que está pasando una temporada desastrosa. La premisa tiene la misma lógica que las mejores comedias de identidad encubierta: el disfraz no cambia a quien lo lleva, pero obliga al personaje a vivir durante un tiempo como la persona que podría haber sido si sus instintos naturales fueran diferentes. Chad Powers es el hombre que Russ Holliday sería si hubiera crecido sin ego. La ironía de la serie es que Russ descubre que le gusta esa versión de sí mismo más de lo que esperaba.

El problema de base es estructural y la serie lo sabe: un sketch funciona como ejercicio de concepto, y en ese formato la suspensión de incredulidad cuesta poco porque el chiste se plantea y se resuelve antes de que el espectador pueda preguntarse cómo nadie reconoce a un quarterback famoso debajo de un bigote de broma. Estirado a seis episodios, el mecanismo de la farsa empieza a crujir aproximadamente en el tercer acto, cuando la serie tiene que lidiar con las consecuencias de su propia premisa: la mentira se acerca a su límite, los personajes secundarios desarrollan vínculos con Chad que tendrán que reconciliar con la existencia de Russ, y el guion tiene que encontrar la manera de que el desenlace emocional valga lo que el espectador invirtió. Waldron resuelve estos problemas con oficio pero no siempre con convicción, y en los episodios finales la sensación es la de una serie que llega al final porque tiene que hacerlo, no porque haya encontrado la manera orgánica de llegar ahí.

Glen Powell como disfraz dentro del disfraz
El único argumento verdaderamente irrebatible de Chad Powers es Glen Powell, y eso no es un argumento menor: pocas series de comedia recientes tienen un protagonista con esta combinación de alcance cómico e inteligencia actoral. Powell construye dos personajes diferenciados dentro del mismo cuerpo — Russ Holliday, que es encanto con arrogancia en el núcleo, y Chad Powers, que es el mismo encanto despojado de la arrogancia y sustituida por algo más parecido a la generosidad — y la diferencia entre los dos está en el detalle físico antes que en el texto: el acento sureño de Chad es un instrumento de precisión, los dientes postizos son una decisión actoral que otro intérprete habría abandonado al tercer episodio, y la postura del cuerpo cambia entre las escenas como Russ y las escenas como Chad de una manera que la serie no subraya pero que existe.

Lo que la serie hace de manera más interesante con ese doble personaje es convertirlo en una reflexión sobre la masculinidad de la que ninguno de sus productores habría anticipado hablar al arrancar el proyecto. Russ Holliday es la versión de hombre que el fútbol universitario norteamericano produce con regularidad: talentoso, acostumbrado a que sus defectos sean tolerados en función de su rendimiento, incapaz de relacionarse de igual a igual con quien no le necesita. Chad Powers tiene que aprender a relacionarse en esos términos porque nadie en su nuevo equipo sabe que tiene algo que ofrecer más allá de sus propias ganas. El arco de la serie — del primero al último episodio — es el de Russ descubriendo que Chad tenía razón. Que la serie consiga hacer que esa conclusión se sienta ganada en algunas escenas y forzada en otras depende casi exclusivamente de si Powell está en primer plano o en el margen.

La comedia que no termina de elegir su tono
Los dos episodios más fuertes de la temporada son los que la serie dedica casi exclusivamente a la farsa deportiva: las escenas de entrenamiento, los rituales del vestuario, el habla propia del mundo SEC llevada a su extremo más absurdo. Chad Powers funciona con brillo cuando se trata como lo que es en el fondo: una comedia de situación con un disfraz en el centro. Los problemas llegan cuando el guion decide que también quiere ser una historia de redención emocional, un análisis del fútbol universitario como maquinaria de presión sobre cuerpos jóvenes, y una comedia romántica con subtramas familiares. No es que ninguno de esos elementos sea inmanejable por separado: es que la serie no tiene el tiempo necesario —seis episodios de media hora no lo son— para desarrollar todos con la solvencia que cada uno merecería.

El entrenador Jake Hudson, al que Steve Zahn da una vulnerabilidad que el papel sobre el papel no pedía, y la periodista Ricky, con Perry Mattfeld construyendo el personaje más complejo de los episodios finales, son los dos apoyos más sólidos del elenco cuando la serie les da espacio. Cuando no se lo da — que es más frecuente de lo que debería —, la historia vuelve a reducirse a los hombros de Powell como solución de emergencia, y Powell la aguanta, que es exactamente el síntoma del problema. Una serie de seis episodios que funciona porque su protagonista puede sostener los momentos en que el guion falla es una serie que tiene un buen protagonista. No necesariamente es una serie redonda. Chad Powers es, en este estado, las dos cosas.





