Cazadores de monstruos en el asilo en la nueva serie de Netflix: ‘The Boroughs’

El regreso al formato de misterio sobrenatural con sabor a los ochenta suele ser un deporte de alto riesgo, una ruleta rusa creativa donde los estudios a menudo terminan entregando refritos momificados que empañan el legado de las obras de Spielberg. Parecía imposible volver a sintonizar una propuesta con el sello de los hermanos Duffer sin que el chiste del monstruo digital sonara rancio o descontextualizado. Por fortuna, la primera temporada de The Boroughs (estrenada en Netflix) ha esquivado los peores vicios de la nostalgia barata para firmar una propuesta modélica, ágil y cargada de una madurez sorprendentemente honesta. Los creadores Jeffrey Addiss y Will Matthews demuestran que el formato de misterio y horror aún conserva su pegada intacta, entregando una tanda magra de ocho episodios que no solo recupera la arrolladora química de un reparto veterano, sino que se atreve a golpear directo en el corazón cuando menos se lo espera.

El regreso de ‘E.T.’ a los pasillos del asilo de Nuevo México

La premisa de este thriller arranca sacudiendo el tablero sentimental de las historias de pandillas: en lugar de bicicletas y mochilas escolares, descubrimos a un grupo de septuagenarios en una idílica comunidad de retirados en mitad del desierto. La historia nos encierra en la monotonía peligrosa de Sam Cooper (Alfred Molina), un ingeniero sumido en el duelo tras la muerte de su esposa que se ve arrastrado a mudarse al complejo residencial. Sin embargo, un contratiempo nocturno lo obliga a mirar más allá de las canchas de golf: tras escuchar ruidos extraños, descubre a una aberrante criatura de múltiples patas que acecha entre los muros del vecindario. Lejos de estancarse en el mero susto efectista, la trama da un vuelco cuando Sam descubre que el monstruo extrae fluidos corporales para robar lo único que a los residentes no les sobra: el tiempo, obligando a los ancianos a convertirse en los nuevos y desbordados cazadores de monstruos.

La tiranía del tiempo en un vecindario de lujo

El gran acierto dramático de esta tanda reside en cómo la serie abraza el choque generacional y los temores de la vejez sin caer en el lamento fácil. El ecosistema del vecindario se ve sacudido por la entrada en escena de una amenaza que obliga a los personajes a enfrentarse a sus propios límites físicos. Frente al dolor de Sam, el carismático Jack (Bill Pullman) se erige como el contrapeso perfecto, inyectando una bonhomía y una energía que pone de manifiesto que la camaradería es la mejor arma contra el olvido. La comedia y el drama brotan de forma orgánica a través de las charlas vecinales sobre el historial médico y las viejas batallas de alcoba, demostrando que los lazos humanos no tienen fecha de caducidad.

Un elenco estelar castigado por el formato del ‘streaming’

Donde la producción muestra sus costuras de forma más evidente es en la gestión de su portentoso y jovial reparto secundario una vez que explota el conflicto. El grupo de amigos —que incluye a la glamurosa Renee (Geena Davis), al cínico Wally (Denis O’Hare) o a los exhippies Art (Clarke Peters) y Judy (Alfre Woodard)— derrocha carisma y potencial cómico en cada plano, pero se ve seriamente perjudicado por la necesidad de estirar la trama. Una temporada de ocho episodios de casi cincuenta minutos resulta a todas luces excesiva para la sencillez del misterio central, dispersando la química grupal en subtramas individuales y rellenando metraje con un exceso de efectos digitales (CGI) planos que impiden que la coralidad respire con la soltura del primer episodio.

El mazazo emocional del terror cotidiano

Pese a las apreturas del metraje y el diseño tosco de su criatura, The Boroughs demuestra que conserva una mítica capacidad para transitar de la carcajada salvaje al drama existencial más descarnado. El tramo final evoca directamente a los picos más emotivos del cine de suspense clásico, donde el monstruo de los fluidos no es más que una metáfora del miedo real a morir solo, enfermo o despojado de los recuerdos. Las interpretaciones de Woodard empuñando armas o de O’Hare defendiéndose con un hacha de cocina nos regalan algunos de los minutos más divertidos y soberbios de la serie, forzando a los personajes a encarar su destino definitivo con una compenetración dramática que sigue siendo oro puro.

Un tratamiento de choque que funciona

The Boroughs es un triunfo rotundo que disipa de un plumazo los temores de los más escépticos ante las producciones clónicas de terror. Aunque el ajustado estiramiento de los episodios intermedios impida que el misterio central mantenga el factor sorpresa, el magnetismo intacto de su veterano elenco, la acidez de sus diálogos y el delicioso aire spielbergiano justifican con creces el visionado. No estamos ante un frío ejercicio de nostalgia mercantilista de monstruos adolescentes, sino ante una serie madura, gamberra y tierna que sabe hablar de la muerte y el paso del tiempo sin renunciar al entretenimiento más puro. Una excelente noticia que nos deja claro que la rebelión de la tercera edad sigue muy viva.