‘Vengadores Armagedón’: el evento de Marvel que sabe adónde va y no siempre sabe cómo llegar

Avengers: Armageddon —cinco números publicados entre junio y octubre de 2026, escritos por Chip Zdarsky y dibujados principalmente por Delio Diaz, Frank Alpizar y Ario Anindito, con color de Jesús Aburtov— llega después de One World Under Doom como el segundo gran evento consecutivo del universo Marvel, y eso genera el primer problema del que la miniserie tiene que defenderse desde su primera página: las premisas son demasiado parecidas. El general Thaddeus Ross —Red Hulk desde su transformación en la etapa previa de Zdarsky— ha ocupado Latveria tras la supuesta muerte de Doctor Doom y la ha rebautizado «Nueva América», desafiando al gobierno de los Estados Unidos y provocando que los Vengadores, los Cuatro Fantásticos, Wolverine y media docena de equipos más tengan que decidir de qué lado están. Es el tipo de conflicto que Marvel ha utilizado tantas veces como punto de arranque de un evento que la pregunta no es si se ha visto antes —se ha visto— sino si Zdarsky puede hacer que importe de todos modos.

A medias. Vengadores Armagedón es una miniserie que funciona mejor en su tramo final que en su arranque, mejor en sus personajes que en su antagonismo central, y mejor como promesa de lo que viene después que como historia cerrada en sí misma. Lo que sí consigue —y lo consigue mejor que la mayoría de los eventos recientes de la editorial— es que las consecuencias sean reales: cuando el cuarto número termina con una explosión en territorio ruso y civiles muertos, el quinto número no los ignora ni los convierte en ruido de fondo. Eso, en el contexto del Marvel de los últimos años, es más infrecuente de lo que debería ser, y es suficiente para que la miniserie merezca algo más que el encogimiento de hombros con el que se recibe el género cuando no sorprende.

Zdarsky, el Red Hulk y la sombra de lo anterior: los tres primeros números como andamiaje de un evento que tarda en encontrar su propio centro de gravedad

Red Hulk como antagonista tiene una ventaja que los villanos importados de otras mitologías raramente tienen: cuatro décadas de historia como el general Ross, el militar que convirtió el odio al Hulk en su única razón de existir antes de convertirse en él. Zdarsky trabaja con ese material y construye un antagonista con motivaciones reconocibles —la democracia como argumento de intervención, la certeza de que los superhéroes necesitan un líder que no tenga reparos— al que la Máquina del Futuro de Doctor Doom, heredada junto con Latveria, convierte en una amenaza tácticamente superior a los Vengadores durante la mayor parte del arco. El problema de los primeros números es que ese antagonismo no genera urgencia porque la lectura ya sabe dónde está la salida: un villano que puede ver el futuro es, en el género, alguien que inevitablemente no lo verá todo. Y Zdarsky también lo sabe, lo que convierte los primeros compases en un catálogo de piezas bien colocadas sobre un tablero cuya partida el lector habitual ya conoce de memoria.

Los números dos y tres agudizaban el problema de otra manera: la causalidad del guion es débil en ese tramo, con un encadenamiento de escenas que se perciben como sucesos impuestos antes que como decisiones con consecuencias claras. La comparación con One World Under Doom es inevitable y justa en ese tramo, y la sensación de estar en el segundo volumen de un argumento que ya terminó una vez tarda en disiparse. El rescate parcial lo protagoniza el arte: Delio Diaz y Frank Alpizar ofrecen una línea densa, con escenarios de ciudad que tienen geografía y personajes que tienen peso específico, y el color de Aburtov construye sobre ese trabajo una paleta que cuando la historia lo requiere sabe oscurecerse sin volverse opaca. En los números donde el guion no llega, el equipo visual llega hasta donde puede.

