Danny DeVito: el hombre detrás de las obras maestras… pero que no quiere que lo sepas

La semana en que el Festival de Sitges le entregó su gran premio honorífico —ochenta y un años, crocs azules, respondiendo preguntas sobre sus pies con la misma energía que ha mantenido en pantalla durante cincuenta años—, Danny DeVito estaba presentando Drag, la película de terror cómico que produjo junto a sus hijos Lucy y Jake para la segunda productora familiar que lleva su apellido. Que el festival haya decidido reconocer al hombre en su totalidad es la ocasión exacta para hacer lo mismo: mirar la carrera de DeVito desde el ángulo que más sistemáticamente se le escapa a quien solo conoce su cara. En 1991, mientras Hollywood todavía lo procesaba como el hombre gracioso y pequeño que hacía de villano cuando había que hacer de villano, DeVito fundó con Michael Shamberg y Stacey Sher una productora en Nueva Jersey que iba a apostar por el cine que el sistema prefería no hacer. Lo que vino después es uno de los catálogos de producción más consistentemente interesantes de la última generación del cine americano, firmado por el actor al que nadie se molestó en mirar cuando no estaba mirando a cámara.

Jersey Films y los noventa como laboratorio

El primer gran movimiento de Jersey Films no fue Pulp Fiction —aunque por ahí se recuerda— sino la decisión de hacerlo todo al mismo tiempo y con el mismo principio rector: apostar antes de que hubiera por qué apostar. En 1994, el año en que Tarantino presentó Pulp Fiction con Jersey Films como productora ejecutiva, la compañía también tenía en cartelera Reality Bites, el debut como director de Ben Stiller y el primer retrato cinematográfico de la generación X que no necesitaba redimirla. Al año siguiente llegó Get Shorty, la adaptación de Elmore Leonard en la que Barry Sonnenfeld convirtió el género criminal en una comedia sobre la propia industria del cine. En 1997, Gattaca: Andrew Niccol en su primer largometraje, ciencia ficción cerebral sin espectáculo de efectos especiales, una película sobre el determinismo genético y la voluntad individual que el mercado no había pedido y que lleva treinta años siendo exactamente tan necesaria como DeVito decidió que era.

Ninguna de estas películas se parece a las demás. Tampoco se parece ninguna al tipo de productor que la cara de DeVito sugería. Lo que las une no es el género sino el método: en todas existe la convicción de que el sistema tiene puntos ciegos y que los mejores proyectos suelen vivir exactamente en esos puntos ciegos. Un criminal que conoce mejor el cine que los ejecutivos que lo producen, un mundo donde el ADN es currículo, una generación que creció con expectativas que el mercado laboral no iba a satisfacer. Jersey Films en los noventa fue una máquina de encontrar esas historias antes de que el resto del mercado supiera que las necesitaba.

El ojo del que no necesita ser visto

El alcance de lo que DeVito y sus socios han producido es lo que hace que la imagen del actor cómico sea tan insuficiente. Man on the Moon (1999) era una película sobre Andy Kaufman, el comediante que había sido su compañero en Taxi y que murió en 1984: DeVito produjo el film, lo protagonizó junto a Jim Carrey y lo dirigió Miloš Forman. En el mismo año, Soderbergh estaba terminando Erin Brockovich bajo el paraguas de Jersey Films, la película que llevó a Julia Roberts al único Oscar de su carrera y que obtuvo una nominación a la Mejor Película que tiene el nombre de DeVito en los créditos, aunque pocos se hayan molestado en buscarlo. Un año antes, también con Soderbergh, Out of Sight había establecido que el cine de género podía ser inteligente, cómico y elegante al mismo tiempo sin renunciar a ninguna de las tres cosas.

Pero la amplitud del catálogo no se mide solo por los premios. Ghost World (2001), la adaptación del cómic de Daniel Clowes por Terry Zwigoff, es el retrato de la inadaptación adolescente más exacto y más cruel que el cine americano produjo en ese período, y Jersey Films lo hizo posible. The Filth and the Fury (2000), el documental de Julien Temple sobre los Sex Pistols, es lo opuesto en registro y lo mismo en principio: una historia de marginados que tuvieron razón antes de que el establishment llegara a admitirlo. Garden State (2004), el debut de Zach Braff, tiene en DeVito como productor ejecutivo la señal de que el antecedente de ese cine de autor americano de los dos mil no fue la industria sino las personas que le abrieron espacio desde dentro de ella. El ojo que vio todo esto es el ojo de alguien a quien la idea de encajar en una casilla siempre le ha parecido un mal plan.

Matilda como programa y la cámara que espera

La filmografía directorial de DeVito es el lugar donde el productor y el actor se vuelven legibles como parte del mismo proyecto. La guerra de los Rose (1989) —un divorcio filmado como una tragedia griega en formato de comedia negra, sin redención y sin el gesto conciliador que el género exigiría— no es la película que habría firmado alguien cuyo principal interés fuera agradar. Hoffa (1992), biopic del líder sindical con Jack Nicholson como protagonista, es una película sobre el poder y la corrupción que no toma partido de la manera que el espectador esperaría. Y luego está Matilda (1996): la película de Roald Dahl sobre una niña extraordinaria atrapada en una familia mediocre que no la merece, filmada con la convicción de que el macabro original de Dahl no necesitaba ser suavizado para el cine familiar porque el cine familiar no tiene que ser suave para ser bueno.

Matilda es, en este sentido, el film que mejor traduce lo que DeVito ha hecho en toda su carrera. La protagonista es el ser más pequeño de todos los espacios que habita y también el único que entiende exactamente qué está pasando a su alrededor. Sus poderes no vienen del tamaño sino de la atención, de la inteligencia aplicada y del negocio a largo plazo de saber en qué invertir la energía. DeVito dirigió, produjo, protagonizó y narró la película mientras su mujer Rhea Perlman interpretaba a la madre de Matilda. La familia entera haciendo una película sobre una familia que no merece a su hija más interesante. En 2026, DeVito anunció que su próximo proyecto como director sería McTeague, la adaptación de la novela naturalista de Frank Norris de 1899 que Erich von Stroheim convirtió en Avaricia en 1924. No es la elección de alguien que necesita más atención. Es la elección de alguien que lleva treinta y cinco años de evidencia de que sus instintos valen la pena seguirlos, y que sabe que eso no tiene nada que ver con lo que le recuerde su cara.