‘Asalto al Banco Central’ (Netflix, 2024): Calparsoro, el 23F y el robo a mano armada de la democracia
El 23 de mayo de 1981, tres meses y dos días después de que el coronel Antonio Tejero entrara en el Congreso de los Diputados con guardias civiles armados y retuviera durante veintidós horas al gobierno de una democracia que todavía no sabía si iba a sobrevivir a sí misma, once hombres encapuchados asaltaron la sede del Banco Central en la Vía Layetana de Barcelona y tomaron más de doscientos rehenes. Las exigencias que lanzaron desde dentro del banco —la liberación de Tejero y de otros tres responsables del 23F— convirtieron lo que podría haber sido un atraco ordinario en un segundo desafío a la joven democracia española, o en la tapadera perfecta de uno, dependiendo de en cuál de las varias hipótesis que rodean al caso se quiera instalar. Es el tipo de materia prima que el thriller político español lleva años esperando que alguien recoja con la ambición que merece. La miniserie que Daniel Calparsoro entregó a Netflix en noviembre de 2024 tiene esa ambición. Tarda en demostrarlo más de lo que debería.

La producción de Brutal Media para Netflix tiene cinco episodios, guion de Patxi Amezcua, y un reparto que la plataforma construyó con la lógica de la marca reconocida: Miguel Herrán es José Juan Martínez Gómez «El Rubio», el cerebro del atraco; María Pedraza es Maider Garmendia, periodista del Diario de Barcelona que cubre el asedio desde la calle; Hovik Keuchkerian es Berni, el fotógrafo veterano que la acompaña; Isak Férriz es el comisario Paco López, el policía que negocia desde fuera. Los tres primeros llevan encima el peso de La casa de papel, la serie que los convirtió en actores conocidos y que convierte cualquier proyecto en el que coincidan en una propuesta imposible de desvincular de ese contexto. Que Amezcua y Calparsoro hayan construido una historia en la que los mismos actores cambian de lado —aquí Pedraza y Keuchkerian están fuera del banco, Herrán dentro— sugiere que la decisión de casting es deliberadamente consciente de esa intertextualidad y apuesta por ella en lugar de ignorarla.

Calparsoro, la Barcelona de 1981 y el thriller político que la serie tarda tres episodios en reconocer que es
Daniel Calparsoro dirige con la energía del cineasta al que el género del thriller en espacios cerrados le resulta cómodo: la cámara no descansa, el montaje tiene pulso, y la banda sonora —Camilo Sesto, Amanda Lear, Baccara, la radio de 1981 filtrada por los pasillos del banco— construye una atmósfera de época que funciona tanto como decorado como como argumento emocional. La recreación de la Barcelona de los primeros ochenta es convincente en los detalles que el presupuesto alcanza: las redacciones con máquinas de escribir y humo, los uniformes de la Policía Nacional, la arquitectura del edificio como espacio de tensión. Calparsoro sabe hacer una serie que se ve bien y que no aburre, y los cinco episodios cumplen ese compromiso básico con el espectador con una solvencia que muchas producciones españolas de plataforma no alcanzan.

El problema estructural de Asalto al banco central es que sus tres primeros episodios se instalan casi exclusivamente en la mecánica del atraco —los rehenes, las negociaciones, la dinámica dentro del banco— y retrasan la revelación de que la serie tiene un argumento mucho más interesante que el del atraco en sí. Lo que el guion de Amezcua está construyendo debajo de la superficie desde el principio —la relación entre el asedio y las estructuras militares, de inteligencia y paramilitares que todavía operaban en la transición, la hipótesis de que las exigencias políticas de los atracadores eran una pantalla o una palanca para algo más oscuro— no emerge con la fuerza necesaria hasta el cuarto episodio y no llega a su mayor claridad hasta el quinto. El tiempo invertido en llegar ahí es razonable como construcción de tensión dramática pero resulta excesivo como introducción a una miniserie de solo cinco entregas: cuando la historia más interesante aparece, ya ha consumido la mayor parte del metraje disponible para desarrollarla.