David Colton, los misiles sobre Rusia y la pregunta que la miniserie sí consigue formular sin responderla del todo: quién paga cuando los dioses se pelean en tierra de nadie

El personaje más interesante de Vengadores Armagedón no es Red Hulk sino David Colton, y la decisión de dotarle de una capacidad destructiva de escala sobrehumana —poderes que en el cuarto número se revelan conectados al universo Ultimate y a la figura de Miracleman— es la que convierte lo que podría haber sido un evento estándar en algo más ambivalente. Colton no es un villano. Es un hombre con capacidades sin límite y con una brújula moral construida sobre la imagen de su madre —una pacifista que protestaba contra las armas nucleares— que le permite justificar la confiscación unilateral de los arsenales del mundo en el tercer número sin que la miniserie le dé la razón ni se la quite del todo. El debate que ese arco abre —si el poder sin supervisión es fascismo incluso cuando sus objetivos son impecables— es más interesante que el de la mayoría de los eventos que Marvel ha publicado en la última década, aunque el guion lo resuelve en el tercer número con más prisa de la que merece y el cuarto lo sostiene mejor de lo que el ritmo acumulado hacía esperar.

Las secuencias de acción de ese cuarto número son las mejores de la miniserie y el momento en que Diaz, Alpizar y Aburtov trabajan al nivel que la escala del evento requería desde el principio: la Bruja Escarlata desmontando un misil con magia, Pícara inmovilizando otro en pleno vuelo, la Mujer Invisible usando sus campos de fuerza de una manera que refleja con exactitud cómo piensa ese personaje. Ario Anindito, que se incorpora al equipo artístico a partir del tercer número, tiene una composición de página que organiza el caos sin neutralizarlo, y la secuencia rusa del cuarto número —que termina con una explosión y con la pregunta de cuánto daño colateral es tolerable cuando los actores son sobrehumanos— es el momento en que Vengadores Armagedón encuentra la historia que quería contar desde el principio y entiende que esa historia es más trágica que heroica.

El quinto número, la ONU, el destello de Mefisto y el mapa de un universo Marvel que Zdarsky deja roto a propósito para que quien venga después tenga algo que reconstruir

El quinto número es el mejor de los cinco y también el más inusual para un evento de superhéroes: no hay peleas. Lo que hay es la Rusia de después, con muertos civiles que nadie minimiza, una votación en la ONU que reconstituye el mando de SHIELD bajo Nick Fury Jr. e impone controles sobre los superhumanos no autorizados —una dinámica que invoca el eco de Civil War sin reproducir su estructura—, y un Aburtov que baja la saturación del color hasta un registro que pocos coloristas del mainstream se atreven a tocar en un número de desenlace. Los momentos de personaje funcionan con la naturalidad del guionista que ha pasado suficiente tiempo con estos seres como para no necesitar que el diálogo los explique: Peter Parker consolando a alguien en el restaurante en el que come mientras el mundo discute qué hacer con los superhéroes; Carol Danvers procesando lo que vio en Rusia sin un monólogo que lo articule; Tony Stark frente a la Máquina del Futuro que le muestra a Mefisto amenazando a un Spider-Man herido, en un plano final que cualquier lector de Marvel con más de quince años de continuidad reconocerá por sus implicaciones con uno de los capítulos más debatidos de la historia del personaje.

Ese remate —que conecta con un proyecto anunciado para 2027 cuya sola existencia ha reactivado el tipo de conversación que los eventos raramente generan fuera de sus semanas de publicación— solo funciona si la historia que lo precede ha sido lo suficientemente honesta como para merecer la expectativa que genera. Vengadores Armagedón lo ha sido lo suficiente. Los primeros tres números son más débiles de lo que un evento de esta escala debería permitirse, el debate moral sobre Colton queda a veces sin el espacio que su complejidad requería, y la dependencia de las series paralelas —especialmente la de Capitán América— pesa sobre quienes no la han leído. Pero el cuarto y quinto números justifican la lectura completa, y el universo que Zdarsky deja en pie al final es un universo que tiene cicatrices visibles. En el género, eso es una distinción.