Las cinco películas de LAIKA, de peor a mejor: por qué Kubo sigue siendo su obra maestra

LAIKA es el estudio de animación más extraño del cine mainstream americano de los últimos veinte años, y lo es por decisiones que la mayoría de productoras no estarían dispuestas a tomar. Usa stop-motion —una técnica que exige meses de trabajo manual para producir segundos de película— en un momento en que la animación digital ha democratizado la producción hasta el punto de convertirla en ventaja competitiva. Trabaja con historias que tienen la oscuridad de los cuentos de Grimm antes de que Disney los suavizara. Y pierde dinero con una consistencia que solo puede sostenerse porque Phil Knight, el fundador de Nike, compró el estudio en 2005 y lo convirtió en una operación subsidiada por la filosofía de que la excelencia artística tiene su propia lógica de negocio. Su hijo Travis Knight fue CEO durante años y después director. Cinco películas en diecisiete años es una cadencia que ningún estudio competitivo se puede permitir. Es también la cadencia de quien sabe que lo que hace no admite atajos.

Wildwood, la sexta película del estudio y el regreso de Travis Knight a la animación —adaptación de la novela de Colin Meloy y Carson Ellis, con Carey Mulligan como villana, Mahershala Ali, Angela Bassett y una partitura de Dario Marianelli, rodada con ciento treinta y seis decorados y doscientas treinta y una marionetas construidas a mano— se ha estrenado en octubre de 2026 con las valoraciones más altas de la historia del estudio. La ocasión es buena para volver a las otras cinco. Sin Wildwood, que es demasiado reciente para que el consenso sobre su lugar en la filmografía sea algo más que un entusiasmo de premiere.

5. Los Boxtrolls (Graham Annable y Anthony Stacchi, 2014)

La tercera producción de LAIKA es también la que más se aleja de la eficiencia narrativa de sus predecesoras. Basada en la novela Here Be Monsters de Alan Snow, sigue a un niño criado por criaturas subterráneas que recogen chatarra bajo una ciudad victoriana, mientras un villano ambicioso usa la caza de esas criaturas como escalera social. El diseño de producción es inventivo —las criaturas, los túneles, el grotesco victoriano de Cheesebridge tienen una textura visual que el estudio había perfeccionado durante cinco años— y hay momentos de humor oscuro que funcionan con la lógica del absurdo bien ejecutado. Dos animadores aparecen en una escena de los créditos hablando sobre si la película que acaban de hacer tiene implicaciones filosóficas, lo que dice algo sobre el tipo de autorreflexión que LAIKA se permite incluso en la obra menos inspirada de su catálogo.

El problema es que la historia tiene demasiados planos en movimiento y no lleva a los personajes con la claridad que sus predecesoras. La sátira de clases —el villano que persigue a las criaturas para escalar socialmente— tiene el diseño de una idea que el guion no desarrolla hasta sus consecuencias más interesantes, y el arco del protagonista, Eggs, carece del peso emocional que los mejores momentos de LAIKA saben encontrar. Es la más accesible del catálogo del estudio. Es también la que se olvidará más rápido.

4. Missing Link (Chris Butler, 2019)

La quinta película de LAIKA es la más cara de la historia del stop-motion —ciento veinte millones de dólares de presupuesto— y la que mayor pérdida comercial generó: cien millones que Phil Knight absorbió sin cerrar el estudio, lo que confirma algo sobre la naturaleza de ese proyecto que va más allá de la lógica del mercado. En términos artísticos, Missing Link es la película más atípica del catálogo: abandona la paleta oscura y el tono de cuento gótico por colores brillantes, viajes en globo y una comedia de situación protagonizada por un explorador victoriano que encuentra al eslabón perdido —el último Bigfoot superviviente— y lo ayuda a llegar a la tierra de sus primos el Yeti. Es, de las cinco, la que más se parece a lo que el cine de animación familiar americano produce habitualmente, y eso es al mismo tiempo su virtud —funciona con una ligereza que los niños pequeños agradecen— y su debilidad: la oscuridad de LAIKA era lo que convertía su trabajo en algo que los adultos también necesitaban ver.

Ganó el Globo de Oro a la mejor película de animación del año, que es el tipo de ironía que el mercado produce con regularidad. Técnicamente es admirable —los personajes, los escenarios, la animación del pelo de Mr. Link— y como ejercicio de worldbuilding tiene momentos de invención genuina. Pero es la película de LAIKA en la que la apuesta del estudio parece haberse suavizado antes de que el estudio supiera por qué necesitaba ser dura.

