Entró en el bosque para mapear Irlanda y salió queriendo dignificarla: Land, de Maggie O´Farrell

Maggie O’Farrell lleva dos décadas construyendo una obra que funciona sobre el mismo principio de palanca: poner una familia pequeña debajo de un acontecimiento histórico enorme y ver qué se rompe cuando el peso cae. Hamnet metió el duelo de Shakespeare por su hijo muerto en el interior del mundo Tudor; The Marriage Portrait metió a Lucrezia de’ Medici en el Renacimiento italiano y en el matrimonio que iba a matarla. Land mete a los Sullivan —Tomás, su mujer Phina y sus cuatro hijos— en la Irlanda posterior a la Gran Hambruna, en 1865, en una península batida por el Atlántico donde el padre trabaja para el Ordnance Survey, el proyecto cartográfico con el que el Imperio Británico iba midiendo y nombrando un territorio que consideraba suyo. La premisa tiene la elegancia de un buen símbolo: un irlandés que trabaja para que los ingleses tengan mapas de su propia tierra. Luego Tomás entra en un bosque, y el libro empieza de verdad.

Lo que Tomás encuentra en ese bosque —un manantial antiguo, algo que el texto deja deliberadamente sin nombre definitivo— lo transforma de una manera que el libro describe sin pedir que lo entiendas del todo: sale de allí hablando de hacer el mapa real de Irlanda, el que cuente cómo es la tierra y no cómo la quiere ver el catastro colonial, y esa obsesión fractura la familia de maneras que la novela tardará cuatrocientas páginas en explorar. Su hijo Liam, que tenía diez años cuando empezó la historia y que habría preferido estar en cualquier otro sitio, queda como único adulto funcional de la empresa: tiene que gestionar el trabajo de su padre, la extrañeza de su padre, y la comprensión gradual de que los padres pueden volverse inaccesibles de maneras que no tienen nombre en ningún idioma. Es el corazón emocional del libro, y O’Farrell lo trabaja con la misma economía de la que es capaz cuando está centrada: la relación entre Tomás y Liam es de las más honestas que ha escrito, construida sobre la acumulación de pequeños momentos en los que un hijo reconoce que la persona en la que confiaba ha dejado de ser completamente aquella persona.

La novela no es solo eso. O’Farrell extiende la narración en el tiempo y en el espacio de una manera que sus libros anteriores no habían intentado: hay saltos hacia el pasado remoto —Brith, una niña de siglos antes cuyos huesos siguen en el suelo del promontorio donde más tarde caminarán los Sullivan—, hay historias que se bifurcan hacia América y Australia, hay vidas que se cruzan sin saber que se cruzan. La estructura no es lineal sino estratigráfica: el tiempo funciona como la tierra misma, en capas que se superponen sin anularse. El Salmón del Conocimiento y los mitos de transformación que atraviesan la cultura irlandesa —Oisín, los seres que cruzan la frontera entre lo humano y lo no humano— aparecen en el tejido del texto no como decoración sino como lógica: este es un libro que cree que la mitología es otra forma de historia, que lo que no cabe en el mapa del Ordnance Survey sigue existiendo porque lo ha guardado la memoria oral de otra manera. Eugene, el hijo que no habla y que percibe el mundo de formas que los demás no pueden, concentra esa tensión: hay quien leerá el personaje como un hallazgo, hay quien verá en él la trampa de convertir la diferencia en don místico en lugar de en complejidad humana. Las dos lecturas son posibles. La novela no resuelve la pregunta.

La prosa de O’Farrell trabaja en dos registros que no siempre se llevan bien. A nivel de frase, de detalle elegido, de momento concreto, es una escritora de precisión extraordinaria: hay escenas en Land —la viuda que recuenta cuáles casas sobrevivieron la Hambruna y cuáles no, las manos de Phina aprendiendo a gestionar lo que no puede arreglar— que alcanzan la temperatura exacta sin volumen innecesario. Pero en los pasajes descriptivos más extensos, en las largas evocaciones de paisaje que el libro necesita para construir su relación entre tierra y cuerpo humano, el texto a veces se vuelve repetitivo de una manera que suaviza lo que debería golpear: las descripciones se extienden esperando que la acumulación produzca intensidad, y no siempre lo consigue. Es el mismo problema de autoedición que ha acompañado a O’Farrell en algún libro anterior, y aquí se nota en los tramos medios, donde la ambición formal de la estructura estratigráfica puede hacer que el ritmo se pierda entre saltos cronológicos que no todos tienen el mismo peso dramático. La sección jesuita de Liam, en particular, arrastra los pies durante más tiempo del que la historia necesita.

Land es el libro más ambicioso de O’Farrell y no del todo el mejor: la distancia entre lo que se propone —una novela que funcione como el territorio que describe, sin jerarquías entre vivos y muertos, sin privilegiar el presente sobre el pasado, sin la ficción de que un mapa puede contener lo que mapea— y lo que ejecuta con consistencia es lo suficientemente visible como para que el lector la note. Y sin embargo el libro hace algo que pocas novelas históricas sobre Irlanda consiguen: no convierte la Hambruna en fondo decorativo ni en argumento sentimental, sino en algo que vive en los cuerpos de los personajes décadas después de que haya pasado, en los huesos que no están y en las decisiones que se toman porque la alternativa es morir de hambre en un país que otro país está midiendo para sí mismo. Que eso cueste trabajo en algunos tramos no lo invalida. Irlanda es complicada de mapear. Parece que también lo es escribirla.