Nadie ha entendido nunca lo que dicen… ¡ni falta que hace! Minions & Monsters
En DISPARARTE ya hemos repasado los dos capítulos anteriores de la saga en solitario de los esbirros amarillos: Minions (2015) y Minions: El origen de Gru (2022), que cubrimos cuando llegó al cine. Minions & Monsters llega este verano como el séptimo largometraje del universo Despicable Me y el tercero que centra su atención en los personajes secundarios que acabaron robando la franquicia a su propio protagonista, y llega en condiciones inusuales: con las mejores críticas de todo el ciclo, con un presupuesto que ronda los ochenta y cinco millones de dólares, y con más de doscientos millones recaudados en dos semanas en los mercados mundiales. Es la película más pequeña, más personal y más arriesgada que Illumination ha hecho con estos personajes. También es la que tiene más cosas que decir sobre por qué existen. Pierre Coffin —que no solo dirige sino que es desde hace dieciséis años la voz que ha dado forma al idioma que nadie habla pero todo el mundo reconoce— firma una carta de amor al cine silente que resulta ser, de rebote, la defensa más inteligente que la franquicia ha elaborado nunca de sus criaturas.

El año en que el Minionés era una ventaja
James y Henry son dos Minions que en el Hollywood de 1927 llegan por accidente al negocio del cine silente y se convierten, sin pretenderlo, en estrellas. La lógica de esa premisa se explica sola si llevas siete películas preguntándote lo mismo que el resto del mundo: ¿qué idioma hablan exactamente estos seres? La respuesta de Minions & Monsters es que no hablan ninguno, y que la época del cine mudo fue la única en la que eso no era una desventaja sino un salvo-conducto. Chaplin no necesitaba texto. Buster Keaton tampoco. Lo que necesitaban era física, timing y la capacidad de convertir el cuerpo en fuente de gag, que resulta ser exactamente el catálogo de habilidades de los Minions desde el primer día. Coffin —que lleva dos décadas construyendo el Minionés como un dialecto compuesto de fragmentos de italiano, español, inglés, francés y sinsentido puro— entiende que en el Hollywood silente sus personajes no están en un contexto extraño: están, por primera vez, en el lugar donde fueron concebidos sin saberlo. La secuencia de créditos de apertura, que reconstruye la historia del cine desde sus orígenes con los Minions retroactivamente insertados en cada fotograma histórico, es uno de los gags visuales más elaborados que Illumination ha producido nunca, y funciona porque no es solo humor: es la tesis del film en modo musical. Coffin hace buena parte de su trabajo aquí, en los primeros treinta minutos, que son el mejor arranque de toda la saga.

Goomi, Irene y el problema de los monstruos que importan demasiado
El desencadenante del conflicto central llega cuando la industria cinematográfica transita al sonoro y las carreras de James y Henry se desmoronan de golpe: su idioma, que en la pantalla muda era un activo, se convierte en un obstáculo tan pronto como las películas adquieren voz. Para recuperar su posición, intentan producir su propia película de monstruos, lo que lleva a James a invocar a Goomi el Seductor —un ser de aspecto lovecraftiano, de dimensiones modestas y ambiciones desmesuradas, al que da voz Trey Parker con una delicia de registro— y a desencadenar por accidente una cadena de eventos que incluye otras dos criaturas: los monstruos marinos Phillips y Howard, y una entidad destructiva de alcance apocalíptico llamada Irene. El reparto de voz humano —Christoph Waltz como el productor de cine que funciona como antagonista colateral, Jeff Bridges y Allison Janney en papeles que la película no siempre sabe aprovechar del todo, Jesse Eisenberg y Zoey Deutch en roles que tienen más peso del que los tráilers sugerían— cumple sin que ninguna actuación en particular resulte decisiva, lo cual es la situación habitual en este tipo de producto animado donde los personajes principales no hablan en ningún idioma humano. La segunda mitad es donde el guion de Coffin y Brian Lynch empieza a acusar la misma fiebre de subtramas que lastra con frecuencia al género: el arco de Dort —un alienígena que se enamora de una sufragista en un hilo paralelo que tiene su gracia pero que compite con todo lo demás— y la escala creciente de la amenaza de Irene producen exactamente el tipo de espectáculo de destrucción masiva que el film había sabido evitar durante su primera hora.

La mejor de su clase y el precio de la ambición
Minions & Monsters es la película de los Minions que mejor justifica la existencia de la serie, y también la que más claramente muestra el límite de hasta dónde puede llegar Illumination cuando suelta lastre y se permite algo parecido a una película de autor animada. El primer acto —en el que el cine silente actúa como hábitat natural de criaturas que nunca han podido comunicarse en ningún idioma humano, y en el que cada secuencia funciona como un homenaje a Chaplin o a Harold Lloyd que no requiere haberlos visto para funcionar— es genuinamente brillante en su concepto y en su ejecución. El problema aparece cuando la película deja ese territorio para adentrarse en el caos de monstruos del tercer acto, porque la escala de destrucción que Irene genera no emociona de la misma manera que la pequeña desesperación de dos Minions que ven su carrera hundirse con la llegada del sonoro. Coffin es mejor contando historias pequeñas con consecuencias grandes que gestionando apocalipsis. El John Powell de la banda sonora hace, como siempre, un trabajo impecable. Los primeros treinta minutos son los mejores de la franquicia. El conjunto no mantiene ese nivel, pero lo intenta con más ambición de la que nadie tenía derecho a esperar del tercer capítulo de una saga de esbirros amarillos que ya lleva siete películas en el sistema. Eso, en el contexto de lo que es esto, es más que suficiente para recomendarla.





