Poder, culpa y espectáculo: por qué ‘The Morning Show’ no es la serie que crees (T1)

Apple necesitaba una serie insignia para justificar su entrada en la guerra del streaming y decidió jugar a lo seguro: estrellas, presupuesto y un tema imposible de esquivar. La primera temporada de ‘The Morning Show’ se construye alrededor del derrumbe de un presentador tras un escándalo de abusos sexuales, pero lo que promete ser una disección afilada del poder mediático acaba derivando en algo mucho más incómodo: un drama que no termina de decidir si quiere señalar culpables o protegerlos.

La maquinaria del silencio

La serie arranca con una energía casi quirúrgica. Todo estalla cuando Mitch Kessler (Steve Carell), el carismático copresentador de The Morning Show, es despedido fulminantemente tras recibir múltiples acusaciones de conducta sexual inapropiada. Su compañera de mesa durante quince años, Alex Levy (Jennifer Aniston), se ve obligada a navegar el caos en directo mientras lucha por mantener su relevancia en una cadena, UBA, que ya planeaba sustituirla.

La entrada de Bradley Jackson (Reese Witherspoon), una reportera local de ideología conservadora que se vuelve viral tras un arrebato de sinceridad en una protesta, sirve como el catalizador definitivo. Lo que comienza como una voluntad clara de retratar el engranaje interno de la televisión y la hipocresía estructural, empieza a tensionarse a medida que Alex, en un movimiento desesperado de supervivencia, anuncia a Bradley como su nueva copresentadora sin consultarlo con la cúpula.

Un duelo de titanes en el plató

El resultado es una ficción profundamente irregular, pero también extrañamente honesta en su confusión. Jennifer Aniston encuentra aquí el mejor papel de su carrera, construyendo una figura que es víctima y cómplice al mismo tiempo, mientras Reese Witherspoon funciona como fuerza de choque, más impulsiva que transformadora. La serie revela sus cartas más oscuras cuando el personaje de Bradley decide salirse del guion para confesar traumas personales o presionar a las víctimas de Mitch, destapando que el equipo del programa conocía perfectamente el comportamiento del presentador.

Pero es Billy Crudup, interpretando al ejecutivo Cory Ellison, quien entiende el juego mejor que nadie: su personaje no pertenece al drama, lo observa desde fuera y lo manipula como si fuese otro programa más. Cada una de las apariciones de Crudup reconfigura la escena, dejando claro que el verdadero tema de la serie no es la moral, sino el control del relato.

Entre la ambición y la imprecisión

El gran problema de la temporada es que su ambición supera su claridad. En su intento por abordar demasiadas aristas —el espectáculo informativo, la cultura de la cancelación, las dinámicas de poder internas— termina perdiendo precisión. Sin embargo, la serie alcanza su cénit emocional en el episodio retrospectivo «Lonely at the Top», que muestra el origen del trauma de Hannah Shoenfeld (Gugu Mbatha-Raw), la joven empleada que fue violada por Mitch durante la cobertura de un tiroteo en Las Vegas y cuyo silencio fue comprado por el presidente de la cadena con un ascenso.

Cuando se permite ser incómoda y deja de buscar el equilibrio, encuentra su mejor versión. El final de temporada, con la muerte de Hannah por sobredosis y la explosión en directo de Alex y Bradley denunciando la cultura tóxica de UBA ante millones de espectadores, es un cierre catártico que revela cómo el sistema no solo protege a los culpables, sino que necesita que todo el mundo participe para seguir funcionando. No es la obra maestra que Apple quería vender, pero acierta en su retrato humano sobre el coste de decir la verdad en un entorno diseñado para ocultarla.