Rabia fría, dieciocho canciones y el regreso de un Drake que no iba a pedir disculpas: Iceman
El 15 de mayo de 2026 Drake publicó cincuenta y cuatro canciones repartidas en tres álbumes simultáneos —Iceman, Habibti y Maid of Honour— y con ese gesto dejó en claro lo único que importaba dejar en claro: que no iba a pedir disculpas, que no iba a ponerse de rodillas, y que la persona que ganó aquella batalla ya puede prepararse para el resto de una guerra que él no considera terminada. El contexto lo saben todos: Kendrick Lamar derrotó a Drake en el intercambio más seguido de la historia del rap, «Not Like Us» ganó premios Grammy y se tocó en el Super Bowl delante de cien millones de personas, y Drake pasó casi dos años en un silencio que no era de derrota sino de acumulación. Iceman es el álbum donde guardó las facturas.
La primera decisión del disco —y la más reveladora— es que no arranca desde la defensa sino desde el ataque. «Make Them Cry» abre con una precisión incómoda: Drake sobre la dinámica familiar, sobre un amigo que vendió una cadena de OVO mientras le decía que se la habían robado, sobre los pequeños episodios de traición cotidiana que son más difíciles de procesar que los grandes. Es el mejor Drake posible, el que recuerda que su talento siempre estuvo menos en las grandes declaraciones que en el detalle exacto, en el momento concreto dicho con el tono justo. «Make Them Pay», con una producción de Flywilliums y Ovrkast que mezcla soul acuoso con trampa de precisión quirúrgica, llega con petulancia y eficiencia: Rick Ross y DJ Khaled reciben lo suyo sin que el álbum necesite pararse a explicar el chiste. «What Did I Miss?» suena como una dinastía bajo ataque —cornetas imperiales, flautas medievales— y «Whisper My Name» tiene ese pulso de amenaza lenta que Drake ejecuta mejor que nadie cuando está afinado. «National Treasures» es el reclamo de legado que el álbum necesitaba como ancla, y «Ran to Atlanta» —con Future— funciona como reconciliación y como respuesta implícita a las acusaciones de apropiación cultural que le habían lanzado: Drake de vuelta en Atlanta porque Atlanta es también suya, aunque algunos no quieran oírlo.
El problema de Iceman no es la rabia. El problema es que Drake no sabe parar. Dieciocho canciones es demasiado para cualquier álbum que no sea una ópera rock, y el de Drake lleva en el centro de sus debilidades históricas la misma incapacidad de autoedición que ya lastraba a Certified Lover Boy. Los bloques medios del disco —donde los tempos se homogenizan y los targets se multiplican hasta que las referencias a ASAP Rocky llegan por tercera vez y uno empieza a perder el hilo de qué se está resolviendo exactamente— acusan esa tensión: hay material suficiente para un álbum de diez o doce canciones contundente que queda enterrado bajo el resto. «Little Birdie» suena anacrónica en la mezcla, como si llevara años esperando en algún disco duro, y alguno de los cortes intermedios funciona más como declaración de volumen que como argumento musical real. Hay un Iceman de cuarenta minutos que habría resultado más letal. Este tiene cincuenta y tantos y eso se nota.
La recepción crítica ha sido lo que cabía esperar de un artista que en este momento genera más conversación sobre lo que representa que sobre lo que suena: polarizada, con entusiasmos moderados y rechazos rotundos que dicen tanto sobre el contexto como sobre el disco. Lo que Iceman consigue, considerado solo y sin el peso del triatlón de lanzamiento que lo rodea, es algo que no ocurría hace tiempo en la carrera de Drake: ser honesto. No como estrategia ni como marca, sino como consecuencia de haber tenido dos años para pensar en quiénes le fallaron y exactamente cómo. El Drake de este álbum es más pequeño que el Drake que se presenta a los premios, y eso lo hace más interesante de escuchar.
Que haya publicado cincuenta y cuatro canciones en una sola noche puede leerse como exceso narcisista o como el único lenguaje que el streaming ha dejado disponible para quien necesita demostrar que sigue aquí. Probablemente es las dos cosas. Iceman no borra lo que pasó y no pretende borrarlo: lo que hace es insistir, con la misma terquedad que ha definido la carrera de Drake desde que era un adolescente en Toronto con demasiadas ideas y demasiado tiempo, en que la historia no ha terminado todavía. Si eso es suficiente para llamarlo un regreso depende de lo que uno espere de los regresos. Para quien busca el disco que hay entre el ruido: aquí hay canciones que merecen la pena. Más de las que van a escucharse.