3. ParaNorman (Sam Fell y Chris Butler, 2012)

La segunda película de LAIKA es el mejor argumento del estudio sobre lo que la animación puede hacer con el género de terror cuando no necesita proteger a nadie de él. Norman Babcock habla con los muertos, lo que en su pueblo de Nueva Inglaterra no lo convierte en alguien especial sino en el chico raro que nadie quiere sentar a su lado en el autobús. Cuando una bruja ejecutada en el siglo XVII amenaza con levantar a los muertos del cementerio local, Norman es el único que puede detenerla, en parte porque su relación con los muertos es más compleja que la de quienes los temen. El guion de Chris Butler lleva la lógica del cine de terror clásico —los zombis, la bruja, el pueblo asediado— con el amor del fan que sabe que el género que usa es más serio que su reputación, e introduce en el tercer acto una revelación sobre la naturaleza de la amenaza que cambia el registro completo de la película hacia algo más parecido a la elegía que al espanto.

Es también la primera película de animación mainstream americana con un personaje secundario abiertamente gay —el novio del hermano de Norman, revelado en el último plano como un detalle casual que la película no convierte en chiste ni en drama—, lo que en 2012 era una decisión tan pequeña que casi nadie la vio llegar y tan exacta que todavía vale la pena señalarla. Hay secuencias —la carrera de Norman por el cementerio bajo una tormenta eléctrica— que no parecen animación sino cine de terror filmado en el ángulo más conveniente para que el miedo funcione.

2. Coraline (Henry Selick, 2009)

La primera película de LAIKA es la que creó las expectativas que el resto de su filmografía tuvo que gestionar. Henry Selick —el director de Pesadilla antes de Navidad y James y el melocotón gigante— adaptó la novela de Neil Gaiman sobre una niña que descubre una puerta en su casa nueva que conduce a un mundo paralelo donde sus padres le prestan atención, la quieren y tienen botones en lugar de ojos. La premisa condensa la ansiedad de la infancia con una lógica de pesadilla que Gaiman había aprendido de los hermanos Grimm y que Selick filtra a través de la especificidad física del stop-motion: el mundo del Otro Lado tiene que construirse objeto por objeto, muñeca por muñeca, habitación por habitación, y esa materialidad hace que el horror sea distinto al de cualquier otra película de animación. No es el miedo a lo invisible sino el miedo a lo que existe y puede tocarte.

El diseño de producción es el más elaborado de la historia del estudio en términos de densidad: cada habitación, cada prenda, cada personaje del Otro Lado fue diseñado para parecer mejor que su equivalente en el mundo real de Coraline, y esa seducción visual es el mecanismo central del horror de la película. La actuación de Dakota Fanning y la de Teri Hatcher como la Otra Madre funcionan con la precisión del casting que no dejó nada al azar. Selick y LAIKA pusieron en marcha con Coraline una estética que el estudio llevaría a distintos géneros durante la siguiente década y media, y la película sigue siendo el texto fundacional de su universo visual: la primera vez que alguien entró en esa casa y encontró algo que no quería llevarse de vuelta.

1. Kubo y las cuerdas mágicas (Travis Knight, 2016)

La cuarta película de LAIKA y el debut como director de Travis Knight es, de lejos, la más ambiciosa que el estudio ha producido hasta Wildwood, y también la que confía más abiertamente en que su audiencia está preparada para ir adonde la película necesita llevarla. Kubo es un niño de un solo ojo que vive en una cueva con su madre y que los días que ella está lúcida escucha una historia que nunca termina: la historia de su padre, el samurái Hanzo, y de lo que costó intentar derrotar a los dioses que querían quitarle lo que quedaba de él. Cuando esos dioses llegan a reclamar el ojo que falta, Kubo tiene que completar la historia por sí solo, con dos compañeros que no son exactamente lo que parecen y con hojas de papel que cobran vida cuando toca el shamisen.

La película de Knight es, antes que cualquier otra cosa, una meditación sobre el duelo y sobre lo que la memoria hace con las personas que ya no están: cómo las convierte en héroes, en monstruos, en historias que los vivos necesitan creerse para seguir vivos. La animación alcanza un nivel de detalle que el stop-motion raramente se ha permitido —los movimientos del agua, la escala del Hombre Luna, la batalla con el esqueleto samurái que sigue siendo uno de los planos más técnicamente complejos de la historia de la técnica— sin que ninguno de esos logros compitan con la historia que los rodea. El final es el tipo de final que la ficción para niños raramente se permite porque requiere que el espectador sea más inteligente y más valiente de lo que la mayoría de los estudios creen que sus audiencias pueden ser. LAIKA suele creer que puede. En Kubo y las cuerdas mágicas, tiene razón.