Miguel Herrán, el reparto y la sombra que el casting proyecta sobre sí mismo
Miguel Herrán funciona como El Rubio con la eficiencia del actor que entiende el rol que le ha tocado: el jefe del atraco tiene que ser simultáneamente amable y despiadado, capaz de gestionar a los rehenes con educación y de hacer cálculos fríos sobre hasta dónde puede llegar. Herrán carga con el problema de que en el imaginario del espectador español su posición natural es la del personaje que sigue órdenes antes que la del que las da, y la primera vez que aparece en pantalla con el pasamontañas puesto hay un ajuste de expectativas que la serie tarda un episodio en superar. Lo supera. El personaje tiene densidad suficiente —el flashback del cuarto episodio, que reconstruye el origen de la banda en los años setenta y funciona casi como una película independiente dentro de la miniserie, aporta contexto que Herrán traduce en actitud sin necesitar que el guion lo explique dos veces.

María Pedraza y Hovik Keuchkerian tienen el mejor material del exterior del banco: el hilo de los periodistas es donde la serie respira con más libertad, donde el guion puede alejarse de la presión del espacio cerrado y donde la dinámica entre los dos actores —la reportera novata y el fotógrafo con historia— funciona con la naturalidad de dos personas que ya saben trabajar juntas. Keuchkerian tiene un personaje que el guion construye con más capas de las que inicialmente se ven y que merece más espacio del que la estructura de la miniserie le puede dar: los cinco episodios no tienen tiempo de desarrollar todo lo que prometen. Isak Férriz como Paco López —el comisario que negocia desde la calle— es el activo más sólido del reparto en términos de estricta economía actoral: cada escena de negociación en la que aparece tiene una precisión de presencia que contrasta con la tendencia del resto de la serie a resolverlo todo con más ritmo del que la complejidad del material requeriría.

El 23F, el CESID y lo que el banco tenía en sus archivos
La hipótesis más sugestiva que Asalto al banco central explora en su recta final es la que convierte el robo en algo más que un robo: la posibilidad de que los once hombres encapuchados no entraran solo a por el dinero, ni tampoco solo a exigir la liberación de los golpistas, sino a hacerse con documentos comprometedores que el Banco Central tenía en sus archivos y que ciertos actores del Estado —el CESID, los servicios de inteligencia militar que operaron en los años de plomo de la transición— necesitaban que desaparecieran. Es el material con el que la serie se convierte en otra cosa: no un thriller de atraco con trasfondo histórico sino una película sobre los costes ocultos de la democracia española y sobre las manos que la sostuvieron mientras intentaban quedarse con parte de lo que sostenían. Los personajes históricos que pueblan ese estrato de la narración —Leopoldo Calvo-Sotelo, el general Pajuelo, la figura de Emilio Alonso Manglano como director del CESID— tienen la credibilidad que Amezcua no siempre consigue en los personajes de ficción, y los actores que los encarnan les aportan el peso específico del secundario que sabe exactamente cuánto trabajo tiene que hacer y lo hace sin reclamar más espacio del que le corresponde.

Lo que la serie consigue con esa arquitectura —el atraco como superficie, la política como sustrato— no es una investigación definitiva de lo que ocurrió en Barcelona en mayo de 1981, ni tampoco pretende serlo. Es una ficción que usa los hechos como punto de partida y la especulación como motor dramático, con la honradez de no cerrar lo que la historia real tampoco ha cerrado. El quinto episodio justifica la espera. No del todo, porque la proporción entre lo que los cuatro primeros prometen y lo que el quinto puede entregar en cuarenta y cinco minutos no termina de cuadrar, y hay subtramas que se quedan a medio gas cuando el metraje se acaba. Pero hay suficiente en ese final para que la miniserie sea algo más que un producto competente: hay la sensación de que alguien quiso contar algo que importaba y encontró la manera de hacerlo dentro de los límites del formato que tenía disponible.





